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Enlace Judío – Dejando a un lado los serios reportes desde la campaña electoral de la debacle cognitiva de Joe Biden o los alegatos y auditorias (aún vigentes y en proceso) sobre el proceso electoral que le dio la victoria bajo muchas dudas sobre Trump, cada día de su presente administración durante los pasados 7 meses han sido un caos sin paralelo: todos horribles, nada buenos y muy malos.

Desde órdenes ejecutivas erradas, falta de comunicados a la nación y la prensa, falta de liderazgo y claridad política, la perdida del liderazgo americano en el mundo, la crisis económica interna, la sensación por parte de los enemigos de EE. UU. y occidente que en la Casa Blanca no hay líder o la militarización de Washington, han dejado en claro que esta administración es la más atípica.

Afganistán… otra vez 

Este país geoestratégicamente importante con una orografía impenetrable que ha sido el fracaso de grandes potencias que van desde Alejandro Magno, los seléucidas, el Imperio británico, la Unión Soviética y en recientes fechas EE. UU. y la coalición internacional de la OTAN allí a partir del inicio de “la guerra contra el terrorismo”, fue ocupado hace 20 años.

Sin duda es un cabo suelto y venenoso de la Guerra Fría, una bomba de tiempo que como si fuera un mago experimentado sigue sacando trucos, así sea el mismo viejo truco de siempre pero altamente eficaz. Los muyahidines, llamados freedom fighters por el mismísimo ídolo republicano conservador Ronald Reagan, fueron financiados por EE. UU. en los 80 para combatir al gobierno pro-Unión Soviética que con golpe de Estado tomó al país.

Bin Laden fue en esa época un aliado de los muyahidines y de EE. UU. Recibían apoyo también de Pakistán y hasta de China. Hollywood no perdió en esa época la oportunidad de “pegarle” a los rusos en la tradicional rusofobia, muy útil recientemente para los demócratas, con el sanguinario Rambo combatiendo lado a lado con los muyahidines en el desierto afgano contra las fuerzas de la “Madre Rusia”.

Pero una vez desbaratada la Unión Soviética, los que tomaron el poder después en los 90 en Afganistán, los talibanes, una escisión de los muyahidines, que habían sido con su radicalismo musulmán y su ley sharia muy útiles contra los soviéticos, ahora eran molestos para Occidente, ya no servían más y menos representaban confianza para cuidar los intereses americanos y occidentales en la región.

Después de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York en septiembre de 2001, la administración de George W. Bush invadió Afganistán pero se temía que usaran Afganistán como base terrorista. Eventualmente se logró sacar a los talibanes del poder y se instaló un gobierno pro-Occidente liderado por Hamid Karzai, que contaba con el apoyo económico, diplomático y militar de los EE. UU. y las potencias europeas que estuvieron por 20 años en el país como fuerzas de la OTAN.

El plan de retirada de la OTAN estaba previsto y la administración Trump abogó para tal efecto. El interés de retirar a los tropas estadounidenses era real, pero la idea no era abandonar a su suerte al estilo Biden a Afganistán y a los aliados europeos, sino proteger al país diplomáticamente y de ser necesario con apoyo militar en apoyo del ejército afgano y las fuerzas de seguridad de este país. Desde 2014 el país gozaba de un gobierno electo democráticamente por primera vez en su historia. 

Así como Donald Trump contuvo a ISIS y Al Qaeda, prácticamente los desbarató y regresó al medievo, la misma fórmula exitosa sería utilizada contra los talibanes si se les ocurría el grandísimo error de cumplir su cometido, retomar el país y con esto retarlo.

Mientras la administración Biden dejó mucho que desear en todo, dejaron a Afganistán, a la región, a los aliados de EE. UU., a Europa, a Israel y a los ciudadanos e intereses estadounidenses a la deriva y expuestos a los terroristas que cantan “Muerte a América” cada 5 minutos en una posición de ventaja para los fundamentalistas islámicos, con la opción de sobornar y chantajear a occidente ahora que se han dado cuenta que en  EE. UU. hay un enorme y catatónico vacío de poder.

El vicepresidente afgano ha creado una fuerza anti-talibán con la intención de combatir a los fundamentalistas islámicos y que según tiene 6,000 soldados, pero a juzgar por la pésima toma de decisiones de EE. UU. y su fallo en política exterior, parece muy claro que los talibanes tienen un pase libre y no se ve por donde las cosas se puedan solucionar realmente.

Biden y los compromisos con otras potencias

Otras potencias con gran beneplácito han preferido a Biden sobre Trump por cosas como estas, al rival más débil y no al más fuerte. Con Trump jamás hubieran tomado Kabul los talibanes, eso ya hasta es dicho por los mismos aliados en la prensa del mismo Biden que no han tenido más opciones que ahora ponerlo en la hoguera mediática por el desastroso y torpe manejo de la retirada estadounidense en Afganistán. 

Las contradicciones son enormes, los voceros del Pentágono y la Casa Blanca no hacen más que meter la pata y dar información contradictoria y confusa. Unos dicen un día que las cosas han salido bien y otros lo contrario. Tan solo el 24 de agosto la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, aseguraba que la retirada de tropas de Afganistán era todo un éxito. 

El Departamento de Defensa no pudo responder en entrevista en Fox News sobre si los talibanes se consideran enemigos para los EE. UU. La crisis en Afganistán fue manejada por un presidente en vacaciones y una vicepresidenta que por 6 días no apareció por ningún lado mientras las imágenes de lo ocurrido llegaron a todos lados.

Las conferencias de prensa de la Casa Blanca han dejado ver la falta de orden y control sobre la situación, Biden ha huido a las preguntas importantes y se ha limitado a leer un teleprompter dejando en claro que no hay objetivo, orden, ideas, política oficial para la zona ni plan de solución para esta crisis excepto suplicarle a los talibanes clemencia. Con esto ha dejado a los radicales islámicos a cargo de todo en ese país con la amplia seguridad que EE. UU. y la OTAN ha sido derrotadas, idea que ha hecho eco en todos los grupos radicales.

El periodista y exoficial de inteligencia Jack Posobiec de Oan News ha asegurado que sus fuentes reportan que “los staffers y equipos de Biden y Harris están en guerra en la Casa Blanca por el fracaso en Afganistán culpándose unos a otros”, situación que inclusive CNN ha notado.

El distanciamiento entre ambas oficinas es evidente. Ya se habla y no en broma sobre la enmienda 25, que habla sobre remover a un presidente en funciones por problemas de salud entre otras cosas. Esto ha provocado que el “rumor” que decía que Biden sólo estaría un año en la Casa Blanca empiece a parecer real y no sea solo rumor. Los medios inclusive han cuestionado las decisiones del expresidente Barack Obama sobre la decisión de haber liberado a líderes talibanes de las prisiones, incluida Guantánamo.

Pero la realidad sobre que Kabul y el país entero sería retomado por el grupo islámico no vienen de información de inteligencia clasificada, sino de los medios comunes incluyendo a diarios liberales como The New York Times, donde desde hace meses se reportaba este escenario. Inclusive el mismo Biden ha asegurado que los reportes de los servicios de inteligencia que recibía aseguraban que este escenario sería real pronto pero que “no creyeron que tan pronto”. Hace tan solo un mes el presidente en una conferencia de prensa aseguraba que “la posibilidad que los talibanes logren tomar y controlar al país (Afganistán) es altamente poco probable”.

En entrevista con el periodista George Stephanopoulos, un exmiembro de la administración Clinton, demócrata conocido y aliado de Biden, no ha podido evitar “rostizarlo” sobre si la retirada de Afganistán “no se podía haber manejado de mejor forma”. Biden respondió que no. Porque mientras penosamente la actual administración trata de vender la retirada de Afganistán como un logro la realidad los ha alcanzado y hasta sus aliados ha tenido que decir la verdad.

Pero esto no es nuevo para Biden. Él era senador durante el desastre en Saigón, fue vicepresidente durante el desastre en Benghazi en Libia, y ahora es presidente en el rotundo fracaso en todos los niveles del gobierno de EE. UU. bajo su mando en la humillación y derrota en Afganistán.

 


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