Enlace Judío México e Israel – Su familia sobrevivió milagrosamente. Ahora, Mario Sinay lleva esos nombres tatuados en el antebrazo como un recordatorio permanente: “mi familia nació de nuevo el 7 de octubre”. 

 

 

Para mostrarlo se arremanga la camisa hasta la altura del codo. Ahí, sobre la cara interior del antebrazo izquierdo, Mario Sinay muestra la tinta oscura que forma, en letra cursiva, los nombres de su esposa, sus hijos y sus nietos. “Jamás en mi vida pensé tatuarme”, dice. Lo escucha un grupo de personas de la comunidad judía de México, con quienes se ha reunido a conversar informalmente, en una reunión privada, en la capital del país.

Autor de varios libros sobre el Holocausto, no parece casualidad que Sinay haya decidido tatuarse en antebrazo “para que todos los días de acá en adelante me acuerde que el 7 de octubre salimos vivos, que no es poca cosa”. Y no lo es.

Sobre todo si se considera lo cerca que varios miembros de esa familia cuyos nombres están ahora impresos para siempre en su piel sobrevivieron de forma tan azarosa que ahora él piensa que “alguien nos está protegiendo”.

Ese alguien no fue el Estado de Israel ni sus fuerzas de defensa. Eso es seguro. Así lo sabe su hija, que no deja de repetir que “a mí me abandonaron. Su función era defenderme y no me defendieron”. Es el propio Sinay el que se lo cuenta a su público.

Cómo fue posible la masacre

Pero antes ha explicado lo que todo mundo se pregunta este día: cómo fue posible que Hamás penetrara en territorio israelí y perpetrara una matanza tan atroz.

“Había una concepción de que Hamás no va a atacar”, explica, en resonancia con lo expuesto el analista internacional Gabriel Ben-Tasgal. Esa concepción, dice Sinay, la compartían “el jefe del Shin Bet, el jefe del Mossad y el jefe de inteligencia militar”. Este último debió renunciar a su cargo cuando se hizo público lo que ahora explica el propio Sinay:

“El comandante en jefe de inteligencia militar estaba ese fin de semana de vacaciones con su familia en Eilat. Lo llaman por teléfono a las dos de la mañana, cuatro horas y 20 (minutos) antes del ataque y le dicen ‘van a atacar’ (…). Y él dice ‘no van a atacar’ y cortó el teléfono”.

Pero sí atacaron. Comenzaron por la frontera, por los puestos de vigilancia del ejército, por los diezmados cuarteles que opusieron escasa resistencia, y siguieron hacia las kibutzim, al festival de música donde masacraron a más de 300 jóvenes que bailaban por la paz en el desierto, y a las moshavim donde muchos civiles, como la hija de Sinay, se quedaron esperando a que las fuerzas del Estado los rescataran.

Ella y sus hijos tuvieron suerte: se refugiaron en el cuarto seguro y, gracias a que la ventana estaba oxidada, los terroristas fueron incapaces de entrar. Su esposo, mientras tanto, sobrevivió a un tiroteo multitudinario, dentro de su auto, con apenas unas heridas superficiales.

“El jueves sacamos al 40% de las fuerzas de defensa de la Franja de Gaza y las pasamos a Judea y Samaria. Recuerden que era fiesta, Simjá Torá, y había más peligro allá que acá, porque ‘acá no van a atacar’.

“La fuerza más importante era una unidad del Golani, infantería, que tenía en ese momento 184 soldados. De los 184 soldados, ¿cuántos están en guardia si no van a atacar (los enemigos) a las 6:30 de la mañana? ¿Cinco, diez…? Fueron atacados en proporción 10 a uno.

“Las fuerzas de seguridad que tenían que haber defendido a mi hija estuvieron bajo ataque, estuvieron defendiéndose a sí mismos. Golani dejó 73 muertos el primer día. En todo Yom Kippur, Golani no dejó 73 muertos”.

Es lunes 5 de febrero de 2024. Han pasado ya casi cuatro meses desde aquel día cuando Sinay, de visita en México, reconstruye fragmentos de esa historia. Su audiencia escucha pasmada, incrédula, cómo esa serie de errores catastróficos condujo hasta lo que hoy en día es una guerra que ha costado la vida de decenas de miles de personas, principalmente del lado palestino.

Habla, por ejemplo sobre las Tazpitaniot, (“observadoras”), que son oficiales del Ejército, mujeres desarmadas, cuya función es vigilar la frontera a través de monitores. “Había 42 chicas. Veinte (fueron) asesinadas, 18 secuestradas y salieron cuatro con vida; una de ellas, la oficial, teniente de grado, recibió 12 impactos de Kalashnikov. Salió viva. A los dos meses estaba dando una entrevista en televisión en Israel”.

Esa historia de supervivencia se encuentra entre las “cosas buenas” que, según Sinay, ocurrieron aquel día. Cosas buenas que, si la inteligencia israelí no hubiera dado la espalda a la evidencia, no hubieran pasado porque las “cosas malas” de las que emanaron tampoco habrían tenido lugar.

Según se filtró en la prensa israelí, esas Tazpitaniot hicieron su trabajo aquella madrugada. Observaron movimientos inusuales del otro lado de la frontera y dieron la voz de alerta, pero nadie las escuchó. “Hamás no va a atacar”, decía la “concepción”, que pudo más que la evidencia. Hamás atacó. Mató a mil cuatrocientas personas. Violó a decenas de mujeres. Secuestró a cientos de ciudadanos y desencadenó un conflicto que, a todas luces, está lejos de terminar hoy, cuatro meses después.

 

Un plan para el día después

¿Qué sigue? ¿Qué va a pasar ahora? Las preguntas le llueven a Sinay, que intenta responderlas desde la posición de alguien que, si bien no pertenece al Estado ni cuenta con información privilegiada, tiene una visión cercana de los eventos que cada día suceden en un Israel convulso, traumatizado. Finalmente, ahí vive el argentino de nacimiento.

“En el sur necesitamos a Egipto, porque la gran mayoría del contrabando entraba por Egipto, por el Sinaí, y no por Israel. Yo estuve en uno de los túneles que entraban hacia Egipto: entraba un camión entero. Cuatro metros de alto”.

Pero no solo a Egipto: Israel (y en buena medida también Palestina o, concretamente, Gaza) necesita que varios países intervengan para poner orden en una región tan minúscula como sobrepoblada, de la que queda poco más que polvo, una vez que Hamás haya sido depuesto del poder.

“Se requiere “una fuerza panárabe de los países moderados, que tomen la administración civil en la Franja de Gaza por un periodo de cinco a diez años, que es lo que estimamos que va a tomar volver a reconstruir la Franja de Gaza”.

Esta fuerza hipotética sería conformada por Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, “Catar (que son Satán pero son los que tienen la plata para financiar), Marruecos… Los países moderados”.

Además, habrá que constituir “una fuerza local, palestina, que no sea Hamás ni la Autoridad Palestina“, que se ocupe de la administración de la vida pública en una ciudad propensa al caos. “Por ejemplo, en Educación, un director de colegio; en Salud, un médico (…).

“Y la cuarta, que Israel se va a quedar, y de eso no hay duda, a lo largo de toda la Franja, con un kilómetro —todos los campamentos, los asentamientos de ellos que estaban pegados a la Franja, ya no existen, están pulverizados— que va a ser territorio militar israelí, que el primero que pise, muerto está“.

Sinay parece muy seguro de que así se desarrollarán los acontecimientos una vez que Israel haya cumplido su promesa de terminar con Hamás. Su audiencia parece coincidir con él y está a punto de celebrar la visión cuando, haciendo gala de sus facultades narrativas, Sinay vaticina un escenario horrendo:

“Pero el primero que pise va a ser un chico de seis años que se le escapó la pelota y los padres lo están filmando y las Naciones Unidas lo están filmando”. Dice que apuesta su nombre y su sueldo, y es tanta su convicción, que nadie parece dispuesto a aceptar el reto.

Niños muertos. De eso se compone la narrativa según la cual, los palestinos son víctimas e Israel, victimario. Y es tan penetrante que incluso los judíos de la Diáspora (y algunos en Israel mismo) llegan a adoptarla sin miramientos. Consciente de ello, Sinay enuncia:

Nosotros tenemos las manos y la consciencia limpias. Hemos actuado según los códigos de guerra. Hemos permitido pasillos de salida a la población civil; hemos avisado a cada edificio que vamos a derrumbar para que lo desalojen a tiempo y que no haya pérdidas; hemos permitido la ayuda humanitaria —nos obligaron los americanos. No es que queríamos—. Hemos hecho todo lo habido y por haber para que no haya víctimas no involucradas (con Hamás)”.

Usa el plural como si las decisiones las hubiera tomado él. Como si él mismo hubiera sostenido las armas y entrado en Gaza. Lo hace reiteradamente durante la charla que sostiene con un grupo de gente que no lo conoce pero se identifica, como hace él, con un pueblo y con su Estado nacional.

Porque hoy Israel son todos los israelíes, y aunque la oposición a Netanyahu sigue ahí (quizás más decidida que nunca), el sentimiento de unidad nacional es innegable.

No solo porque casi cada ciudadano conoce a algún superviviente de la masacre del 7 de octubre; no solo porque muchos conocieron a alguno de los 1400 muertos; no solo porque todos tienen amigos o familiares en la línea de fuego ahora mismo, sino porque todos saben que la verdadera amenaza para la supervivencia de Israel es Irán.

“Israel tenía que haber atacado a Irán el 8 de octubre —los Estados Unidos no lo permitieron— porque los iraníes nunca nos mintieron y, si nos dicen que nos quieren destruir y están llegando a la bomba atómica, mejor que les creamos”.

Con seguridad, Sinay sentencia: “Esto no va a terminar así. ¿Cuándo Israel va a atacar (a Irán)? Yo no sé pero va a atacar”.

El tiempo dirá si el escritor tiene razón. Por ahora, podemos dar crédito a una de sus afirmaciones: “El 7 de octubre lo voy a festejar todos los años como un cumpleaños familiar. Mi familia nació de nuevo el 7 de octubre”.

 

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