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Sueño de una noche de Sucot

Enlace Judío México e Israel.- Era Chol Hamoed Sucot en la Ciudad Vieja. Era de noche y caminábamos sin rumbo—Denise, Romero, León, Yosi y Yo.

DEBY MEDREZ PIER

León se había acabado todo el dinero de Denise (el único dinero que teníamos) en una botella de Arak añejo. Denise se dio cuenta que León la había manipulado. Ella se enojó, pero él ya estaba demasiado borracho como para darse cuenta.

Nos sentamos en las escaleras de un patio a tomar el Arak mientras veíamos cómo los últimos destellos de luz se rendían ante la noche. Los rabinos y estudiosos se cansaron de bailar en el patio y los vagabundos estiraron sus cobijas y se acostaron en sus bancas. Teníamos mucha sed, hambre, y estábamos rendidos del cansancio pero teníamos claro, desde el principio, que algo mágico iba a tomar lugar aquella noche.

Nos asomamos por las ventanas de las yeshivot, shuls y hostales. Pero reinaba la oscuridad, el silencio total y el frío húmedo que comenzaba a penetrar en nuestros huesos. Caminamos por los estrechos e irregulares pasillos contando historias sobre hombres con barbas blancas mientras nos asustábamos con nuestras propias sombras. Caminamos en círculos.

Escalamos las casas y caminamos por encima de los tejados que habían visto al bebé Salomón correr desnudo, a Rav Hillel y Shamai discutiendo, y al ejército de Napoleón ser derrotado.

Seguimos buscando comida y bebida. Él, las Sucot abandonadas, pero nuestros intentos se vieron frustrados. Insatisfechos, nos sentamos a descansar en una Sucá iluminada por la luna que se encontraba muy cerca de la tumba del Rey David.

Puse mi cabeza sobre la mesa y cerré los ojos. Un olor delicioso a carne asada me despertó y cuando abrí los ojos nos encontrábamos enfrente de un señor de barbas blancas. Tenía una túnica larga y fresca de color blanco, tenía ojos azules, muy dulces, y en sus brazos traía unas bandejas de aluminio llenas de manjares: salchichas, kebab, hamburguesas y brochetas. Las azotó en contra de la mesa y nos aventamos a la comida, mientras él seguía trayendo más y más bandejas llenas de delicias de comida de todo el mundo: kugl, arroz iraní con piña, brochetas de salmón, ensalada israelí, pasteles turcos y rugelach. Regresó con botellas de vino, agua y jugo de uva. Nosotros reíamos de la felicidad mientras nos atascabamos de comida. Estábamos en un sueño.

Regresó el señor con más botellas de vino y provisiones. ¿Quién era ese maravilloso señor de barbas blancas? ¿Por qué no hablaba? Le pregunté por su nombre, pero el señor sonrió, salió rápidamente de la Sucá y desapareció por entre las sombras.

Al día siguiente fuimos a buscar al señor, pero nos dijeron que nunca lo habían visto por el vecindario.

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