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Cuando uno lee entrevistas de mujeres u hombres que publica y abiertamente rechazan la ortodoxia judía, denunciando esa postura religiosa como arcaica, represiva, dolorosa o “lo peor que pudo haberles pasado en la vida”; yo no puedo sino preguntarme en que momento empezaron a verlo de esa forma. No dudo que su dolor sea genuino, sin embargo, no creo que siempre lo hayan sentido. ¿Cuándo fue que decidieron dejar el camino que sus padres escogieron para ellos?, ¿en qué momento los recuerdos infantiles se volvieron llagas irremediables? y ¿cuáles fueron las vivencias o las dudas que los llevaron a buscar una vida completamente nueva y distinta?

No ha de haber sido un camino sencillo, sin embargo, por sus expresiones parece ser un camino con mayor felicidad. Y en sus pasos se queda la pregunta de cómo abrirse hacia un mundo completamente opuesto al que siempre han vivido, qué se tiene cuando se ha decidido dejarlo todo, o por lo menos todo lo conocido.

La fe es un tema muy delicado: cuando se fuerza se rompe, en cambio, cuando se escoge se mantiene viva incluso siglos. “Disobedience” (Desobediencia, 2017) trata el tema de la fe con una profundidad poco vista en los medios audiovisuales. La película dirigida por Sebastián Leiló se basa en el libro de Naomi Alderman que lleva el mismo título.

Trata de una mujer joven (Ronit) que, después de varios años de haber abandonado la ortodoxia judía, decide regresar al barrio en que creció para despedirse de su padre recién muerto. Se hospeda en la casa de quien era un amigo cercano en la infancia (Dovid), el cual la recibe con suma hostilidad. Pronto descubre que su mejor amiga (Esti) se ha casado con él. La trama entera se desarrolla en el tiempo en que se llevan a cabo los ritos mortuorios por su padre.

A través de las interacciones entre los tres personajes, vamos descubriendo porque la protagonista abandonó la ortodoxia y cortó todo contacto con su pasado y su padre, el cual era el rabino principal de la comunidad. La historia pasada involucra a sus dos amigos que reaccionan de maneras muy distintas frente a su presencia. Y es en el destino y pensamiento de cada uno de ellos tres que la película realmente toma forma; nos muestra una cara de la ortodoxia poco explorada.

Si bien el mundo que retrata podría ser descrito como “horrendo” también da cabida a la existencia de aquellos que deciden permanecer en él no sólo por deber sino por amor a esa forma de vida y la pugna que se presenta para el que se encuentra en medio; el que aún no decide si quedarse o irse.

Por un lado tenemos la historia de Ronit, para ella la decisión es clara, lo mejor que pudo haber pasado en su vida es haber dejado la ortodoxia. Sin embargo, aún tiene un duelo fuerte por la casa que perdió al irse. Regresa a hacer las paces con su pasado a darle cabida en su vida actual.

A través de sus ojos vemos todo el daño que un mundo guiado por la ideología religiosa puede causar en una persona. Vemos la frialdad de las relaciones que se rompen cuando la persona decide no seguir sujetándose a convenciones sociales; vemos los estragos emocionales que el amor condicionado de un padre puede ocasionar en una hija, el sentimiento de culpa, de abandono, de miseria. Y al mismo tiempo percibimos el amor a la libertad que disfruta aquél que decide irse. En el padre de ella vemos el contraste de lo que es un gran líder para los ojos de su comunidad y lo que podría ser en el ambiente privado.

En cuanto a su amigo Dovid, vemos al hombre que nunca duda si irse o quedarse. Ama la doctrina que profesa, el conflicto es otro. Su carrera como rabino avanza al punto de poder convertirse en el siguiente líder comunitario. Sin embargo, representa sacrificios dentro de su vida privada. Debe aprender a amar a las personas que lo rodean independientemente de las decisiones que éstas tomen; a no ahogarlas en su intento por protegerlas y debe aprender a valorar lo íntimo por encima de lo público.

Mientras que el caso de Esti, su esposa y amiga de Ronit, representa la duda real frente a la fe. Por un lado ama la Torá, las enseñanzas de la vida judía y disfruta profundamente de ella; cuando Ronit la presiona a irse ella contesta: “Ésta es mi vida.” Sin embargo, al igual que su amiga tiene una herida muy profunda y muchas veces ha dejado de tener en sus manos la dirección de su propia vida. A la vez que duda sobre sus deseos y su futuro, en la película ocurre un evento que la obliga a tomar el control de sí misma nuevamente.

En cuanto a la película misma el mensaje final es contundente y resume el conflicto de la fe, en las palabras de uno de los personajes se nos habla del libre albedrío y nuestro poder de elección. La fe es escogida, siempre escogemos, nos dice: D-os nos dio la Torá para que podamos escoger.

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Aranza Gleason se define a sí misma como una judía en el exilio. Nació con una raíz divida como su poeta favorita; busca y ama al judaísmo, pero como a los personajes que lee, éste, también se le escapa de las manos como el agua. Para hablar de Torá y mitzvot se basa en textos de rabinos ortodoxos, experiencias personales y clases a las que asistió. En cambio, para hablar de historia y cultura judaica trata de observar todo lo que hay; desde lo más hereje hasta lo más sagrado. Sabe que judaísmo encuentra en todos los rincones de la Tierra y se vive con todos los colores de la luz. Cuando escribe busca compartir y busca encontrarse. Espera profundamente que sus textos sirvan para que una persona descubra algo que le era desconocido y lo disfrute.

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