May Samra para Enlace Judío México e Israel- El dolor y la indignación de más de 100,000 mujeres llenó ayer las calles del Centro de nuestra ciudad. Quienes estuvimos en la Marcha del 8 de marzo pudimos palpar la rabia provocada por años de feminicidio, acoso, sometimiento y desdén.

Mujeres de todas las clases sociales acudieron. Desde el aire, formaron una mancha morada que se extendía más y más y se nutría con la energía de la multitud. Las cabezas a diario agachadas se levantaron en un solo movimiento y dijeron NO. No a la impunidad, no a las políticas discriminatorias, no a todos los incidentes en los cuales hemos sido sobajadas por ser mujeres.

Me uní al movimiento Escritoras Contra La Violencia de Género. Nuestras camisetas decía “Letras de tinta, no de sangre”. Uno de los enormes carteles que acompañaría la marcha proponía, de manera conciliatoria: “Ofrecemos otra historia”. Llenamos tres autobuses escolares; algunas éramos de la Comunidad judía.

Ya en el Monumento a la Revolución, perdí al grupo. Buscarlo fue inútil; mis compañeras se habían confundido en la multitud que me llevaba.También el sol estaba ardiendo.  Ya no podía respirar, transportada, atorada, entre codazos, gritos y adrenalina.

A través de un mensaje, el grupo envió una consigna: llegar al Frontón. Se trataba de un casino, que proveía sombra y un metro cuadrado de espacio, entre el portón y el arco de seguridad. Tres guardias resguardaban la entrada: “el ingreso sólo se permite con credencial del establecimiento”. Tampoco autorizaron el paso a la jovencita casi desmayada, ni a la mujer con un bebé: “Son órdenes”. “¿Órdenes de quién?” indaga una dama. “De la autoridad”. “¿Quién es la autoridad?” “El presidente López Obrador”. Ante lo absurdo de la situación, la dama, decidida, ingresa al casino, seguida por cuatro mujeres, yo entre ellas.

La dama es Sabina Berman. Más tarde, frente a un café, me dice: “Eso que nos sucedió también es machismo. Imagínense que hubiéramos sido obreros, con nuestras chamarras, nuestros gorros y nuestros bigotes. Los guardias estarían preocupados, no amenazando. Lo que tenemos que aprender es que, cuando somos amables, nos acomodamos y los tratamos de convencer poco a poco, eso es cuando embona nuestra feminidad con el machismo”.

La historia de mi vida.

Ahora, el azar me lleva a sentarme,  en un casino casi desierto, con Sabina Berman, también judía, escritora y periodista, autora de  la primera obra feminista “Entre Pancho Villa y una mujer desnuda”, y con su co-directora, Isabelle Tardan.  La obra fue estrenada en la ciudad de México en 1993, y se mantuvo en cartelera durante dos años. Desde el 6 de marzo 2020, se vuelve a presentarse en el teatro Rafael Solana.

“Tenemos que cambiar de actitud“, expresa Berman. “Es como decirle al presidente: sabe qué, presidente, pues sí, usted tenía otro plan, pero también el nuestro es importante, así que el gobierno lo tiene que poner en marcha”.

Berman opina que la Marcha tendrá éxito porque quienes están en los medios de comunicación “son mujeres y son feministas, como casi todas las mujeres. Así que no se podrá manejar (tergiversar) el mensaje”.

Volvemos a unirnos a la Marcha. A lo largo de la ruta, se escuchan golpes y vidrios rotos: son mujeres encapuchadas que derriban las vallas de seguridad. También habrá explosivos, bombas molotov, vidrios rotos y edificios vandalizados. Corre el rumor que las vándalas son “infiltrad@s”, enviadas por oponentes.

Pero las mujeres han acudido. Marcharon con el puño cerrado en alto. Y no callarán. Parecen decir: “A ver, valientes, ¡intenten violarnos, ahora que estamos juntas!”.

De vuelta, en el Metro, siento en las miradas de las mujeres una suerte de orgullo, de fortaleza.

Concluyo que esta  marcha también ha sido una fiesta, la fiesta de la unión entre mujeres. Quienes acudimos, nos reconocimos en todas y cada una de las voces, en todos y cada uno de los carteles.

La herida colectiva se abrió, supuró y ahora requiere de acciones para sanar.

Necesitamos un manifiesto, necesitamos propuestas que puedan ser presentadas a las autoridades.

Este 8 de marzo, fuimos hermanas del mismo dolor, hermanas en pie de lucha: ni una muerta más, ni una violación más, ni una humillación más.

 

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