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Janucá y Yosef ¿Cómo ver más allá de lo aparente?

Enlace Judío México / Rab. Pinchas Wiston – Hablar de la perasha de Miketz o de Janucá es virtualmente hablar de lo mismo. Yo sé que en la superficie parece distinto, sin embargo, el mensaje que encontramos en la historia de Yosef y el mensaje que nos trasmite Janucá es el mismo: mucho de lo que vemos no es lo que aparenta en la superficie. Los hermanos juzgaron mal a Yosef y los helenistas juzgaron mal la Torá Oral y su ley.

De hecho podemos poner a la Tierra de Israel en la misma categoría también, ya que fue mal juzgada por la generación de los espías. En efecto, la guematría de Yosef y de Tzión son exactamente la misma (156) y el midrash nos dice que lo que le sucedió a Yosef, también le ocurrió a Tzión (Tanjuma, Vayeshiev 10).

En efecto, el Arizal señala una conexión sorprendente entre los hermanos de ésta perasha y los espías cientos de años después en el desierto:

Cuando los diez espías salieron a espiar la tierra el alma de las diez tribus correspondientes los acompañaba, los verdaderos hijos de Jacobo. Este es el significado de lo que Yosef le dijo a sus hermanos: “Ustedes son espías” (Genesis 42:9), para aludir al tiempo futuro en que sus almas se convertirían en espías (Shar HaGilgulim 36).

Como hemos señalado antes, la palabra hebrea “meraglim” (espías), el nombre que Yosef dio a sus hermanos de hecho, en realidad se refiere a lo siguiente: “mimi Rajel gevavtem l’Midianim Yishmaelim mechartem” “de Rajel, mi madre, me robaron, a medianitas árabes me vendieron” (Brisi Shalom). La primera letra de las palabras que comprenden esta frase conforman la palabra “meraglim;” Yosef no sólo estaba acusando a sus hermanos, también les estaba mandando un mensaje para el futuro.

Los estaba advirtiendo: “Si no arreglan el problema que tienen conmigo ahora; va regresar a perseguirnos después, cuando espías verdaderos salgan a ver la tierra de Israel. Si no pueden ver a través de la superficie, regresarán un informe negativo y perderemos la oportunidad de heredarla en su plenitud.”

Lo que era una hipótesis en el momento, es hoy un hecho histórico. Cientos de años después, los espías regresaron con un informe negativo y nos quedamos sin la tierra.

No era un error nuevo. Era uno que se remonta hasta la primera trasgresión de la humanidad, cuando Adán comió del Árbol del bien y el mal y trajo sobre la humanidad la expulsión del Jardín del Edén. Después del pecado, Adán se escondió cuando escuchó la voz de D-os llamándolo:

“Aiecá” “¿Dónde estás?” (Genesis 3:9)

Una palabra que en guematria es identica al número de velas que prendemos durante los ocho días de Janucá: treinta y seis, ese es el número asociado con el “Or Gamuz,” la luz primigenia con la que D-os hizo la Creación, dio la Torá y eventualmente acabará con el Exilio y traerá al Mesías. Es la luz que acaba con toda la oscuridad intelectual y le permite ver al hombre la verdad tal y como es, que le da la habilidad de aceptar la verdad y vivir en base a ella.

Una luz de bondad, como aquella de Yosef el justo, de la Torá Oral y de la Tierra de Israel, que se encuentra más allá de la superficie y brilla para aquellos que la persiguen:

Él D-os hizo esa separación en el brillo de la Luz, que no debe alumbrar o dar luz excepto para los justos, que la traen a la tierra y la hacen brillar. Sin embargo, las acciones de los malvados la bloquean, dejándola en la oscuridad, y ésta es la Luz que se encontraba escondida (Shaarei Leshem 133)

Fuente: torah.org

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