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Estremecedor ensayo del Festival Aviv

“Ki culanu mishpajá…”

Enlace Judío México e Israel.- El CDI no deja de sorprender, día a día se redibuja como lo que es desde su inicio: la mejor institución judía del yishuv mexicano, aquella en la que cabemos todos, la que se distingue por ser fuente de creatividad, talento, unión y despliegue artístico y deportivo.

SILVIA CHEREM S.

El pasado domingo 31 de marzo me desperté sabiendo que “cumpliría” como “Abui” con mi nieta Silvia, que le arrancaría una sonrisa de satisfacción yendo a ver su ensayo de Garinim. Como bien sé lo que es el Aviv, como conozco el festival desde sus inicios, inclusive habiendo tenido el privilegio de escribir sobre él en sus aniversarios o participando como jurado, sabía a lo que iba. No creía que habría sorpresas. ¡Craso error!, porque los cedeístas ¬¬–ese semillero de líderes que germina en nuestra maravillosa comunidad– siempre tienen algo nuevo para cimbrarnos.

Pregunté dónde era el ensayo. Al final de las canchas, fue la respuesta.

Jamás imaginé hallar esa nueva estructura metálica de 2 mil 500 metros cuadrados de superficie, de 12 metros de altura, construida con la excusa de las próximas Macabiadas, el área comunitaria techada más grande que tiene la comunidad judía mexicana, quizá la más grande de cualquier comunidad. Imponente, envidiable cobijo de todos, edificada como espacio de unión para las generaciones por venir, un auditorio cubierto para dignificar aún más los eventos intercomunitarios.

Tampoco sospeché que el ensayo era un acto de generosidad del más alto nivel: el auditorio estaba lleno de caritas estupefactas mirando el espectáculo, caritas de 682 niños que, quizá, jamás habían visto un evento artístico. Niños humildes de albergues y casas hogar de la Ciudad de México, algunos convocados por la Fundación Azteca, otros hijos de pepenadores, hijos de mujeres que están en la cárcel y algunos más recogidos por el DIF por haber sido víctimas de violencia, invitados para regalarles una mañana inolvidable mirando a sus pares: niños de las primarias judías bailando para ellos. Con ellos.

A todas las instituciones invitadas, unas semanas antes les mandaron un video tutorial de la coreografía masiva: “Mahapejá shel simjá”, revolución de alegría, “Ki culanu mishpajá”, porque todos somos una familia, para que se aprendieran los pasos y pudieran sumarse al baile final. Me cuentan que, como estos niños llegaron muy temprano al dépor, en el asoleadero se multiplicaban los grupos de pequeñitos repasando la coreografía.

El ensayo transcurrió de manera fluida, este público miraba atento y agradecido, quizá por vez primera atendía un espectáculo. Los nuestros están acostumbrados a ir al teatro, a bailar en un escenario. Estos niños marginados, casi en silencio, miraban hipnotizados cada jirón de las faldas multicolores. Deslumbrados escuchaban las palabras en hebreo, veían y sentían el seductor folclor israelí.

Cuando la veintena de grupos concluyó el ensayo, llegó el momento del baile masivo. El escenario se llenó a tope de todos nuestros pequeñitos bailadores y los invitados se levantaron de sus asientos para comenzar a danzar en la plancha de cemento. Aproximadamente seiscientos de nuestros niños y seiscientos espectadores bamboleaban sus brazos con el mismo ritmo, pasito a la izquierda, pasito a la derecha con mahapejá shel simjá. Aplaudían al unísono: ki culanu mishpajá, era el canto con el que los niños de nuestra comunidad aprendían la importancia de mirar al otro, de dar, de saberse criaturas en esta gran familia universal.

Estaba yo sentada junto a Romina Vargas, la esposa del presidente municipal de Huixquilucan Enrique Vargas. A ella y a mí nos daban ganas de llorar. Era estremecedora la imagen que tuvimos el privilegio de presenciar, aquella unión gozosa de jovencitos sonrientes, unidos por la música, la solidaridad y el baile. Algunos movimientos eran torpes, nada importaba, sólo el gozo y la unión a través de la voluntad de compartir.

Al término del evento, cada uno de estos niños recibió una mochilita con el logo del Festival Aviv que en su interior contenía un lunch generoso y dos libros donados por nuestros niños. A ello, como broche de oro, siguió el show de Yosi el Mimo, garantía de felicidad.

Estoy segura, porque vi con mis propios ojos las caritas de admiración, que estos niños desprotegidos y marginados jamás olvidarán a sus pares, los niños judíos con quienes bailaron: “todos somos una familia”. Estoy segura de que los nuestros tampoco olvidarán las caritas de estos devotos espectadores.

Felicidades al Comité Organizador por esta iniciativa que nos enaltece como comunidad. Kol ha kavod. Por mi parte, hoy más que ayer me siento orgullosísima de ser parte de esta grandioso yishuv, de ser cedeísta.

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