Hace unos días el pueblo judío celebró Tishá B’Av, el noveno día del mes hebreo de Av, en el cual se observa luto por la destrucción del Beit Hamikdash, el Templo de Jerusalén, en manos de los romanos en el 70 EC y el exilio de la Tierra de Israel.

MICHELE MIGLIORI

La destrucción del Templo es una de las más grandes tragedias del pueblo judío, y cada año en Tisha B’Av es costumbre abstenerse de comer, beber, bañarse y usar calzado de cuero, para recordar el templo, su destrucción, y las terribles consecuencias de este hecho.

En el exilio de la Tierra de Israel, el pueblo judío ha creado por siglos miles de pequeños Templos: las sinagogas. En estas, los feligreses rezan mirando al Aron HaKodesh, el armario sagrado que contiene los rollos de la Torá, que a su vez se encuentra siempre en la pared que da hacia Jerusalén. No importa en dónde se encuentre la sinagoga: el rezo siempre será hacia Jerusalén, y en las sinagogas de Jerusalén, el rezo siempre será hacia el Muro Occidental, el último vestigio de lo que fue el Beit Hamikdash.

La relación entre los judíos y el Templo es algo íntimo, casi incomprensible para los que no pertenecen a este grupo. Como tan íntima y personal fue la relación entre aquellos inmigrantes judíos que llegaron a la Argentina a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y sus sinagogas. Una vez que llegaron a esta tierra lejana, en las áreas urbanas los judíos se unieron en pequeñas comunidades, con el objetivo de recolectar fondos para la construcción de sus templos.

Y así, nacieron majestuosos edificios como los que se pueden encontrar en Buenos Aires en las calles Libertad, Paso, Brandsen, etc., así como pequeñas y humildes casas de rezo y estudio. Así nacieron cientos de pequeños “Beit Hamikdash”, que reflejaban el número y poder adquisitivo de cada congregación judía.

Unos días antes de Tishá B’Av, el periódico La Voz, publicó un artículo en el cual daba a conocer que una sinagoga histórica de Córdoba fue demolida por la municipalidad, dejando debajo de los escombros algunas piezas sagradas. La sinagoga fue expropiada por la misma municipalidad hace más de un año, y su demolición se debe a la necesidad de esta de ensanchar una avenida local.

El hecho de que objetos sagrados se encontraran entre los escombros creó indignación en parte de la comunidad judía cordobés, mientras que otros, los que hubieran tenido que ejercer su responsabilidad de proteger al edificio de este hecho, definieron al mismo como una “pequeña desinteligencia entre la empresa que hizo la destrucción”, según reporta el periódico La Voz.

Argentina está atravesando un periodo delicado. La crisis económica golpea a todos los sectores del país, y en situaciones como ésta, la cultura y el patrimonio son las últimas prioridades de cualquier gobierno, sea nacional o municipal. Pero, nunca se debería llegar a la deliberada destrucción del patrimonio cultural.

Argentina es un país construido por inmigrantes, y el patrimonio de cualquier colectividad nacional es patrimonio de toda la nación. El hecho de ser testigos de que los bisnietos destruyan lo que los bisabuelos construyeron tras mil dificultades, hace reflejo del estado en el que vive esta nación. ¿Qué futuro nos espera, si en el silencio de todos, para ensanchar una calle, una municipalidad destruye un templo? ¿Y cómo puede ser que los representantes locales de DAIA justifiquen un acto tan ignominioso como una “desinteligencia”?

Mientras que, en la Argentina que recibió y salvó la vida de miles de inmigrantes judíos, las instituciones expropian y derrumban una sinagoga histórica; en Europa, desde donde los mismos refugiados huyeron por las masacres, docenas de sinagogas son restauradas y conservadas cada año.

Basta acceder al portal en inglés Jewish Heritage Europe para tener un ejemplo de esta práctica. Solamente en los últimos dos meses se han restaurado, o se están restaurando, sinagogas en Vitebsk (Bielorrusia), Barczewo y Lesko (Polonia), Čekiškė y Kurkliai (Lituania), Senta (Serbia), y Constanța (Romania). Y son, sobre todo, las municipalidades quienes buscan financiamiento para que estos edificios vuelvan a la vida, siendo centros de interés cultural y turístico inestimables.

Imágenes de sinagogas destruidas como la de Córdoba las hemos visto solamente en blanco y negro, en el contexto de una Europa en guerra, o, en tiempos más recientes, por las guerras en Siria e Irak, donde sinagogas centenarias han sido destruidas por las bombas, o el odio de los terroristas del ISIS.

En Tishá B’Av se lleva el dolor por la destrucción del Templo en mano de los romanos hace 1952 años. Quizás haya llegado la hora de que alcemos la voz para que ninguna otra sinagoga sea derrumbada, mucho menos en manos de los que deberían tutelar por su memoria y permanencia.

 

*El autor es un estudiante de doctorado en la Universidad Bar-Ilan, en Israel. Su trabajo se enfoca en el estudio y documentación de las sinagogas en la Argentina rural, y su relación artística y arquitectónica con las sinagogas europeas. 


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