martes 25 de junio de 2024

‘Aunque soy laico, siempre me he sentido judío’: Daniel Goldin en desayuno de APEIM

Enlace Judío México e Israel – “La hospitalidad es un tema que me ha obsesionado toda la vida”, dijo Daniel Goldin durante su encuentro con los miembros de la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México (APEIM), el pasado 6 de diciembre. “Tal vez porque, aunque soy laico, siempre me he sentido judío y extranjero en cualquier sitio… salvo cuando estoy con gente querida y me siento escuchado y con capacidad de escuchar”.

El editor, que en días pasados obtuvo el Premio Nacional Juan Pablos, que otorga la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, compartió con los asistentes un poco de su historia y nos compartió una interesante ponencia, la cual gira  en torno a la hospitalidad y la escucha.

“Tal como yo la concibo, el arte de brindar hospitalidad no supone recibir al otro en una casa que es de tu propiedad, pues esencialmente ninguna lo es.[1] Se trata más bien de  hacerle sentir a otro que es bien recibido ahí donde estás tú, siempre que él también acceda a recibir al Otro. Subrayo con mayúscula al otro para aclarar que es al extraño, al diverso de uno. No solamente a otra persona.

En un sentido filosófico radical el territorio en el que estás tú, siempre provisionalmente, se convierte en tu casa sólo porque ahí puedes recibir al otro, quien quiera que sea el otro. Incluso cuando estás solo.

Obviamente desde la perspectiva del editor esto se pone en práctica de una manera diferente que desde la del bibliotecario. Como editor a mí me importaba evidenciar el espacio para el otro en el diseño, particularmente a  través del equilibrio entre la mancha negra y la mancha blanca, el interlineado, la elección tipográfica, los medianiles.  Pero también en otras dimensiones de la tarea editorial.  Recuerdo que buscamos hacerle sentir a cada niño que en el catálogo había un espacio para él. Y que cada uno de los títulos que publicamos no pretendía quedarse con la última palabra, sino alentar una conversación. Hacerle ver que el libro acogía diversas interpretaciones, y que todas eran bienvenidas, mientras que no cerraran la puerta. Intenté evidenciarlo también en la manera de promover los libros; vaya, incluso en el diseño de la política de precios, por más extraño que pueda parecer.

Como bibliotecario las maneras de  ejercer la hospitalidad son diferentes. Pero creo que la metáfora del blanco y el negro es pertinente. Aquí se traduce en un equilibrio entre lo que debes hacer de manera activa y lo que debes permitir de manera… vacilo al usar el término pasiva.  Pues creo que se trata de otra cosa que simplemente de no hacer. Se trata de estar disponible.  De invitar, de sugerir.  Mostrar sensibilidad al otro. Ejercer de diversas formas ese ejercicio tan comprometedor que es la escucha.

La biblioteca puede crear dispositivos para la escucha, aprovechar cada espacio de los que ya existen para hacerle sentir a sus usuarios que valen y son tomados en consideración, que se aspira a que sientan que es un espacio de ellos, que los invita a dialogar con ellos y con otros.

Desde luego ejercer la hospitalidad en una biblioteca supone no conformarse con las fórmula fáciles, como tener a alguien a la entrada diciéndole a todos bienvenidos, con una sonrisa mecánica, por ejemplo. Ejercer la hospitalidad acarrea problemas prácticos.

Una de las cuestiones más complejas de lograr en una biblioteca que pretende ser hospitalaria es que todos los usuarios quieren ser bien recibidos, pero no siempre están dispuestos a compartir el espacio con otros. Se agudiza con los indigentes, pero también se manifiesta con los jóvenes, los niños, los ancianos, para no hablar de las minorías sexuales o raciales.

El asunto del silencio es particularmente delicado. Para muchas personas una biblioteca completamente silenciosa puede resultar incluso hostil. Así que si queríamos hacer una biblioteca hospitalaria para todos, no podíamos hacer un recinto plenamente silencioso.

Pero las bibliotecas son y deben ser de los pocos espacios que preservan una suerte de silencio, sin el cual no hay escucha posible. Dije una suerte de silencio, pues desde que leí y escuché a John Cage comprendí que el silencio absoluto es imposible.

¿A qué podemos llamar el silencio deseable en una biblioteca?

Aquí de nuevo tengo que reconocer que no alcanzamos a tener una respuesta definitiva.

En nuestra ciudad la mayor parte de las personas no puede encontrar un espacio sin ruido, incluso en sus propias casas. La biblioteca es un oasis al que llegan muchos peregrinos a abrevar paz y tranquilidad.

Cuando tienes la opción, puedes crear zonas de silencio y zonas más tolerantes al ruido. Pero no siempre es posible. Confieso que nada me causaba mayor conflicto que violentar el silencio con una actividad como las que te describí antes, aunque la actividad fuera muy bien acogida por (casi) todo el público. Y me quedo con ese remordimiento a pesar de que la inmensa mayoría de los usuarios nunca se quejaron.

Tal vez  no se pueda evitar completamente los conflictos en ese campo y muchos otros. Pero creo que estos conflictos tienen una lectura muy diferente si los analizas en una dimensión temporal más extensa que en una sola actividad.

Lo propio de una biblioteca, algo que la diferencia de los museos, salas de conciertos o escuelas, es que los usuarios son recurrentes. Van por diferentes razones. Van y vuelven sin agotarla. Que entre todas las veces que acudan, una vez se encuentren con un concierto que les impide la lectura silenciosa que anhelaban, es lamentable. Pero no tanto pues no lo hacíamos todos los días. El equilibrio es una cuestión que se debe conjugar en el tiempo.

[1]  Mientras escribo este texto, me encuentro con esta frase de Henrich Heine, un judío converso: Si lo pensamos bien, todos andamos bastantes desnudos bajo nuestras ropas”.

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