¿Cuándo tocará fondo Vladimir Putin, el tirano ruso? No lo sabemos, pero es un hecho que la muerte de Yevgeny Prigozhin, ocurrida ayer en un “accidente” de avión, es acaso el giro después del cual no hay retorno. Y eso no es buena noticia para Putin.

La noticia tomó por sorpresa a todos: un accidente aéreo se cobró la vida de Yevgeny Prigozhin, dueño del negocio de mercenarios conocido como Milicia Wagner. Junto a él viajaban todos los altos mandos del grupo; ninguno sobrevivió.

¿Accidente? Imposible. Las imágenes que se han filtrado del avión cayendo muestran que no se trata de un avión cuyos motores fallaron, sino de uno que ha sido derribado por el impacto de un misil.

Pero más que eso, lo que se impone es la lógica: Rusia es el país en el que los enemigos del presidente Putin mueren en accidentes de lo más singulares. Acuchillados, se caen por la ventana de algún departamento ubicado más arriba del piso diez, o —nueva modalidad— en accidentes de avión. Ah, claro, también están los enfermos. Recién la semana pasada murió, después de una larga y penosa enfermedad, Gennady Zhidko, el general que estuvo originalmente al frente de la invasión a Ucrania en febrero de 2022.

Para la gran mayoría de los analistas era obvio que Prigozhin estaba en la lista de la muerte. Hace apenas dos meses cometió el atrevimiento de sublevarse contra Putin, e intentó dar un golpe de estado. El arranque de su marcha hacia Moscú fue intempestivo, impactante, ominoso. Muchos, en ese momento, señalamos lo que se ha confirmado: que con ello se revelaba la fragilidad y debilidad de Putin. Señalamos también que no había ninguna garantía de que Prigozhin pudiese tener éxito en su intentona, pero fue muy claro que la forma en la que negoció la desescalada fue un error. Seguro lo recuerdas: de pronto, simplemente se hizo el anuncio de que las milicias Wagner se replegarían, con lo que el pellejo de Putin quedaba a salvo.

¿Qué fue lo que pasó? Evidentemente, en ese momento ni Putin ni Prigozhin se sintieron con los recursos para salir victoriosos. El conflicto entre ambos era un albur, y podía pasar cualquier cosa. Declararon entonces el empate, y el mercenario se replegó hacia su zona de confort mientras el tirano se escondía de nuevo en el Kremlin. Un mes más tarde, Prigozhin se reubicó en Bielorrusia, en una situación pretendidamente controlada y segura.

Ahí estuvo el error que le costó la vida: empatar con Putin en el momento crítico no debía entenderse como empatar con Putin en todo momento. Es obvio que, pasada la crisis, la ventaja era para Putin. Estará débil, su guerra en Ucrania será un fracaso, y su economía estará colapsando, pero no deja de ser la cabeza de un estado que todavía tiene muchos recursos políticos. Prigozhin sólo era un líder de mercenarios.

Así que la lógica se tenía que imponer, las cosas tenían que caer por su propio peso. Después de conjurar el golpe de estado, Prigozhin no volvería a tener chances contra Putin; el presidente ruso, en cambio, sólo tenía que esperar.

Y valió la pena: en un mismo avión se subieron todos los líderes del grupo mercenario que lo retó delante de todo el mundo. Derribaron el avión. Mataron a todos.

Craso error. Ahora, hay tres cosas que se le van a complicar muchísimo a Putin.

El primer problema es que, definitivamente, ya no cuenta con las milicias Wagner. La ruptura es total. ¿Y por qué eso es un problema? Porque Wagner era la única tropa que podía ofrecer resultados medianamente potables en Ucrania. Después del empuje inicial que permitió a Rusia ocupar el Donbas hace un poco más de un año, todo han sido derrotas. Se evidenció que el ejército ruso es inoperante, anticuado e inepto. Sus generales, una estafa. Su armamento, una farsa. Tienen misiles para vengarse cometiendo crímenes de guerra al dispararlos contra edificios en zonas civiles, pero en el campo de batalla, la ventaja logística es de Ucrania.

Por eso Wagner era tan importante en el esquema estratégico. Eran los únicos que medio podían dar batalla en serio. Ahora, Putin los ha perdido. Difícilmente los combatientes que siguen vivos aceptarán pasar a formar parte del ejército regular ruso. No estaban en pie de guerra por amor a la patria, sino por dinero. Vamos, que son mercenarios. Y Moscú no tiene presupuesto para pagarles lo que les ofrecía Prigozhin. Además, incluso en el caso extremo de que sigan luchando a favor de Rusia, estarán bajo el mando de los torpes generales rusos que sólo van de fallo en fallo y que, por lo mismo, de cuando en cuando son eliminados por Putin por medio de “extrañas enfermedades”, o lanzamientos desde un catorceavo piso.

Zelensky seguro ha tomado nota de todo esto. Ahí está el segundo error de Putin. Justo durante el último mes, muchas voces internacionales supuestamente “moderadas” trataron de impulsar el proyecto de un arreglo entre Ucrania y Rusia. Un tratado de paz basado en el armisticio definitivo, a cambio de que las zonas ocupadas por Rusia en el Donbas pasen a ser parte de esa nación.

Semejante propuesta era un sinsentido total. En términos finales, le daba la victoria a Rusia. Eso, moralmente, es injustificable. Rusia inició toda la agresión nada más porque quiso. No merece absolutamente nada. Pero, además, va perdiendo. Ucrania —lenta pero segura— los está obligando a replegarse en todo el frente. Si la velocidad de la contraofensiva ucraniana es tortugesca, no es por falta de recursos, sino por mera estrategia: mientras más se demore el final de esta guerra, mayores daños provocarán en la ahora sí fastidiada economía rusa (miren el precio del rublo), y con ello imposibilitarán a Moscú para que vuelva a intentar una futura campaña militar contra cualquier país.

¿Por qué habría de sentarse Zelensky a negociar y darle a Rusia algo qué ganar, cuando todas las cartas juegan a favor de Ucrania? A mediano plazo, lo único que se espera para Rusia es su derrota, y luego el desastre al tener que pagar las indemnizaciones de guerra.

Obviamente, quienes estaban proponiendo una negociación con tantas ventajas para Rusia, eran los políticos (generalmente europeos) pro-rusos.

Con la eliminación de Prigozhin, Putin ha fastidiado todos estos esfuerzos de sus simpatizantes. ¿Cómo le explicas a Zelensky que puede confiar en Putin, que puede firmar la paz con él, llevar la fiesta tranquila, y que cada uno se regrese a su casa? Es obvio que Putin es una bestia rencorosa, y tratará de eliminar a Zelensky a la primera oportunidad. Lo único que necesita es que las cosas se calmen un poco para que pueda organizar y asestar el golpe.

Putin ha demostrado que es alguien con quien no se puede ni se debe negociar. Y no es que no se supiera, pero despistados hay en todos lados, y por eso había quienes querían convencer a Ucrania de concederla algo a Rusia.

Con este episodio, sus argumentos han quedado enterrados. Zelensky lo sabe de sobra, y ahora es cuando menos necesidad tiene de conceder absolutamente nada. Toda la lógica del conflicto gira a su favor.

Lo grave para Putin —y este es el tercer error— es que no nada más Zelensky lo entiende, sino que es lógico suponer que ningún general ruso, ningún cercano a Putin, tiene dudas ahora.

¿Dudas de qué? De que Putin puede traicionar y matar a cualquiera en cualquier momento.

Prigozhin no era cualquier hijo de vecino en el Kremlin. Sí, hubo una época en la que fue un vendedor de hotdogs, pero su amistad con Putin —forjada cuando fue su chef— lo llevó a convertirse en un notable empresario, una pieza fundamental de la oligarquía moscovita. Su ascenso al verdadero podr vino con sus milicias Wagner. De ser un traficante de salchichas con mostaza pasó a ser el guerrero consentido de Putin, el de más confianza, el más cercano.

Y, aun así, Putin lo mandó a matar.

¿Quién está a salvo, entonces? Nadie.

Ahorita lo que debe imperar en Rusia es el miedo. Nadie va a cuestionar a Putin. En lo inmediato, dudo que vayan a darse reacciones estrambóticas.

Pero lo inmediato se termina, y cuando algún general ruso simplemente decida que no va a vivir con el pánico de que en cualquier momento pueda ser la siguiente víctima de la purga, organizará una nueva sublevación sabiendo que el asunto es matar o morir. Que no vale negociar con Putin. Que no se le puede tener un gramo de confianza.

¿Cuántas sublevaciones podrá resistir el tirano ruso? No sabemos. Pero una cosa es clara: todas serán intentos por llegar hasta las últimas consecuencias.

Después de eliminar a Prigozhin, Putin no tiene más amigos. Se ha quedado solo, y lo sabe. Cualquier gesto, cualquier impresión que lo descoloque o que no le cuadre, le hará sentir que está en peligro mortal.

Lo que viene para Putin a partir de ahora, es el delirio.

La maldición de todos los grandes tiranos.

Al tiempo.


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