jueves 13 de junio de 2024
Bandera de Israel

Irving Gatell/ Nunca fuimos tan poderosos como hoy

¿Sabías que nunca en la historia los judíos fuimos tan fuertes como el día de hoy? No, ni siquiera en los tiempos del rey David, ni en los de la dinastía hasmonea. El Israel moderno es el máximo logro del pueblo judío en su milenaria historia, y es muy evidente que todavía le queda mucho por crecer.

Mi bisabuelo David Tinoco Machorro murió en 1939, a los 73 años de edad —muy longevo para su tiempo—, como consecuencia de una angina de pecho. Ebanista industrial y tendero, fue uno de tantos judíos establecidos en la provincia mexicana (Río Blanco, Veracruz, cerca de la famosa fábrica textil fundada por Porfirio Díaz), que durante mucho tiempo tuvo que mantener oculta su identidad debido al auge del antisemitismo popular, luego exacerbado por la propaganda nazi que también llegó a este país.

Sería por eso que, cuando ya estaba grave y su muerte era inevitable, sus vecinas llegaron a ofrecerle que podían llamar a un sacerdote para que lo confesara. Mi bisabuelo sonrió y se limitó a decir “no, gracias; yo sólo me confieso ante el Único y Verdadero”.

A él le tocó ver la disolución trágica de lo que pudo haber sido la primera comunidad judía en México formalmente organizada. Estuvo integrada por varias familias que llegaron de Alemania, Holanda o Inglaterra, en una época en la que el auge industrial del porfiriato hizo que México se volviera atractivo para muchos europeos —judíos, entre ellos— bien capacitados en oficios especializados. Como mi bisabuelo, que encontró una buena fuente de trabajo como ebanista especializado en fabricar muebles o accesorios para los telares de la Fábrica de Río Blanco.

Todo el circuito de ciudades y pueblos que venían del puerto de Veracruz a la Ciudad de México se llenó de inmigrantes. Orizaba se consolidó en ese tiempo como una de las quince ciudades más grandes de todo el país, y en su vecina Río Blanco —donde estaba la fábrica— se estableció una buena cantidad de familias ashkenazíes de Alemania y sefarditas de Holanda. Allí construyeron su sinagoga, pero ya eran años convulsos.

Había comenzado la Guerra Cristera (1926-1929), y aunque esta no afectó directamente la zona del Golfo de México, los cristeros se movilizaron en estas y otras regiones para buscar financiamiento. ¿Cómo? Por medio del secuestro, entre otras prácticas. Mi familia se vio afectada directamente, y esos momentos hicieron ver a los judíos que no estaban seguros. En el momento más fuerte de esa ola de inseguridad, la comunidad judía de Río Blanco fue despojada de su templo, que pasó a convertirse en templo católico. Todavía se le puede ver, sobre la avenida principal, con su estilo arquitectónico típicamente europeo y la Maguén David en donde debería haber un rosetón.

La comunidad se dispersó. Los ashkenazíes seguramente fueron los primeros en irse, ya que su identidad judía era relativamente fácil de detectar debido a los apellidos. Los de origen sefardita holandés no pasaron por ese drama. La mayoría usaba apellidos portugueses, así que podían pasar relativamente desapercibidos entre la población. Acaso sólo hubo que hacer algunos ajustes. Por ejemplo, los Del Valle habían cambiado su nombre por Van Daelen en Europa; aquí volvieron a ser Del Valle. Lo mismo los Tinoco, que en Ámsterdam se convirtieron en los De Jong, y aquí volvieron a ser Tinoco.

Luego llegó la propaganda nazi. Había muchos alemanes no judíos establecidos en la zona, y el antisemitismo floreció por todos lados. Mi bisabuelo murió cuando la peor catástrofe de su pueblo estaba a punto de comenzar.

¿Qué me habría dicho él si le hubiese yo platicado todo el antisemitismo que estamos viviendo en estos días? Le contaría de España, Noruega e Islandia premiando a nuestros enemigos después de haber perpetrado el pogromo más salvaje desde la Segunda Guerra Mundial, o de la forma tan banal y absurda en la que las juventudes ignorantes y posmodernas apoyan al terrorismo que nos quiere aniquilar. Le explicaría como los ayatolas iraníes se han convertido en nuestros peores enemigos, y cómo financia cualquier cosa para tratar de destruir a Israel.

Una reflexión del Rabino Leonel Levy, de la Comunidad Betel, me hizo cambiar completamente mi perspectiva. Planteando una situación hipotética similar —él mismo platicando con su bisabuelo sobre estos mismos temas— en su Drashá (sermón) en Betel hace unas semanas, se imaginó a su ancestro escuchando todo lo que el antisemitismo nos acosa y nos persigue, pero reaccionando de un modo especial al llegar a ese punto en el que escucha que nuestros enemigos quieren destruir a Israel.

“¿Israel?”, habría sido la pregunta del bisabuelo del Rav Leo. Y del mío también. Y de los de mucha gente que conozco. Y entonces habría que explicarles que en 1948 el pueblo judío renació en su tierra, y que hoy tenemos a Israel, un país independiente donde los judíos somos exitosos y nos gobernamos a nosotros mismos.

“Entonces no es igual”, nos dirían a coro todos estos judíos que murieron antes de que ocurriera el milagro. El antisemitismo será lo mismo de siempre, pero el pueblo judío no.

El primer reino israelita —que la Biblia identifica como el que gobernaron Saúl, David y Salomón— no fue un “reino” en el sentido que nosotros le damos a la palabra (derivado de la forma en la que se consolidaron las monarquías medievales). En los tiempos bíblicos, el territorio al que por practicidad llamamos Canaán estaba lleno de ciudades-estado que podían estar habitadas por semitas, amorreos, hurritas o gente de origen griego (filisteos o denyen). A estos, luego se les agregó un nutrido contingente de hititas.

La variedad era tanta que era imposible que toda esa gente —a quienes llamamos genéricamente “cananeos”, pero que no eran un pueblo o una nación— se imaginara todo el territorio como un país, y a todos sus habitantes como una sociedad definida. Bajo el modelo de ciudades-estado, cada individuo entendía su identidad y su lealtad apenas con su ciudad (piensa en los antiguos griegos; si un ateniense se hubiera topado con un espartano, no se habrían saludado diciendo “¡Hey! ¡Somos griegos!”, sino que habrían enfatizado la diferencia de que uno era ateniense, y el otro era espartano).

Muchas veces pensamos que el reino de Israel vino a sustituir a Canaán. Eso es incorrecto, en términos históricos. Israel fue el primer intento en esa región por cohesionar al territorio y a su compleja sociedad.

Sí, Saúl, David y Salomón fueron reyes allí, pero reyes según los modelos de la época y, sobre todo, según los paradigmas políticos de una pluralidad de sociedades que estaban acostumbrados a las ciudades-estado.

Por eso ocurren detalles singulares en los que pocas veces reparamos. Por ejemplo, se nos cuenta que después de reinar siete años en Jevrón, David se lanzó a la conquista de la añeja Urusalim (en acadio), que ahora se llamaba Jebús, y que casi con toda seguridad estaba poblada por hurritas (grupo llegado cinco siglos atrás, y originarios del Cáucaso). Pero ¿te has puesto a pensar que para ese entonces la monarquía israelita ya tenía casi medio siglo de existencia? ¿Por que Jebús seguía siendo una especie de ciudad hurrita autónoma?

Según la Biblia, Saúl gobernó cuarenta y dos años; y David llevaba siete años de gobernar cuando conquistó Jebús. Cuarenta y nueve años en total, y el territorio de la monarquía israelita todavía tenía urbes independientes.

Toma nota: no tiene nada de raro. Así era la política de las épocas. Los cananeos fueron uno de los últimos grupos en desarrollar monarquías en forma, porque el arraigo de las ciudades-estado se mantuvo durante muchos siglos, especialmente por la variedad de la población. Era imposible que amorreos y hurritas —por ejemplo— desarrollaran un sentido de identidad en común. Más bien, eran enemigos irreconciliables, así que mejor cada quien en su ciudad.

Los primeros en unificarse fueron los israelitas, pero es evidente que el modelo de ciudades-estado siguió funcionando. Por ello, todavía en tiempos de David había urbes autónomas. Y seguramente siguieron allí durante mucho tiempo más, porque lo que implicaba ser un rey poderoso y sin enemigos en esos tiempos, apenas era ser el que cobraba tributos. Muy probablemente, en términos específicamente políticos, ni Saúl ni David ni Salomón se propusieron gobernar toda la región en la que reinaban, en el sentido que un rey como Carlomagno lo habría hecho. Los primeros tres reyes israelitas fueron soberanos que controlaban amplios ejércitos, pero cuyo dominio sobre el territorio se limitaba al cobro de tributos, dejando que cada ciudad-estado mantuviera el grado de autonomía que todo mundo consideraba normal.

El primer intento verdadero por integrar un reino donde todos fueran súbditos de un solo rey (es decir, se disolviera la autonomía de las ciudades-estado) probablemente comenzó con el reino de Samaria, hacia el año 925 AEC y tras la muerte de Salomón.

Era cuestión de tiempo para que esta cohesión social se lograra. No iba a ser de la noche a la mañana, pero sólo había que dejar que transcurrieran los años (o, más bien, los siglos). Si este desarrollo hubiese sido “normal”, muy probablemente en algún momento el reino de Samaria habría engullido al de Judá, que era más pequeño y frágil.

El desarrollo de este monarquísmo israelita primitivo se cortó de golpe con las invasiones asiria y babilónica, y a partir del año 587 AEC los israelitas perdieron su independencia.

Vaya paradoja: muy pronto lograron consolidarse como Judea, una provincia bien definida y sin ciudades-estado. Pero no lo hicieron siendo independientes, sino como vasallos del Imperio Aqueménida (Medo-Persa), luego de los macedonios, luego de los egipcios helenistas ptolomeos, y luego de los sirios seléucidas. Tras la Guerra Macabea (167-158 AEC) el poderío de Damasco comenzó a declinar, y Juan Hircano consiguió la independencia absoluta de Judea en el año 131 AEC.

Suena extraño, pero en términos históricos, este fue apenas el primer momento en el que los judíos estuvieron integrados en todo su territorio bajo el gobierno de un solo monarca. Fue, además, una época en la que los poderíos imperiales regionales estaban colapsados, y eso marcó un momento de esplendor para los pequeños reinos de la zona. En ese marco, el reino Hasmoneo se levantó como el más poderoso de todos, siendo también aliado de Roma, la potencia emergente en el Mar Mediterráneo.

De la historia judía antigua, no cabe duda que la era hasmonea fue la más poderosa, pero ese clímax sólo duró un poco más de medio siglo. Comenzó con la plena independencia judía en 131 AEC bajo el reinado de Juan Hircano, y concluyó con la muerte de su hijo Alejandro Janeo en el año 76 AEC.

El reino hasmoneo sobrevivió otros trece años hasta que las tropas del general romano Pompeyo convirtieron a Judea en una provincia romana. Así se volvió a perder la independencia, y esta vez el largo período se extendería desde el año 63 AEC hasta 1948, cuando se fundó el moderno estado de Israel.

Entonces, cuando el primitivo Israel era independiente y se lanzó al proyecto de ser monarquía, no todas las ciudades estaban gobernadas por monarcas como Saúl, David y Salomón. Y no porque no quisieran, sino porque los paradigmas políticos de la época eran distintos. Era la época de las ciudades-estado.

La consolidación de una sola monarquía sobre todo el territorio, en términos de verdadera independencia, sólo llegó con los hasmoneos hasta el año 131 AEC, y duró un total de 68 años.

En contraste, el moderno estado de Israel ha cumplido 76 años de existencia, y goza de muy buena salud. Pese a sus fricciones políticas internas, en el marco de la guerra más complicada que ha enfrentado —militar y diplomáticamente hablando—, ha demostrado que tiene todo para salir victorioso, que puede doblegar a sus enemigos en Gaza, y que puede mantener a raya a sus enemigos en la ONU.

Ya son nueve años más de lo que duró el reino hasmoneo, y no se ven síntomas de que una potencia extranjera como Roma vaya a conquistarnos.

En contraste, Israel sigue siendo vanguardia en investigación científica, avances médicos e innovación tecnológica.

Así que imagínate todo lo que habría que explicarles a nuestros bisabuelos si pudiésemos tener esa charla y llegásemos al momento en que nos preguntaran, sorprendidos, “¿Israel?”

Sí, viejo. Lo recuperamos. Lo hicimos nuestro otra vez. Lo volvimos hermoso, como lo describen nuestras Escrituras Sagradas. Judíos desde todos los rincones del mundo regresaron a vivir allí para llenarlo otra vez de vida, tal y como lo anunciaron los profetas bíblicos.

Ahí está, y estamos orgullosos de él.

Y lo vamos a defender.

 


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