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sábado 18 de julio de 2026
Antisemitismo

Dr. Alejandro Klein / El antisemitismo en estado puro

En un fin ya muy antiguo y probablemente casi olvidado, Younger Generation de 1929, su director Frank Capra insólitamente toma como tema del mismo el proceso por el cual un joven judío del Lower East de Nueva York que originalmente se llama Morris Goldfish cambia su nombre a Maurice Fish, para conseguir ser aceptado en la alta sociedad neoyorkina y poder avanzar en sus prósperos negocios. Al mismo tiempo se indica cómo el joven Morris se separa cada vez más de los usos y las costumbres ancestrales de su padre.

El guión del filme pertenece a Sonya Levien, quien probablemente de forma consciente reproduce uno de los dramas centrales del siglo XIX y comienzos del siglo XX para los judíos que anhelaban ser parte de lo que se consideraba la sociedad moderna y del progreso: dejar atrás su pasado judío y “modernizarse” a partir de procesos de asimilación, que los hicieran cada vez más semejantes a los demás y más inidentificables con sus padres y ancestros. Hasta dónde llegaba o llegó esa “desidentificación” seguramente tuvo matices que dependían de la historia personal de cada sujeto, sus valores y el significado que le otorgaba al judaísmo y su pertenencia al mismo.

Pero probablemente todos pensaban, al igual que una gran parte de la intelectualidad judía y europea de la época, que todos estos procesos, que sin duda no fueron tan fáciles cómo Capra presenta en su película, facilitarían que finalmente los judíos pudieran ser aceptados, tolerados y por ende, cosa más importante aún, implicaría el comienzo del fin de siglos de antisemitismo.

El error fue probablemente considerar que el problema del antisemitismo residía en los judíos y no en los antisemitas mismos. Es decir, había una fervorosa adhesión a la idea de que en esa sociedad del “progreso” y la cultura, lo racional era el principio y el fin que configuraba la forma de funcionar de personas y sociedad. Por ende, parecía suponerse que como ideología, el antisemitismo podía ser combatido con el sentido común, y con la muestra de la buena voluntad que implicaba el proceso asimilatorio, dentro del supuesto de una racionalidad que se creía era lo que lo relacionaba a los hombres y pueblos entre sí, y por la cual la cultura occidental “reconocería”, “valoraría” y “aceptaría” el gesto del pueblo judío ( o al menos de una parte de este) para ser parte de la misma y contribuir  entusiasmadamente a la misma.

Sin embargo, las cosas no fueron así. Como sabemos, todo el proceso asimilacionista no pudo evitar el horror del Holocausto. Ingenua o fervorosamente parte de la intelectualidad del pueblo judío creyó que la redención a través de la adopción de los modos, costumbres y rituales europeos, haría de los judíos un pueblo entre otros pueblos, con lo cual el antisemitismo caducaría y se volvería una ideología anacrónica.

Pero hoy, luego de siglos de antisemitismo y ante la avalancha incesante de antisemitismo que se alimenta a sí misma y que desborda con total impunidad en este siglo XXI, ya no nos permite ver las cosas de esa manera.

El antisemitismo no es una ideología: es una pasión. Y no cualquier pasión, sino de esas pasiones que se nutren de oscuridad, violencia y destructividad nata. Una pasión insaciable que nunca se agota, que nunca calma su actitud de persecución y tanatismo.

Este antisemitismo de este siglo XXI ya no necesita de la fábula de que los judíos asesinaron a Jesús, ni de que los judíos tienen un pacto con el Diablo, o de que los judíos son prestamistas, usureros que se quedan con los ahorros del cristiano honesto o de que quieren dominar el mundo y extienden sus tentáculos ávidos de corromper la honestidad cristiana.

No. Este antisemitismo vulgar, estultofílico, este antisemitismo del siglo XXI ya es ahora el antisemitismo en su esencia absoluta: solo y pura pasión.

Hemos arribado pues al antisemitismo más real, al más genuino, el más (aunque es absurdo decirlo): “honesto”.

Se odia al judío porque se lo odia. Israel es repugnante porque es repugnante. A los judíos hay que expulsarlos y/o tirarlos al mar porque hay que expulsarlos y tirarlos al mar.

Nada de espesor ideológico, nada de justificación del odio antisemita.

¿Cómo se combate a partir de aquí al antisemitismo? ¿Qué acciones serían las sensatas a partir de lo que aprendemos de la ingenuidad asimilacionista de aquéllos judíos de dos o tres generaciones atrás?

Honestamente: no tengo la respuesta

Una parte de mí me dice que algo se debería poder hacer.

Otra parte (estrictamente personal) me indica que ya nada se puede hacer.

Comprendo los gestos de amistad que se llevan adelante en actos de gobierno y de rememoración de fechas sensibles para el judaísmo, pero al mismo tiempo observo con horror (al igual que muchos otros) cómo las universidades convocan a actos contra Israel, cómo en las redes existe una impunidad total de eslóganes antisemitas vulgares, cómo existen pintas contra Israel y los judíos en innúmeras ciudades del mundo, cómo se profanan cementerios judíos y cómo el tema palestino es la excusa absoluta y perfecta y que no admite discusión alguna para acusar a Israel como imperialista, sádico y perseguidor de un pueblo débil y desamparado que despierta la conmiseración y amor de la opinión pública mundial.

Como una opinión absolutamente personal quisiera indicar que a mi entender el antisemitismo no es un error sino un efecto de estructura que se entrelaza a la forma y contenido en cómo se gestó y estructuró la cultura occidental desde la caída del imperio romano en adelante, en torno a rasgos de paranoia y odio, intolerancia y depositación de los males sociales en un chivo expiatorio.

Pero reitero que este antisemitismo que hoy padecemos tiene sin embargo un rasgo distintivo que lo diferencia del antisemitismo de los siglos anteriores.

Y esta diferencia refiere a que estos antisemitas de hoy ya no se preocupan de revestir su pasión de algún bosquejo o simulacro de ideología.

Hemos llegado al antisemitismo en estado absolutamente puro. Un antisemitismo que brota por doquier y dónde sea, expandiéndose entre universidades, intelectuales, medios de prensa, gobiernos y la opinión pública en general.

¿Qué podemos esperar a partir de ahora del presente y el futuro?

¿Dónde está el límite de este antisemitismo tan impune?

¿Dónde están estas respuestas que tanto necesitamos?


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