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El amor entre una judía y un musulmán en los tiempos de la Revolución Islámica de Irán

Enlace Judío México e Israel – Una adolescente judía llamada Lea que vive en Israel a finales de la década de 1950 conoce a Amir, un joven musulmán iraní que participa en un programa de intercambio de estudiantes en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

ENESS ELIAS

Amir estudia el modelo del kibutz para aplicarlo a su país; incluso escribe su tesis en hebreo. Ambos se enamoran y viven juntos en Jerusalén; posteriormente, emigran a París, se casan y tienen un hijo.

El joven iraní sueña con fomentar el cambio en su patria. Regresa a Irán y se convierte en un importante activista de la Revolución Islámica, que comenzó como una revolución social. Lea lo sigue – una mujer judía en la tierra de los ayatolás, que ascienden al poder.

Después de algún tiempo, Amir se da cuenta de que se ha equivocado en sus objetivos políticos y ayuda a trasladar al presidente del gobierno provisional a Turquía, vestido de mujer. Cuando es arrestado por ese acto, junto con otras 13 personas, así como por un cargo de espionaje para Israel, Amir es condenado a cuatro años en prisión Teherán, donde es torturado. Lea lo espera, ocultando su identidad, apenas sale de la casa, criando a su hijo. Finalmente, Amir es liberado y la familia huye a París, donde radican hoy.

Esta es la trama de una nueva obra de teatro de Ana Ben Shlomo, llamada “Hofesh”: Khafeh sho (Shtok!) en farsi” (“Libertad: Khafeh sho [¡Cállate!]”), que se presenta en el Teatro Jan de Jerusalén.

“Durante todos estos años no profundicé en la Revolución Islámica”, dice Ben Shlomo, nacida en Irán. “Sentí que era algo lejano. Cuando empecé a investigar lo que ocurrió allí, encontré a esa pareja. Viajé a Francia para conocerlos y me contaron su historia en los 11 días que pasamos juntos. Amir (pseudónimo) realmente creía que estaba haciendo algo maravilloso por su pueblo y su patria. Él y el grupo al que pertenecía se unieron al ayatolá Jomeini con la esperanza de llevar la democracia y la igualdad a Irán. Pero las cosas cambiaron rápidamente. Mientras estaba encarcelado, su esposa pasó por muchas dificultades”.

Lea (tampoco es su verdadero nombre) nació en Irán. Tras la muerte de su madre, emigró a Israel con su padre, y vivió en el país hasta los16 años.

“Su padre no se adaptó a la vida en Israel y regresó con ella a Irán”, relata Ben Shlomo. “Lea era maestra de hebreo en una escuela de la Alianza, pero después de sentir la libertad en Israel, le resultó difícil lidiar con las leyes de modestia de su tierra natal y regresó a Israel. Fue entonces cuando conoció a un musulmán iraní y se enamoró de él. ¿Quién hubiera pensado que un musulmán iraní llegaría a Israel para aprender sobre el kibutz y llevar la idea a su país? Esto no ocurriría hoy en día – esas eran revoluciones en la vida de las personas”.

Ana Ben Shlomo nació en Irán en 1965 y llegó a Israel con su familia en 1973. “Crecí con un padre cuya vida entera era el teatro”, dice. “En Irán, mi padre quería ser comediante y actor. Emigró a Israel en 1949 como parte del proyecto de Aliat Hanoar (aliá de jóvenes) organizado por la Agencia Judía, y estudió en un kibutz. En la década de 1950 se inscribió a un programa preparatorio del teatro nacional Habima, pero no fue aceptado como actor. Supongo que fue por sus orígenes. Por eso decidió volver a Teherán, donde conoció a mi madre. Se unió a una compañía de teatro apoyada por el sha que recorrió todo el país, interpretando muchas obras de dramaturgos occidentales como Chéjov.”

El padre de Ana, el difunto Yehuda Mordi, comenzó a trabajar para la Agencia Judía en la década de 1970, y poco antes de la guerra de Yom Kipur la familia emigró a Israel.

“Tenía 8 años y tenía miedo de morir”, recuerda Ana. “Pero anhelaba integrarme. Generalmente, la primera generación tiende a integrarse rápidamente, deshacerse de los acentos, borrar identidades anteriores – convertirse en israelí. Con los años me he vuelto israelí, pero también occidental”.

Ana Ben Shlomo estudió y enseñó piano, canto y música clásica, pero en algún momento, siguió los pasos de su padre y se dedicó al teatro. Hace unos años, decidió decir lo que tiene que decir en el escenario, describiendo los años en los que había ocultado su identidad iraní, tal vez como Lea que ocultó su judaísmo.

“Cuando la gente quiere saber de dónde eres, ponen atención a tu acento, pero yo lo he estado ocultando hasta la fecha”, comenta.

“Algunos de mis amigos se sorprendieron cuando se enteraron de que no nací en Israel; otros no lo saben. Pero cuando estás en el escenario tienes que abrirte a estas cosas. Es una identidad que está presente y debes reconocerla. Estudié teatro en la Universidad de Tel Aviv y allí hablé sobre mis raíces y de cómo me desgarra el no poder regresar a Irán. Sentí que estaba siendo juzgado y eso me puso en un lugar donde no podía encontrarme a mí mismo o mi voz. Cuando me gradué, me dije a mí mismo que iba a volver a mis raíces, a Irán”.

La obra fue montada por un conjunto llamado Garu Guru, que pretende llevar la cultura iraní a la escena, en particular la cultura iraní-israelí. “Garu significa ‘grupo’ en farsi”, explica Ben Shlomo.

Relata la historia de una judía iraní que ha renunciado a la vida en Israel y en Irán: “Ambas historias ocurren en paralelo y dicen: amamos nuestro país, nuestra tierra natal. La mujer judía se refiere a Israel y el hombre musulmán se a Irán. Poco a poco, surge la historia de su amor, con su intimidad y su anhelo – el tipo de cosas que normalmente se mantienen ocultas en la sociedad musulmana. A través de ella también se escucha la historia de Irán y la Revolución Islámica, cuyas principales víctimas fueron las mujeres. En general, en las llamadas sociedades orientales, las mujeres suelen ser las mayores víctimas”, dice.

“La obra mezcla la historia real con la imaginada, junto con los temas que investigué mientras la escribía – entre ellos la identidad, la religión, los sueños, los ideales y las lealtades nacionales de ambos protagonistas. Cuestiona hasta qué punto debe una persona hacer sacrificios por su país, sobre todo cuando su situación política no concuerda con sus expectativas idealistas”.

“No quise escribir una obra política, sólo pretendo contar una historia”, continúa Ben Shlomo. “Pero el tema aquí es la libertad. El nombre en farsi lo expresa. Significa: cállate, ahógate, muere. Es difícil para los iraníes escuchar esa palabra, pero yo digo, ese es precisamente mi punto: No puedes expresarte en un lugar que sea libre”.

A pregunta expresa de cómo una mujer judía e israelí de origen iraní puede llamarse Ana dijo: “Siempre me hacen esa pregunta. Especialmente por mi piel más oscura. El caso es que en los años 60, mi padre leyó el diario de Ana Frank y sugirió que un grupo de teatro de Teherán montara una obra basada en su historia. Al grupo le gustó la idea. La obra se basaba en “El diario de una joven”, en Teherán. Mi padre actuó en ella. Los actores musulmanes interpretaron papeles judíos. Yo nací cuando la obra se estrenó, y él no dejó de hablar de ello en toda su vida. Por eso tuve el honor de que me llamaran Ana”.

Fuente: Haaretz / Reproducción autorizada con la mención: © EnlaceJudíoMéxico

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