En estas calles frías y bañadas por la lluvia, en las que la gente hace su vida normal, abrazando la rutina diaria, recuerdo a Ana Frank que escribió en su diario: “A pesar de todo, sigo creyendo que la gente es realmente buena de corazón”.
Eso pensaron miles de israelíes que exigieron al gobierno la paz con Gaza. Normalización de relaciones, ser socios, trabajar juntos.
La gente de Gaza le provocaba incomodidad moral a los vecinos israelíes. En Gaza los campos de cultivo son de calidad, pero pequeños.
Los habitantes de los kibutzim no cesaron en obligar al gobierno a que entregara visas de trabajo a los gazatíes para que trabajaran en sus campos de cultivo.
Las autoridades entregaron decenas de miles de permisos para que todos los días trabajadores de Gaza cruzaran la frontera para cultivar los campos israelíes.
Todo ese tiempo, los trabajadores aprendieron la rutina de los kibutzim y llevaron la información a Gaza. Esos mismos trabajadores sirvieron de guías a la inteligencia de Hamás el 7 de octubre de 2023.
Los israelíes los reconocieron, pensaron que eran amigos, jamás imaginaron que esa gente de Gaza sería su verdugo.
Y hoy que el país enfrenta la tragedia de la familia Bibas, el terror no descansa.
Así como ahora en Jerusalén se ha movilizado el equipo antiexplosivos, reportes de seguridad indican que se han encontrado artefactos explosivos en 5 sitios, 3 en los buses de Bat Yam, con explosión sin víctimas, 1 en Petaj Tikva y 1 en Holón.
Seguramente pronto tendremos respuesta de la oficina del primer ministro, pues Hamás se atribuye estos ataques a través de sus militantes en Judea y Samaria.
Y no me extrañaría que criminales, recién liberados a cambio de rehenes israelíes, estén atrás de todo.
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