Cuando los medios anunciaron que, conforme a las formales normas que presiden y regulan la actividad del Parlamento israelí, sus miembros gozarán a partir del 1 de agosto noventa días de vacaciones, supuse que ninguno de ellos se permitirá este largo paréntesis.
Pero una vez más me hundí en el error.
Hasta aquí ninguno de los miembros de la Knéset se inclina a renunciar a una cómoda licencia que les permite transitar, a expensas del gasto público, en no pocas capitales del mundo si y cuando aciertan a enhebrar alguna hueca razón para hacerlo.
Considero que el goce de tres meses de vacaciones es un lujo que apenas se ajusta a estos días y noches en los que amplias muchedumbres salen a las calles para exigir la liberación de los 115 cautivos en los rudos brazos del Hamás.
En estas difíciles circunstancias, la suspensión y el ocio de la actividad parlamentaria reduce su legitimidad y facilita la fría pasividad de un gobierno que apenas revela interés en la amarga suerte de los cautivos.
¿Acertarán nuestros representantes a corregir esta torcida conducta?
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