El luto se siente como si fuera mi propia familia.
Es que son, en realidad, mi familia.
Recuerdo una frase que se viralizó al inicio de la guerra, apenas al día siguiente del atentado terrorista del 7 de octubre de 203. Iniciaba con la pregunta “¿Pero tú tienes familia en Israel?”, y la respuesta era “Sí, 9.5 millones de familiares”.
Es el dolor de estos momentos el que nos recuerda el lazo que nos une.
Es el lazo que nos une el que nos levanta para santificar el Nombre de D-os.
Es el Nombre de D-os el que nos empuja a seguir adelante.
No falta mucho para que reinicie la guerra. La tregua está llegando a su límite.
Dentro de muchos años —decenas, centenas, da igual— tal vez se siga hablando de cuánto sufrieron los enemigos de Israel. Es la rutina. Pero lo cierto es que esos enemigos no van a estar aquí.
Nosotros sí.
Siendo nosotros mismos, haciendo lo que amamos hacer, y disfrutando o llorando todos juntos, gracias al vínculo que nos une.
Vínculo que nos une al decir Kadish.
Vínculo que nos une porque nuestra alma repite las mismas palabras en arameo que ha repetido nuestro pueblo desde tiempos inmemoriales.
Cuando decimos Kadish, no somos individuos respetando un luto exclusivo y propio.
Somos el alma atemporal de un solo pueblo, el alma que está presente en el pasado, el presente y el futuro, en Israel y en la diáspora, en el dolor y en la redención.
Por ustedes, hoy y siempre.
Shiri.
Ariel.
Kfir.
Oded.
Primero será el Kadish.
Después, la guerra.
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