Inicio » Opinión » Entrevistas y Reportajes » La sórdida muerte en Paraguay del pavoroso criminal nazi Eduard Roschmann, identificado por dos periodistas argentinos

La sórdida muerte en Paraguay del pavoroso criminal nazi Eduard Roschmann, identificado por dos periodistas argentinos

Enlace Judío México e Israel.- La aparición del cadáver del Carnicero de Riga, acusado de asesinar a más de cuatro mil personas, en una morgue paraguaya en 1977. La pista de los dedos de sus pies amputados. Y algo increíble pero cierto: la fuga y el final del nazi completó lo que el escritor Frederick Forsyth tuvo que inventar en su novela Odessa, el gran best seller de 1972.

Los pies. Los pies fueron la clave. Varios de los dedos faltaban. Eran las diez de la mañana del 11 de agosto de 1977. El lugar: la morgue de la Facultad de Medicina del Paraguay. No fue fácil sacar de la heladera el cuerpo entero y acostarlo sobre la mesa de disección, con sus canaletas teñidas por la sangre de un siglo.

Su cadáver pesaba casi ciento veinte kilos. Apenas pudimos dos estudiantes, el fotógrafo Ricardo Alfieri (h), y yo. Era Eduard Roschmann, criminal nazi conocido como El Carnicero de Riga (capital de Letonia), acusado –según los archivos de la Agencia de Documentación Judía, Viena–de más de cuatro mil asesinatos: por sus órdenes, y a veces por propia mano.

Lo teníamos. Pero había que confirmar su identidad, y sólo Simon Wiesenthal, sobreviviente de nueve campos de exterminio y jefe de la agencia, podía hacerlo.

No hablo inglés, de modo que llamé a una amiga corresponsal en París.

–Por favor, llama a Simon Wiesenthal y pregúntale si el hombre que está ahora en una morgue paraguaya es Eduard Roschmann. Se parece a una de las últimas fotografías que le tomaron, y tiene un documento de identidad a nombre de Federico Wegener. Mi única pista son los dedos mutilados de sus pies. Se le congelaron en la nieve durante su fuga, al caer Alemania, en 1945.

Tres horas más tarde, la respuesta.

–Wiesenthal, al principio, me dijo que Roschmann había muerto en Alemania al final de la guerra. Pero ante la duda, me preguntó quién contó que tenía los dedos mutilados. Le dije lo que me contaste por teléfono. Que fue Frederick Forsyth, el autor de la novela Odessa. Entonces no dudó: “Es él. Porque de ese personaje, Forsyth, que fue agente británico, tiene mejor información que yo”.

Pero no bastaba. ¿Cómo y por qué llegó al Paraguay y murió?

Empezaba lo más difícil: rastrear ese final a partir de cero. O por lo menos de algo que Forsyth le había revelado un mes antes a Renée Sallas, enviada especial de la revista Gente a Londres: “No sé, pero había una cosa en él –una sola– que me sorprendió y me impresionó más que todas: los ómnibus que oficiaban de cámaras de gas móviles. Roschmann ordenó pintar en los vidrios de las ventanillas las figuras de seres humanos sonrientes. El que veía pasar a esos ómnibus creía que tal vez esos pasajeros eran gentes felices camino a su week end, aunque en ese mismo momento, los verdaderos morían envenenados por el gas”.

El primer paso fue revisar los registros de la compañía de ómnibus La Internacional, paraguaya, uno de cuyos trayectos era Buenos Aires-Puerto Falcón, a quince kilómetros de Asunción. Es cierto que bien pudo viajar por otro medio, pero el dado cayó ganador.

Ese hombre, Federico Wegener-Eduard Roschmann, había comprado su pasaje un cuarto de hora antes, y ocupó el asiento número 23, izquierda, ventanilla. Ni el boletero ni el chofer recordaban otro dato, pero el duplicado del pasaje no mentía. Sin embargo surgió otro golpe de suerte: el taxista que lo llevó de Puerto Falcón a Asunción.

“Sí, lo recuerdo. Subió a mi taxi, jadeando, y se arrojó sobre el asiento. Parecía asustado. El sombrero le tapaba la cara. Me llamó la atención que usara zapatillas deportivas, porque su ropa era muy formal. Pero cuando bajó, noté que era rengo”.

En la terminal Brújula, esquina de Presidente Franco y Colón, tal vez debió comprar dinero local en una de las casas de cambio muy cercanas. Otro dato a favor: el empleado que lo atendió lo recordaba “por su extraño aspecto y su modo de mirar, con miedo, a uno y otro lado, como si lo persiguieran”. Mostró el comprobante de la operación: el hombre entregó cien dólares y recibió once mil trescientos guaraníes.

También lo recordó un mozo de la antigua taberna Pez Mar, muy cerca de la terminal y de las casas de cambio: “Agitado, se sentó y pidió una gaseosa de cualquier marca, pero bien helada. Le serví Guaraná, de manzanas, y la tomó sin respirar. Mientras pagaba, me preguntó si conocía alguna pensión tranquila. En una servilleta le anoté el nombre y la dirección de la dueña: Señora Ríos, Iturbe 859”.

Los nubarrones del enigma empezaban a dispersarse.

A las cuatro de la tarde, cuando llegamos, la mujer –Juana Echagüe de Ríos, como se presentó–, de 65 años, tomaba tereré sentada en su sillón de mimbre. Flaca, morena y desconfiada, tardó en abrir el juego, hasta que comprendió que – ¡a lo mejor!–, éramos gente de bien, e inofensiva.

Su oficio, dueña de pensión, ejercido durante décadas, la moldeó en ciertas dotes detectivescas: mirada fotográfica, memoria implacable, astucia para olfatear el mal. Y habló…

“Llegó en un taxi celeste. Preguntó si había una pieza”. Había. Preguntó cuánto costaba: “Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa”. Pagó diez días por adelantado. Le mostró la cédula de identidad. Y abordó la pieza en cuestión.

En ese momento no había nadie en ella, y nos dejó entrar. Era un pequeño infierno cuadrado de cinco por cinco (metros, claro). Veinticinco metros cuadrados pintados de rosa enfurecido con puertas y marcos de ventana verde loro. Cinco camas de una plaza. Una sola con mosquitero: preludio de la tortura de cuatro atormentados por mosquitos peso pesado. Dos roperos que conocieron tiempos mejores… en otro siglo. Una mesa. Mantel de hilo maltratado. En el suelo, botellas de vino vacías. Fruta a medio morder. Remedios. Revistas viejas. Novelitas policiales de hojas amarillentas. Y en cuanto a Roschmann, incomunicación total: sus cuatro compañeros eran chinos –vendedores ambulantes–y sólo hablaban chino. Único compañero: un libro en alemán.

Juana lo esperaba como una araña en su tela. Esperaba con paciencia de derviche que el nuevo pensionista le contara su historia. “Todos, tarde o temprano, lo hacen”, le dictaba su experiencia. Pero no le sacó palabra. La rutina del extraño pasajero era de acero. Desayuno doble: pan, manteca, dulce, café, y a la cama. Almuerzo, merienda y cena con la misma glotonería. No respiraba bien: sus 120 kilos eran una muerte esperando suceder…

A tirones, Juana le sacó una confesión: “Nací en Checoeslovaquia”. Punto. Diez días después se fue un chino y ocupó su cama y área de la pieza un uruguayo. Que también partió a los pocos días. Roschmann, furioso, lo denunció:

–Señora Juana, el uruguayo me robó.

Ella se aprestó a llamar a la policía.

– ¡No! ¡A la policía no! No llame a nadie. No importa.

La noche del 25 de julio comió como un lobo y se acostó vestido. A las seis de la mañana, uno de los chinos creyó que el alemán, como lo llamaban, estaba muerto. Violeta, ojos abiertos, espuma en la boca. Lo metieron en un taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas: cama 16, traqueotomía: salvado. Volvió a la pensión, empuñó su valija, se despidió de Juana:

– ¿Le guardo la pieza?

–No. Tal vez no vuelva.

Internado de nuevo, el 10 de agosto a la mañana la enfermera Mirtha Rodríguez se acercó a la cama 16 para la rutina: presión, temperatura, etcétera. Pero el hombre tenía los ojos abiertos, un brazo colgando, y los pies desnudos. Pies mutilados. Le faltaban cinco dedos entre ambos. Hora de la muerte, 45 minutos después de medianoche. Causa: infarto de miocardio. Destino: Morgue de la Facultad de Medicina. Donde empezó esta historia. Nadie reclamó el cadáver. Buena noticia para los estudiantes: hacía tiempo que no llegaba un N.N para abrirlo y estudiar sus órganos en campo real. Lo celebraron danzando al sol.

Post scriptum: lo más extraño de esta historia. Forsytt eligió al criminal Eduardo Roschmann como eje de Odessa, su novela. Pero debió inventar el final. No tenía rastro alguno del paradero del personaje. No sabía si estaba vivo o muerto. De modo que urdió un final de ficción: un estudiante, otro de los protagonistas, lo mata en venganza, porque Roschmann mató a su padre. Fin. Jamás imaginó, ni en sueños, que el verdadero final estuvo en manos de dos periodistas argentinos, y que sucedió en Paraguay. A eso, los judíos lo llaman Justicia Cósmica”.

 

 

 

Fuente: fobae.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *