viernes 21 de junio de 2024
José Galicot con fondo de Tijuana Innovadora

“Todo lo que hice por Tijuana, lo aprendí en Hanoar Hatzioní”: José Galicot

Enlace Judío México e Israel – ¿Qué tienen en común Ben Gurión y Tijuana, los árboles y las fábricas, el sionismo y el compromiso social? Un mismo espíritu encarnado en un hombre excepcional: José Galicot, con quien conversamos en exclusiva.

A veces, para que una luz se encienda, otras tienen que apagarse. Así ocurrió con la mente de José Galicot, empresario, activista y líder comunitario cuando, de visita en un museo, vio cómo los focos que representaban a las comunidades judías de Europa en un mapa, se apagaban con la llegada de los nazis.

Después de llorar, “tomé la decisión, desde entonces, de prender foquitos y, de hecho, he sido Sheliaj en la Hanoar Hatzioni. Hice la comunidad, el ken (nido) de Costa Rica, el ken de Guatemala, la organización juvenil de San Diego, la comunidad de Tijuana, apoyé a la comunidad de Cancún, la de Puerto Vallarta y empecé a (ayudar a) diferentes comunidades pendiendo foquitos.”

Una comunidad judía en Cabo San Lucas

El más reciente de sus “foquitos” es la comunidad de Cabo San Lucas, cuyo génesis nos relata en entrevista exclusiva:
“El director de mi organización allá, judío también, es el cónsul americano en Cabo. Entonces le dije ‘¿por qué no invitas un día a todos los judíos de Cabo a una cena en Shabat?’.”

La convocatoria logró reunir a un grupo de estadounidenses retirados, algunos mexicanos de mediana edad y otros tantos israelíes jóvenes, radicados en la zona.

“Llegamos ahí con mi amigo Jack Winer también y pusimos un letrero en la entrada del hotel. ‘Primer Oneg Shabat de Cabo San Lucas’. Hicimos, con mimeógrafo, algunas canciones y rezos y llegamos a la reunión.”
Sobre el grupo de israelíes, Galicot nos cuenta que “estudian y trabajan después del ejército. Se van a vender una compañía que se llama Diamond Company y viajan a diferentes países.”

Un rabino llevado ex profeso comenzó a rezar para una concurrencia desconectada y apática. “Yo no conozco a nadie, nadie conoce a nadie, cuando (el rabino) se va hacer Netilat Yadaim (lavado de manos) me paro, le pregunto a cada uno de ellos cómo se llama y qué hace.”

El rabino volvió y continuó con los rezos y, mientras eso ocurría, “le pregunto a mi amigo cómo se llama él, él, él y él. Entonces, cuando termina el rezo, me paro y le digo: ‘se ha formado la primera comunidad de Cabo San Lucas por unanimidad. Tú eres el presidente, tú eres el secretario, tú eres el tesorero…”

Pero los israelíes seguían sin entusiasmarse. “Entonces, me paro en el centro y les digo: ‘párense’, y no me hacen caso; ‘párense’. Finalmente digo Amod Dom! (“¡Firmes!”, en Hebreo), vamos a cantar juntos Hatikva. Son soldados. Hatikva. ¡Uf! Se emocionan.”

Juntos entonaron el himno israelí y abrazaron así la idea de formar la comunidad. Al principio, el rabino iba una vez al mes. Ahora, tienen ya un rabino de tiempo completo. Pero eso no es todo:

“La comunidad ha crecido maravillosamente y hay un donatario, un señor americano que regaló una cantidad muy fuerte de millones de dólares. Y el próximo 29 de noviembre inauguramos el templo de Cabo San Lucas, que está precioso.”

Comunidad judía Tijuana y San Diego

Hay apenas unas 120 personas en la incipiente comunidad de Los Cabos, pero Galicot está acostumbrado a ver crecer sus proyectos desde un estado embrionario y alcanzar estaturas magníficas. Así ha ocurrido con sus negocios, con su activismo comunitario y con su ciudad, Tijuana.

“Tijuana es una ciudad a la que llego y tiene 20,000 habitantes. Cuando llegamos, en 1946, acabando la Segunda Guerra Mundial, y San Diego tiene 50 mil habitantes. Hoy Tijuana tiene dos millones y San Diego tres. Yo he crecido con la ciudad, yo he vivido la experiencia de esta zona.”

Y en la conflictiva Tijuana, normalmente identificada con la violencia, la migración y la complejidad propia de un cruce fronterizo crucial, todos saben quién es José Galicot. Lo respetan y lo quieren porque, entre las muchísimas actividades que realiza, se encuentran importantes iniciativas sociales de las que, más adelante, el empresario nos hablará con más detenimiento.

Una huella enorme

La figura de José Galicot es tan fascinante como compleja. Además de ser un empresario exitoso, es conocido por su intenso trabajo social; es un sionista comprometido y, a la vez, un patriota que ama su país; ha escrito más de una decena de libros y muchos artículos; es poeta y tiene su propio día oficial en la localidad de Chula Vista.

Ha obtenido premios como el Emprendedor del año, la Medalla al mérito cívico, el Visionary Award y muchos otros, otorgados por gobiernos y organizaciones en México, Estados Unidos y Europa.

Detrás de su éxito se esconden varios secretos que, a lo largo de la conversación, Galicot irá revelando con la sencillez que lo caracterizan. Historias que lo muestran como un chico apasionado por su origen, al tiempo que un hombre que sabe imaginar el futuro.

“Yo vivía en Tijuana y realmente no había niños judíos. Si quería ver un niño judío, me tenía que ver en el espejo porque no había niños judíos. Entonces llego a (la Ciudad de) México y voy a el colegio Sefaradí, y había muchos niños judíos y me encantó.”

Ese primer momento de consciencia de grupo, de comunidad, marcaría la vida de Galicot y orientaría sus pasos en el futuro.

“Cuando termina mi secundaria, que fue magnífica, me voy a la preparatoria y ya no hay niños judíos y me desespero. Entonces me regreso al Sefaradí y organizo una pequeña tnua, que se llamó Tiferet Tzion. Y había una casa en Insurgentes, en Ingenieros 55; era de la juventud judía, la tomo por asalto.”

Ahí comienza Galicot a escuchar sobre el sionismo “y me empiezo a enamorar del judaísmo, de sionismo, de Ben Gurion, de Yoseph Trumpeldor, de todos los héroes, de las diferentes inmigraciones, de la toma del trabajo y de los kibutzim. Me enamoro y me dedico a estar en la Tnua, y me vuelvo el presidente de la Federación Juvenil Sionista y luego me invitan a ir a Israel, al primer Congreso de la Juventud Judía del mundo.”

Desde el principio, al lado de los más grandes

“Nunca había habido, nunca, un Congreso de la Juventud judía”, narra con énfasis Galicot, que lleva impresos en la memoria los detalles de ese primer e iniciático viaje por la tierra de sus ancestros.

“Entonces, llego a Israel pero me dicen, bajando del barco, ‘en tres horas hablas’. En el camión voy haciendo mi discurso, llego al lugar, mi ropa se queda en el camión, me bajo y había un judío mexicano muy importante, que era un líder —estoy tratando de recordar el apellido…— Y me presento y no me hace caso y entonces me voy a sentar en mi lugar.”

Cansado y ansioso, nervioso, Galicot se apuraba a terminar de escribir el discurso que tenía que dar frente a las juventudes judías organizadas. Y en eso estaba cuando “alguien me abraza por atrás: Golda. Golda me abraza. Más nervioso me puse.”

En la misma mesa se encontraban David Ben Gurion y Moshé Dayan. Galicot había llegado al nido para encontrarse con sus fundadores, para hablar ante ellos y ante quienes, como él, serían los encargados de darle forma a un futuro que hoy ya se puede presumir como un presente próspero.

“Y tengo una suerte loca porque el que habla en primer lugar es un americano, joven. Malísimo para hablar, y dijo tonterías y Ben Gurion se desespera porque la juventud judía se reunía por primera vez en la historia de dos mil años.”

Pero Galicot sabe aprovechar las oportunidades y ya lo sabía desde entonces. “Me toca a mí y (soy un) mexicano rollero. Buen rollo, buen discurso. Se para Ben Gurión, se para Golda y me abrazan.”

De vuelta en el presente, Galicot recuerda de pronto el apellido de aquel judío mexicano con cierto poder que lo había despreciado poco antes.

“Mondlak, se apellidaba el paisano ese, el que tenía un puesto importante allá. Era ministro sin cartera. Y entonces llega la televisión, me están entrevistando, Mondlak llega y me abraza, no me había hecho caso” hasta ese momento pero hay luces cuyo brillo es difícil de ignorar.

En ese momento de la vida “yo no hablo hebreo, toda mi ropa está en un camión, mi dinero (también) y no se dónde estoy. Entonces, en cuanto puedo, me deshago de la gente, voy corriendo al camión y hay cola para subir. Me voy a subir por una ventana y una señora viene, me toma del brazo y me dice: ‘tú hablas muy bien, pero no actúas bien’.”

La vida en Israel

Con el tiempo, Galicot no solo aprendería a actuar tan bien como hablaba sino que se convertiría en un referente para el sionismo, para las comunidades organizadas y para esa Tijuana a la que volvería más tarde.

Pero para llegar ahí tendría que pasar varios meses en Israel, vivir la vida de los Kibutzim y vivir experiencias diversas, como ser atendido por un mal mesero que, a la vez, era el comandante del Comando del Sur del Ejército, o jugar una buena partida de ajedrez contra un rival desconocido y luego enterarse de que se trata de un gran maestro y perder por los nervios.

“Israel me impactó mucho, me enamoré de Israel, hice poesía y versos, libros y cosas sobre Israel”, pero había que volver a México y Galicot lo hizo para convertirse en el presidente en América Latina de la Hanoar Hatzioni.

Y si no volvió a Israel para quedarse fue porque su padre enfermó y él tuvo que comenzar a trabajar. También se casó con “una lideresa importantísima. Todavía hoy mi esposa es la líder de la WIZO, ha sido fundamental para que haya judaísmo en esta zona. Se llama Ana Raquel Galicot, le dicen Hanche. Es muy conocida y muy bien amada y sigue trabajando.”

Crear comunidad

Emprender y triunfar en los negocios no solo impidió que Galicot le dedicara tiempo a su gran pasión comunitaria, sino que le dio más recursos para seguirla. Comenzó con el Ken, el nido que atraería a los jóvenes y que le daría cohesión y futuro a su comunidad. Sobre el uso de esa palabra, explica:

“Es que nosotros, cuando estaba yo en la Hanoar, le llamamos a la casa Ken. Nido. Aquí empezamos con eso en Tijuana. El grupo emigró a San Diego y se llama Ken Jewish Community. Pero es muy poderosa. Es el centro de la comunidad. Mucha gente está viniendo de México, que quiere salir del centro, de la ciudad. Están llegando a San Diego y encuentran que sus hijos se acomodan en el Ken y tenemos una escuela judía también magnífica y estamos estrenando un nuevo teatro y muy bien. O sea, una comunidad muy fuerte, creciente y muy judía.”

Y quizá porque José Galicot jamás envejeció, o por que el hecho de envejecer biológicamente nunca perturbó su espíritu joven, siempre pone en este grupo su energía, sus expectativas y su pasión.

Como le ocurrió a él mismo, su comunidad manda a sus jóvenes a Israel, a aprender y apasionarse por su identidad, por el judaísmo y por el sionismo que, desde la diáspora, da apoyo y sustento a un Israel joven y en constante proceso de transformación.

“Tenemos 21 muchachos de aquí, en este momento, en el seminario de guías, que se llama Al Majon Lemadrijei jutz laaretz. Es una fuerza y los jóvenes lo entienden claro.”

Afincar identidad

Pero también en San Diego los jóvenes encuentran motivos para afincar su identidad y fortalecer sus vínculos comunitarios:

“Hicimos un equipo de fútbol americano en la región y nuestros jóvenes están grandotes y fuertes. Hemos hecho una buena juventud y llevamos ganados seis juegos seguidos. No hemos perdido ninguno.”

Se trata de los Leones Judíos, un equipo que cuenta entre sus filas al nieto de Galicot. “Le pregunto a mi nieto: ‘¿por qué juegas futbol americano y no futbol soccer? Por qué con este tipo de paisanos?’. Dice: ‘porque me siento judío. Porque nos respetan. Somos buenos’.”

Al momento de realizarse la entrevista, los Leones están a dos juegos de obtener el campeonato de San Diego, y Galicot está visiblemente orgulloso con el esfuerzo colectivo.

“Y entonces hemos creado una relación binacional, ecológica y nosotros la lideramos. Americanos y mexicanos acuden (…). Estamos metidos en la ecología y estamos sembrando árboles. Estamos trabajando con niños. Todo esto lo aprendí en la Hanoar Hatzioni.

Un récord mundial y una ciudad violenta

Como nos ha dicho antes, Galicot y Tijuana se vieron crecer mutuamente. Hoy, la conflictiva urbe tiene en su hijo pródigo a un benefactor. Su organización Tijuana Innovadora es responsable de proyectos inspiradores que le han valido a Galicot el respeto y la admiración de toda la ciudad.

“Esta organización está basada en los conceptos de las organizaciones juveniles (sionistas). Es el mismo sistema y hoy manejamos diferentes cosas importantísimas y trabajamos mucho con los niños”, nos comparte.

“Trabajamos muchísimo con los presos jóvenes, tenemos casas en el barrio más peligroso en Tijuana. Este barrio es un barrio de narcos y los niños a los 12 años se van a trabajar en ese negocio. Entonces, hice una casa ahí y la hicimos blanca, en un barrio de esos. ¿Cómo crees que está? ¿De qué color crees que está? ¿Te imaginas, en ese barrio?”

Blanca. Así está la casa. Así se mantiene porque a Galicot se le respeta en esa tierra agreste que lo mismo ha exportado importantísimas expresiones de la cultura fronteriza que visto encumbrarse a poderosos líderes de la mafia. “Nadie la toca”, dice, y no con jactancia, porque no estamos hablando de un temido criminal sino de un respetado hombre de negocios, activista y filántropo.

“Damos clases a los niños y educamos a los niños, les damos talleres y de un barrio donde (normalmente los jóvenes) no van a la universidad, tengo 90 niños que están entre prepa y universidad. Tengo muchos éxitos ahí.”

Y de estos éxitos habla más Galicot que de sus éxitos empresariales, que comenzaron muchos años atrás, cuando usó todos los ahorros que tenía con su esposa para comprar una pequeña fábrica de chamarras que, en un año, le dio sus primeros 100,000 dólares.

El hecho de que sus triunfos sociales le provoquen más orgullo que haber ganado mucho dinero habla nítidamente de la clase de hombre con quien conversamos este día, a finales de octubre.

“Como por ejemplo, de 100 jóvenes delincuentes —Cuando tú oyes que hay un joven delincuente piensas que es un muchachito que se portó mal. No: son asesinos, son gente que ha matado—, vamos con ellos y les lavamos el cerebro. Les explicamos, trabajamos con ellos, pero cuando salen de la cárcel van a ir al barrio y van a volver a lo mismo.”

Para evitarlo, hay que ser creativo. “Entonces, hemos creado dos negocios: tenemos food trucks, les damos clases de cocina de gran calidad y ya trabajan en ese negocio. Y luego obtenemos un taller que me donó alguien que estuvo conmigo en la prepa, en el mismo salón y en una silla vecina: Carlos Slim.”

Sobre este trabajo, Galicot cierra con un dato contundente: “De los cien niños o 100 jóvenes criminales, te puedo decir que tenemos un récord. Ninguno ha regresado a delinquir, ni uno, solamente dos volvieron a usar droga. Es un récord mundial.”

Y lo que está por venir

A José Galicot no lo detiene nadie. Sus sueños parecen ser más grandes que sus éxitos, receta de la eterna juventud propuesta por Shimon Peres.

Uno de ellos es organizar una convención nacional de pequeñas comunidades judías. Otro es ya casi una realidad: “Estamos haciendo ahorita un jardín del recuerdo para la gente que murió en la pandemia. Jack Winer, el que recién murió, era escultor y me quedé con muchas obras y las estoy poniendo en el parque. Esto lo viene a inaugurar Ebrard en noviembre.”

Sembrar árboles en México y en San Diego, como los que ha sembrado Israel desde que comenzó su era moderna, es solo una de las ideas que el sionismo ha implantado en la mente joven de José Galicot. El rescate de los ríos y el involucramiento de los niños en actividades ecológicas y sociales son otros aspectos de su activismo inagotable.

Al narco no le teme. “Te puedo decir con mucho cariño: yo he vivido en Tijuana toda la vida y me tienen enorme respeto. Todo el mundo me conoce y tengo, tenemos una credibilidad de que hacemos el bien, de que hacemos Tukun Olam y somos un equipo muy grande y muy poderoso con grupos de voluntarios y vamos muy bien.”

Habla con orgullo de Tijuana. Resalta su tremenda actividad industrial, que exporta 200 millones de dólares al día a todo el mundo, y que es responsable, entre otras cosas, de la producción de válvulas cardiacas y otros equipos médicos.

Un activista incansable

Se necesitarían horas para que Galicot nos contara todo lo que ha hecho en esta frontera, todas las vidas que ha transformado y todos los proyectos que ha impulsado, como el museo “homeless” que lleva a las cárceles y a las fábricas para acercar el arte a la gente, o los múltiples proyectos de reinserción social y de emprendimiento con que ha logrado que hombres y mujeres jóvenes pongan en alto el nombre de Tijuana.

Antes de despedirse, Galicot se permite aconsejar a quienes deseen emprender un negocio: “yo tengo una tesis. Yo tengo dos pequeños granitos, semillas”, dice mientras muestra las palmas de sus manos. “Una es poco tiempo y aquí poco dinero.”

En un mundo lleno de oportunidades y retos, “lo único que tengo que pensar es dónde aplico inteligentemente mi tiempo y dinero, porque tengo poco y tengo muchos campos donde sembrar.”

También se permite opinar sobre lo que México necesita: “que la gente estudie.” Y pone como ejemplo a las familias judías, que reúnen todos sus recursos para enviar a sus hijos a las universidades.

“De todos los premios Nobel que ha habido, un 30 por ciento son judíos. Este año, tres. En un mundo que somos 18, 17 millones…”, no es, para nada, poca cosa.

Gracias a José Galicot, muchos nuevos focos se han encendido por aquí y por allá. Cada uno representa un nuevo nido, un nuevo conjunto de familias comprometidas con su identidad, con su judaísmo, con su comunidad. Él hará lo posible porque nuevas luces se enciendan. Hay personas saben ser luz para el mundo.

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