En el año 1571, se había establecido la inquisición en México, con el objetivo de vigilar la observancia de la fe católica, la cual juzgó a más de 1,500 acusados de judaizantes. En 1820, al restablecerse en España la Constitución de Cádiz, se decretó el cierre del Tribunal de la inquisicion.

Un observador de los hechos, Manuel Tell, entonces de diez y siete años, y testigo de aquella escena, describió cómo fueron esos momentos en la Ciudad de México:

“Eran las diez de la mañana del 10 de junio de 1820, una tropa compuesta por setenta hombres y dos cañones, al mando del Capitán Pedro Llop, atravesaron la Plaza de la Constitución, siguiendo por las calles de Santo Domingo, y se detuvieron en las puertas del Tribunal de la Inquisición (hoy Palacio de Medicina, en la Plaza de Santo Domingo).

 

 

El notario leyó la orden que mandaba a clausurar la Inquisición, y la pegó en la puerta del edificio, que hasta entonces había ocupado el Tribunal de la Inquisición.

Entonces, el Capitán Llop se acercó a la puerta, y toco tres veces con el puño de su espada, pero el silencio era completo. De repente, el Capitán, que por cierto era portugués, y descendientes de cripto-judíos, lleno de cólera e impaciencia, gritó con voz fuerte:

‘¡No abren! ¡Balas a ellos!’

Y como si sus palabras fueran mágicas, las pesadas puertas del Tribunal de la Inquisición se abrieron, y dieron entrada a los soldados y al notario.

Una vez que todos estuvieron en el patio, de nuevo gritó el Capitán Llop:

‘¡Vengan acá ustedes canallas, que les voy hacer cenizas el alma!’

Al instante se juntaron el carcelero, el conserje, y hasta el cocinero de la Inquisición:

‘Señor, estamos a sus órdenes’ dijo uno de ellos.

‘Vamos hacia la oficina de los inquisidores’, dijo el Capitán.

Al oír los gritos y el enojo del Capitán, los inquisidores, que estaban celebrando en esos momentos un tribunal pleno, se escaparon por la azotea del edificio, subiendo por una escalera de caracol que había en la esquina.

Solamente el Inquisidor Casiano de Chavarri, no pudo escapar, porque estaba enfermo de reuma. El Capitán, dirigiéndose a él le dijo: “¿Qué hace usted ahí? ¡Le voy a hacer cenizas el alma!”, y dirigiéndose al sargento, agregó: ‘Si este hombre se mueve, ¡balazo a él!’

Los presos de la Inquisición

Cuando llegó al Patio de los Naranjos, donde estaban las cárceles, el capitán ordenó al carcelero que procediera a abrir los calabozos. Entonces vio salir de aquel calabozo, a un hombre de estatura gigantesca. Era el judío Rafael Crisanto Gil Rodríguez, alias el guatemalteco, que tenía 91 años y llevaba 33 años encerrado en ese calabozo. Era descendiente de los judíos que habían sido expulsados de Portugal. Estaba acusado formalmente de ser un hereje, apóstata, judaizante circuncidado, y encubridor de herejes.

Cuando había salido hacia la hoguera, en el auto de fe del 9 de agosto de 1795, tenía 66 años y llevaba ocho en la cárcel.

Debía haber sido quemado esa mañana, pero pidió misericordia y se le conmutó esa sentencia por dos años de cárcel, y a ser enviado a España. Se desconoce qué fue lo que paso después, y por qué, todavía en 1820, aún seguía preso en las cárceles de la Inquisición de México.

Enseguida se abrió otro calabozo, y salió el presidiario Soria, hecho un esqueleto, con una larga barba que le cubría el pecho. Su delito era haber hablado en favor de la Independencia.

Posteriormente, escuchamos lastimosas quejas en otro calabozo y al abrirlo, un cuadro horrible se presentó a nuestra vista. Estaba allí un anciano esquelético, totalmente desnudo. Tenía los pies y las manos esposados entre argollas fijas en una cruz de madera y llevaba 30 años de prisión.

El Capitán le quito las ropas al conserje para cubrir a aquel mártir. Los presos en total fueron treinta y nueve, y preguntaban con miedo, creyendo que venían por ellos para quemarlos en la hoguera:

‘¿Qué es lo que va a suceder con nosotros?’

El Capitán les contesto: “Nada… Están en libertad. Se ha jurado la Constitución…y en virtud de esto, se acabó este maldito Tribunal”.

Posteriormente, los presos fueron conducidos ante el Virrey Don Juan Ruiz de Apodaca, quien les otorgó dinero, ya que después de estar tanto tiempo presos en los calabozos de la Inquisición, se habían quedado solos en el mundo.

Sin embargo, al salir del palacio del Virrey, se quedaron parados en las cuatro esquinas, pues no tenían a dónde ir.

La noticia de la clausura del Tribunal se había comunicado por todo México.

De esa manera, luego de haber permanecido durante 250 años, se acabó la inquisición en México.

“Ken yobedú kol oyveja Israel”
“De la misma manera, que desaparezcan todos los enemigos de Israel”.

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