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Enlace Judío México e Israel- El judaísmo es intensamente sexual. El sexo jamás ha sido un pecado para los judíos ni algo secreto ni oculto. El sabio Rambam (Maimónides)en el Igueret Hakodesh dice “D-os no creo nada feo ni vergonzoso. Si alguien dice que los órganos sexuales son vergonzosos, está implicando que D-os creo algo imperfecto”.

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Otro sabio, Simón Ben Halafta se refirió al órgano sexual del hombre – el pene – como  “el gran hacedor de la paz del hogar”, muy parecido, y no por casualidad, a la bendición y plegaria para las parejas, shalom bait, “paz en el hogar”. Por esto, los judíos no deben apenarse de hablar sobre sexo. Una de las primeras leyes de D-os fue la de hacer el amor y tener hijos. “Dejará el hombre a su padre y a su madre y allegarse ha a su mujer… Fructificad y multiplicaos”

Parte integral en la creación del sexo es la creación por D-os del concepto de la excitación sexual.

La Torá contiene muchas historias de importantes mujeres excitantes y provocativas. Rajav, la mujer que vivió en Jericó y se casó con Josué, de quién Rabi Itzjak dijo en el Talmud: “El hombre que diga Rajav, Rajav, tendrá de inmediato una descarga seminal”. Rajav inspira deseo.

En el folklore judío abundan las leyendas y relatos con intenso contenido sexual, que, en algunos casos, traspasan la barrera de la muerte, como en el siguiente cuento del siglo XVI ambientado en el norte del actual Israel:

EL DEDO

 Una noche, hace mucho tiempo, en la ciudad de Tzfat (Safed) tres jóvenes amigos salieron a dar un paseo. Rubén, el mayor, se casaría al día siguiente con una joven bella y rica. Sus compañeros le hacían bromas. La luna estaba llena e iluminaba todo, por lo que decidieron salir del camino y adentrarse en el bosque hasta llegar a la orilla de un rio, donde se sentaron en unas piedras y continuaron divirtiéndose.

Uno de ellos notó algo extraño. Era un objeto del tamaño de un dedo que sobresalía del suelo. Se acercaron a verlo, creyendo que se trataba de una raíz, pero al mirar de cerca vieron sorprendidos que en efecto era un dedo.

Por su estado de ánimo festivo comenzaron a hacer bromas del objeto y uno de ellos dijo “¿Quién se atrevería a ponerle un anillo a este dedo?”. Rubén dijo que debería ser él, ya que estaba a punto de casarse y ante la mirada sorprendida de sus amigos, se quitó su anillo, lo deslizó al dedo mientras pronunciaba las palabras Harei at mekudeshet li- “Te tomo en matrimonio”. Lo hizo tres veces como lo prescribe la Ley. Tan pronto terminó de decirlo, el dedo comenzó a moverse, para el horror de los jóvenes que saltaron de susto.

Repentinamente, de la tierra salió la mano completa, crispándose y retorciéndose. Mientras veían aterrorizados, el suelo comenzó a temblar como si la tierra se fuera a abrir. De pronto apareció el cuerpo de una mujer, cubierta únicamente por un chal harapiento y sus ojos sin vida se clavaron directamente en los de Rubén mientras gritaba con una voz espantosa, “Mi esposo”.

Al oír esto, los tres amigos gritaron espantados y echaron a correr por el bosque tan rápido como podían. La luna se había ocultado y todo estaba oscuro. Las ramas y espinas les rasgaban las ropas y la piel, pero ninguno se atrevía a voltear hacia atrás y no pararon hasta llegar a sus casas en la ciudad. Durante toda la carrera de regreso, oían el escalofriante grito de la mujer muerta siguiéndoles de cerca. Sólo cuando estuvieron dentro de sus casas, con puertas y ventanas bien cerradas, pudieron respirar con un suspiro de alivio y curar las heridas que se hicieron durante su carrera por el bosque.

La siguiente mañana, se reunieron, todavía pálidos y agitados y acordaron mantener en secreto los horribles sucesos de la noche anterior ya que estaban muy avergonzados de su broma y sus terribles consecuencias. Rubén se dirigió al baño ritual en preparación para su boda, dejando a sus amigos con sus confusos pensamientos.

Mucha gente importante se había para la boda reunido pues Rubén y su novia pertenecían a dos de las más distinguidas familias de Tzfat. Pero justo cuando la ceremonia daba comienzo, detrás de la gente se oyó un aullido que congelaba la sangre, seguido de muchos gritos más, causando pánico entre los asistentes. Y es que ahí estaba el cadáver de una mujer que solo vestía un chal raído por los gusanos. Toda la gente, incluyendo a la novia y las familias de los novios huyeron al verla hasta que solo quedaron Rubén y el rabino que pronunciaría los votos nupciales.

El rabino logró mantener la compostura y preguntó: “Dime mujer ¿por qué has dejado tu lugar de descanso y has regresado con los vivos?”. El cadáver, con una voz de ultratumba contestó: “¿Qué falla ve en mí el novio que quiere casarse con otra?” y diciéndolo mostró su mano en la que estaba el anillo de Rubén, con sus iniciales grabadas.

El rabino le preguntó al joven, que estaba aterrorizado escondido detrás de él, si lo que la mujer decía era cierto. Con voz temblorosa, éste le contó lo de su paseo la noche anterior y la broma que hicieron al ver el dedo que salía del suelo.

El rabino le preguntó si había pronunciado el voto sagrado tres veces. El joven asintió tímidamente con la cabeza.

El rabino preguntó “Y ¿lo dijiste delante de dos testigos?”. De nuevo Rubén asintió.

Entonces el rabino, consternado, dijo que debería de reunir a la corte rabínica para discutir el asunto ya que, a los ojos de la Ley, pareciera que el joven se había unido a ese cadáver en matrimonio. Cuando el novio oyó esto, se desmayó y tuvo que ser llevado en hombros a su casa.

Durante los días siguientes, la ciudad de Tzfat fue un hervidero, ya que nunca se había oído de alguien que se casara con un cadáver.

Los padres del novio le suplicaron al rabino que encontrara una manera de liberar a su hijo de esta maldición. Mientras tanto, el rabino se sumergió en la meditación y el estudio de las responsas  y antecedentes en la Halajá, en busca de un precedente, pero no había, por lo que uno se debería de establecerse esta vez.

El día del juicio, el rabino pidió la presencia de la mujer, cosa que ella hizo, todavía envuelta en el carcomido sudario con el que fue enterrada. Bajo juramento, ella dijo lo que Rubén había hecho en el bosque. Entonces fueron llamados los dos amigos quienes, con dificultad, confirmaron lo dicho. Por último, el rabino llamó al novio, quien confesó que había hecho el voto, pero suplicó que se anulara ese matrimonio ya que nunca fue su intención que eso pasara.

Entonces la corte se dirigió a la mujer y le preguntó si estaría dispuesta a renunciar a su demanda, pero ella estaba firme pidiendo que el matrimonio se consumara, ya que, en vida, nunca se había casado y, en consecuencia, le habían sido negados sus momentos de gozo. Y estaba determinada a recibir ahora en la muerte, lo que no había recibido en vida.

Cuando fueron recibidos todos los testimonios, la corte se retiró a deliberar mientras el joven Rubén se quedó temblando, evitando dirigir la mirada al cadáver que también estaba ahí esperando.

Poco tiempo después salió el rabino y anunció que todavía no habían podido llegar a un veredicto, ya que, por un lado, el matrimonio entre Rubén y la difunta era válido ya que se había llevado a cabo de acuerdo con la Ley, pero por otro, el compromiso matrimonial entre Rubén y su novia había sido hecho por sus padres aún antes del nacimiento de ellos, y la Ley decía que no está permitido que un voto impida el cumplimiento de otro anterior.

En eso estaban cuando entró la novia -viva – de Rubén y encaró al cadáver diciéndole: “Sé lo del anillo y quiero llegar a un acuerdo contigo porque comprendo que sientes que eres la esposa legal de Rubén”. “Así es” dijo lastimeramente la muerta. “En este caso, seré breve”, dijo la novia. “si lo liberas de su compromiso y lo dejas en paz, estoy dispuesta a compartirlo contigo para que puedas conocer el placer que D-os nos regaló a las mujeres. Permitiré que esté contigo hoy en la noche”. La cara de la difunta se iluminó con una sonrisa sin dientes y asintió en aceptación con la cabeza, saliendo en dirección al bosque.

Esa noche, Rubén cumplió lo ofrecido y al día siguiente regresó a la ciudad, con su anillo.

El rabino ordenó que la mujer fuera enterrada con un ritual apropiado y a una mayor profundidad; y al día siguiente ofició la boda viviente de Rubén y su novia.

Y en cuanto a la difunta, todavía en el más allá pudo gozar de la mitzvá de la alegría.

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