Enlace Judío México e Israel – Ayer llegué a la conclusión que no hay que desesperarse del porvenir de nuestro país. Lo que amenaza a Israel no es el coronavirus, ni Bibi Netanyahu, ni la situación económica, sino “nuestro” arte de conducir.

Todo aquel que sea capaz de sobrevivir a la guerra automovilística que se libra hoy en el país, puede estar tranquilo respecto a las otras guerras de las cuales nos hablan los medios y los políticos.

Aquellos que piensan que los israelíes son apáticos, secos, poco ingeniosos, amables y demás, padecen de una grave equivocación. El heroísmo que los caracterizaba, la caballerosidad mítica que supuestamente teníamos, el afán de aventura y lucha, no han muerto en Israel, simplemente se han desplazado desde las oficinas de servicio al público y los frentes de guerra, a las carreteras, donde las más excelsas cualidades del espíritu humano, con excepción de la prudencia y la amabilidad, se mantienen en plena lozanía.

Denle a un israelí a resolver un problema político sencillo, y lo complicará tanto hasta hacerlo del todo incomprensible, y por supuesto, insoluble. En cambio, sentado al volante de un auto, se asombrarán de la transformación que en él se opera. Es como si acabara de nacer una criatura audaz, llena de recursos gloriosamente ilógicas, y de una maravillosa eficacia.

Durante largos años nuestros políticos han estado buscando un equivalente moral o más bien un sustituto a la guerra, es decir, alguna clase de peligro que, sin ser una guerra propiamente dicha, realizarse la unión del pueblo, diese sabor a nuestra existencia, agudizarse el espíritu de nuestra gente y diese satisfacción a ese anhelo que todos sentimos de apasionarnos por algo grande.

Pues bien, los israelíes hemos encontrado precisamente en el automóvil ese desiderátum. El auto nos proporciona la sensación de amenaza que echamos de menos cuando las cosas parecen medio tranquilas. El automóvil en esta época de Coronavirus nos procura trabajo (es lo único que los hombres lavan solos con placer y no por obligación como los trastes o vajilla), el auto rehabilita nuestro individualismo y nos ofrece la posibilidad de expansión (ahora imposibilitada), a nuestro excedente de energía, encerrada, que antes de la pandemia provocaban las invasiones, las guerras y las agresiones en general. El automóvil, en fin, si seguimos con este ritmo (que ahora al parecer descansará unas semanas), llegará a eliminar ciertos excedentes de población no deseada (que el coronavirus no alcanzó), especialmente de los individuos de a pie y de lentas reacciones mentales con lo que contribuirá, por lo menos eso piensa nuestro gobierno, a la elevación del nivel intelectual y físico de nuestro pueblo.


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