Enlace Judío – Uno de los pasajes más complejos y fuertes que encontramos en el Génesis es el que nos cuenta la historia de Yehudá y Tamar. Parece un relato centrado en el problema de la sucesión patriarcal, porque todo se resuelve con el nacimiento de Fares y Zara. Pero no. Hay mucho más allí, y tiene que ver con el concepto judío de redención mesiánica y de violencia de género.

La historia es bien conocida: Judá se casa con una cananea y tiene dos hijos: Er y Onán. Luego, toma esposa para Er, si bien no se nos especifica su origen. Sólo se nos dice que se llamaba Tamar.

Génesis 38:7 nos reporta que Er fue “malo ante los ojos del Señor”, y por ello perdió la vida. Conforme a las prácticas del levirato, Tamar entonces fue dada como esposa a Onán, pero este no quiso embarazarla porque, según su razonamiento, la descendencia no sería suya, sino de su hermano muerto Er. Por causa de ello, Onán también murió a causa del juicio divino.

Había un tercer hijo de Yehudá: Sela. Por ley, este tendría que haberse casado con Tamar. Pero Génesis 38:11 nos dice que Yehudá tenía miedo de que Sela también muriera, y por ello le pidió a Tamar que se quedara en casa de su padre hasta que el joven creciera, y entonces se realizaría la boda.

Pero aquí ya hay una trampa: es evidente que Yehudá no quería llegar a ese punto, para evitar poner a Sela en riesgo de muerte. De eso podemos hacer una primera inferencia de algo que no está escrito en el texto, pero se vuelve evidente: Sela no era precisamente una buena persona, y por eso Yehudá sabía que su vida también estaría en riesgo.

Luego se nos cuenta que Yehudá enviudó, y que Tamar decidió tomar la iniciativa viendo que no era entregada como esposa a Sela. Génesis 38:14 nos dice que, sabiendo que Yehudá iría a la trasquila de ovejas, Tamar “se quitó los vestidos de su viudez, se cubrió con un velo, y se arrebozó, y se puso a la entrada de Enaim junto al camino de Timnat…”.

¿Qué sucede entonces? Que Yehudá la confunde con una prostituta, y solicita sus servicios sexuales. Tamar acepta, y la negociación referida en los versículos 38:17-19 fue que acordaron que el pago sería un cabrito, pero que mientras tanto el patriarca hebreo dejaría como prendas su sello, su cordón y su báculo.

Al día siguiente, Yehudá envió el cabrito con la instrucción de dárselo a la prostituta que se ponía en la entrada de Enaim, pero le contestaron que allí no había ninguna. Por ello, no tuvo más que resignarse que su sello, su cordón y su báculo se le quedaban a la prostituta.

Tamar quedó encinta, y cuando se le notificó a Yehudá, este consideró que había incurrido en adulterio y que, por lo tanto, tenía que ser quemada (Génesis 38:24). Pero ella, al ser llevada a su ejecución, mostró el sello, el cordón y el báculo, diciendo que el padre de su hijo era el dueño de esas prendas.

Yehudá entiende lo que ha sucedido, y sentencia: “Más justa es ella que yo, por cuanto no la he dado a Sela mi hijo” (Génesis 38:26).

Y así se resuelve el problema: Tamar da a luz gemelos (Génesis 38:27-29), y los relatos bíblicos posteriores nos indican que el rey David —es decir, la cabeza del linaje mesiánico— es descendiente de uno de ellos: Fares.

Aquí hay mucha tela que cortar, porque es un relato que pone frente a nosotros una serie de huecos narrativos que, en realidad, son muy fáciles de rellenar. Es decir, hay deducciones obvias que le dan un matiz muy fuerte a la historia, y que nos obligan a hacer varias reflexiones.

La primera deducción es que Tamar, consciente y voluntariamente, se vistió y se comportó como prostituta. Por ello, la confusión de Yehudá fue inmediata, y cuando este le solicitó sus servicios sexuales, Tamar no hizo ningún esfuerzo por aclarar la situación. Simplemente aceptó, sabiendo además que por sus propios ritmos biológicos, era casi seguro que quedaría encinta.

En pocas palabras, Tamar se prostituyó. Sí, lo hizo para ponerle una trampa a su suegro, pero objetivamente hablando, se prostituyó.

Pero de ello surgen otras dos deducciones, igualmente obvias. La primera es que sabía que Yehudá caería en su trampa. Eso significa que Tamar conocía las debilidades de Yehudá que, siendo viudo, muy probablemente tenía fama como cliente de prostitutas. Por eso su conducta es tan natural: no tiene pensado acostarse con una prostituta, y por eso no trae con qué pagar el servicio. Pero ve a la prostituta —en realidad, su nuera—, y de inmediato va a solicitar sus servicios.

Cliente frecuente, le diríamos hoy en día.

Hay una segunda deducción todavía más fuerte, y surge de la pregunta ¿por qué se prostituyó Tamar? Sencillo: porque su propio suegro, al ser injusto con ella, la obligó a eso.

Y aquí empieza la cascada de inferencias que podríamos definir como brutales.

Lo que tenemos aquí es un retrato de eso que hoy llamamos violencia de género. Es decir, de cómo los hábitos de una persona, en el marco de todo un contexto cultural, son los que obligan a que una mujer —sinécdoque de todas las mujeres— se vea forzada a incurrir en la prostitución.

Deducción obligada: la prostituta es, por definición, una víctima de las digresiones sociales.

El asunto es todavía más interesante cuando vemos cómo se resuelve el juicio contra Tamar: su suegro, exhibido y avergonzado, admite: “más justa es ella que yo”.

Deducción obligada: la prostituta es más justa que el cliente.

Yehudá, un viejo de cascos fáciles confiado en que por su condición de patriarca nadie le va a reclamar su gusto por las prostitutas, termina por admitir que la “conducta inmoral” de su nuera es, en realidad, su propia culpa como cabeza de familia. Que es él quien ha provocado todo esto, y con ello abre la puerta para que entendamos que es la sociedad en general, y somos los hombres (varones) en particular, los que hemos provocado las condiciones para que exista la prostitución.

Y sentencia: la justa es ella, la que se vio obligada a prostituirse; el culpable soy yo, el que por mi inconciencia social, la obligué a ello.

Es una lección social de proporciones mayúsculas, sorprendente para un texto tan antiguo.

Y el asunto no acaba allí: de ese acto extremo y radical, inmoral en lo externo, pero que provoca el arrepentimiento y corrección del único culpable —el patriarca Yehudá— nace el heredero de la bendición dada primero a Abraham, y luego transmitida a Itzjak y a Yaacov, y de donde vendrá el mesías. Y con él, la redención de Israel.

¿Qué nos dice eso?

Deducción obligada: que la redención del ser humano sólo es posible si como sociedad en general, y como hombres (varones) en particular, somos capaces de entender que los culpables de que exista ese drama llamado prostitución, somos nosotros.

Y que no sólo se trata de reconocerlo, sino además de corregirlo, lo cual pasa por la reivindicación plena de quienes han sido las víctimas a lo largo de toda la historia.

Las mujeres, en general.

Las prostitutas, en particular.

En el fondo de todo, se trata de sanar a toda la sociedad. La prostitución es un fenómeno multifactorial en el que convergen muchos y muy diversos dramas sociales, familiares e individuales. Corregir y reivindicar no es algo que se resuelva por decreto, o con golpes de pecho. Es algo que requiere de decisiones que van más allá de lo que pueda hacer un solo individuo; obligan a una participación activa de toda la sociedad, para generar el entorno adecuado para que ninguna mujer tenga que llegar a ese extremo de vender su propio cuerpo sólo porque a su alrededor hay una sociedad que no le da opciones.

En pocas palabras, se trata de hacer justicia a las mujeres.

O, en general, a todos los sectores vulnerables de la sociedad (porque, como bien sabemos, la prostitución no es algo que las afecte exclusivamente a ellas).

Sin ello, no podemos aspirar a la redención plena.

Tal y como nos lo muestra este perturbador pasaje bíblico, la promesa del mesías sólo se hace real, tangible, factible, cuando un patriarca hebreo de la antigüedad tiene el coraje de decir “más justa es ella que yo”, para luego corregir su propia conducta (lo cual se refleja en la expresión “y nunca más la conoció”, en Génesis 38:26).

Sólo así podemos seguir hacia adelante: levantándonos todos, entre todos.

Nadie debe quedarse relegado, y menos por nuestros juicios moralinos fáciles y automáticos.

A fin de cuentas, todos somos hijos de un mismo D-os.


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