viernes 21 de junio de 2024
Kotel en Yom Yerushalaim

Irving Gatell/ Yom Yerushalaim en tiempos de guerra

Mi nota de este día es breve, porque hay ocasiones en que los sentimientos son muchos, y las palabras no alcanzan para expresarlos. Es el misterio de lo inefable como experiencia íntima, personal. Y, por supuesto, es el misterio de lo que significa Jerusalén para los judíos.

A veces no tomamos dimensión de lo privilegiada que es nuestra generación. No es frecuente que nos detengamos a pensar en lo radicalmente diferente que fue la experiencia de ser judío para nuestros abuelos, bisabuelos, y todo lo que gusten hacia atrás.

Luchaban igual que nosotros, trabajaban igual que nosotros, padecían el antisemitismo igual que nosotros, y lo hacían con entereza, con resiliencia, con una paciencia indestructible, mientras soñaban con una tierra y una ciudad. Concluían sus cenas de Pésaj diciendo Leshaná Habaá Biyerushalayim como una esperanza, un sueño, una ilusión.

Nosotros luchamos igual que ellos, trabajamos igual que ellos, padecemos el antisemitismo igual que ellos, pero nuestra entereza, resiliencia y paciencia se nutren del hecho inobjetable e irreversible de que hemos recuperado esa tierra y esa ciudad. Cuando concluimos nuestras cenas de Pésaj diciendo “el próximo año en Jerusalén”, la hacemos sabiendo que acaso todo es cuestión de ahorrar para planear las próximas vacaciones en nuestro hogar ancestral.

La fuerza que nuestros ancestros tuvieron para seguir adelante, la encontraron en el anhelo inmemorial de regresar a lo que era suyo; la fuerza con la que nosotros enfrentamos al mundo, la encontramos en el compromiso indestructible de defender lo que es nuestro.

¿Te imaginas lo que sintió Mordechai Motta Gur, de Bendita Memoria, ese 7 de Iyar de 5727, al pronunciar por la radio militar esa frase que sabía era la más importante dicha por un judío desde el año 70? 

“¡La Colina del Templo está en nuestras manos!”

Y mientras, sus paracaidistas lloraban de la emoción frente al Kotel, nuestro Kotel, el muro que nunca dejó de esperar el regreso del pueblo que nunca dejó de soñar con ese momento.

Aquella mañana, un día después de que el rey Hussein de Jordania cometió el error de involucrarse en la Guerra de los Seis Días, Jerusalén no fue conquistada por las tropas israelíes. Jerusalén fue una madre amorosa que abrió sus brazos para recibir de regreso a sus hijos, esos que no dejaron de bendecirla, de cantarle, y de escribirle mil y un poemas de amor durante un largo y penoso exilio.

Los terroristas de Hamás y Hezbolá no saben que nuestra motivación para luchar es más grande que su odio por nosotros.

Por nuestros hijos, por nuestra historia, por nuestro futuro, y por Jerusalén, nuestra ciudad, capital eterna, única e indivisible del pueblo judío.

¡Feliz Día de Jerusalén!


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