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Enlace Judío México e Israel – El COVID-19, la violencia de género y la racial, nos envuelven en una realidad cuya gravedad es imposible disimular. De pronto, surgen catalizadores que convierten la necesidad, el temor, la indignación y la incapacidad para enfrentar situaciones complejas, en desesperación que se traduce en violencia incontrolable. Estaban allí, y no quisimos o no pudimos verlo.

Es válido preguntarnos qué está sucediendo si también los Estados Unidos se ven inmersos en una pasión desbocada que produce graves daños a la propiedad y que suma a los muertos por la pandemia, a la de seres humanos que caen en las manifestaciones.

Apenas días atrás festejamos en Shavuot la recepción de la Torá, que en su nombre, Kabalat Hatorá, nos indica que la revelación del Sinaí no es un acto de una vez al año, sino que debe repetirse diariamente y en cada oportunidad.

¿Cómo recibimos la ley? “Moshé hablaba y .A. le respondía –Bekol- con voz atronadora” (Shemot 19:19), en diálogo que únicamente el maestro Moshé podría descifrar, y transmitirnos profética y poéticamente “cuando Moshé descendió del monte Sinaí, traía en sus manos las dos tablas de la ley. Pero no sabía que, por haberle hablado .A., de su rostro salía un haz de luz… y como los israelitas veían que su rostro resplandecía, Moshé se cubría de nuevo el rostro” (Ib. 34:29-35).

Tan fuerte fue la revelación que Moshé debía cubrir su faz para que lo pudiéramos oír. El rostro del Profeta estaba iluminado con luz suprema y su boca expresaba el secreto divino en lenguaje humano. La persona normal le teme. Pero el que habló en ‘sonidos y relámpagos’ resuena también en nuestros oídos y sus letras son nuestra guía.

Entendemos la experiencia de la profecía como un viaje interior y como una ascensión. Por ello debemos permear nuestros corazones para alcanzar la cima de la montaña desde la que nos llega la visión profética, y las profundidades de la conciencia, desde el lugar de encuentro interior donde se desdibuja el límite entre el hombre y el Uno. El “cielo”, que es el propósito de este viaje, se encuentra dentro del alma humana.

Nuestros patriarcas, que según la tradición guardaban todas las normas, llevaban a cabo profundas introspecciones para descubrir el mensaje divino que les permitiera elevar sus espíritus y llegar a la virtud de Jesed, la bondad, afabilidad, amabilidad, misericordia, clemencia, compasión, y benignidad. Lo habían logrado escarbando pozos para encontrar agua vital, que bien puede entenderse es el equivalente del conocimiento absoluto.

Sus enemigos se empeñaban a tapar esos pozos pero ellos volvían a cavarlos como en el mito de Sísifo, que subía una gran piedra hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra caía y el trabajo comenzaba otra vez, tal como nos sucedió a lo largo de nuestra historia. Miriam, la profetiza, era acompañada por esos manantiales doquiera se dirigiera y de ella bebieron los hijos de Israel en todas sus andanzas por el desierto antes y después de la recepción del Sinaí, que Moshé había revelado subiendo a las alturas divinas ascendiendo al monte como puente con la divinidad.

También en hebreo Maayián puede traducirse como fuente, origen, causa, y comienzo. El Alef de Anojí, la primer palabra de los Mandamientos, no se pronuncia si no está punteada por alguna vocal, y hasta hoy vamos desentrañando su significado y qué es lo que nos dice en forma personal para que podamos renovar el descubrimiento buscando en las profundidades como nuestros antepasados y en las alturas después que “todo el pueblo veía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y temblando de miedo se mantenía a distancia” (Shemot 20).

Es fácil deducir que el mensaje nos plantea la necesidad de comprender y hacer propias no solo su letra sino también su espíritu y que su aplicación debe llevarse a cabo cotidianamente en cada tema con el que nos debemos enfrentar. No hay trama que le sea ausente. No hay cuestión que le sea ajena.

En estos momentos, ya pasado Shavuot, debemos leer las voces que escuchamos para cumplir la misión que asumimos cuando dijimos Naasé Venishmá, haremos y escucharemos.

El profeta Mijá (6:8), nos brinda una respuesta sintetizada magistralmente que exclama con vehemencia: «Y que es lo que .A. de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y andar con modestia humilde junto con tu Dios».

En nuestros días, cada uno debe descubrir su propia réplica dentro de los principios de la Torá, cuando frente a nosotros hay tanta gente con necesidades básicas, tantos enfermos no atendidos, tantos dolientes sin consuelo, tanta violencia doméstica, tanto abuso físico, emocional, de género y financiero, tanta represión indiscriminada de las autoridades civiles y militares. Todo ello exacerbado por el encierro y la cuarentena.

Los que estuvimos en Sinaí, tenemos la obligación de construir puentes de empatía y solidaridad con el vulnerable y el oprimido, y no tenemos el derecho de guardar silencio ante la injusticia.

Es la oportunidad de elevar nuestros corazones y nuestras almas para cumplir con nuestra obligación.

En la plegaria Alenu Leshabeaj –hemos de loar al Señor de todo-, que decimos varias veces por día, expresamos la esperanza de ayudar que el mundo alcance la perfección, para que todos los seres humanos invoquen el Nombre. Este es el momento impostergable. Es tiempo de Tikún Olam, que el Talmud y otros textos clásicos ejemplifican de muchas maneras y que permiten inducir una generalidad.

La Mishná (Guitin 5:8), enseña reglas que se hicieron para mantener la paz entre las personas. Estas “formas de paz” son una subcategoría de Tikún Olam, mientras que muchas de las otras promulgaciones hechas derivadas de ese principio contenían un fuerte elemento económico, estas reglas están más relacionadas con las relaciones interpersonales.

La falta de caminos de paz, lleva a la violencia cuyas consecuencias alcanzan tarde o temprano a todos los seres. Nadie es escapará de sus consecuencias.

Nuestro deber es transitar esa senda. Tal como lo dice Mishlé 3: “Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría y el que obtiene entendimiento; porque su provecho es mayor que el de la plata, y su resultado es mejor que el oro fino. Es más valiosa que las perlas; nada de lo que desees se le iguala. Abundancia de días hay a su derecha; y a su izquierda, riquezas y honra. Sus caminos son caminos agradables y en todas sus sendas hay paz. Es árbol de vida a los que de ella echan mano; bienaventurados los que la retienen”.

 


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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"Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."

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