Palabras de Silvia Cherem, periodista yescritora, al inaugurar la Asociación Médica México-Israel al Auditorio Golda Meir :
Estimados médicos, amigos de la Comunidad y miembros de la Asociación Médica México Israel que nos honran con su presencia:
Cuando Fule Zaga me llamó para pedirme que hoy esté aquí con ustedes para dirigirles unas palabras, recordaba él conmovido cómo se tejieron los hilos para que Mayer, su padre, estuviera tan ligado a la historia de Golda Meir.
Y es que han sido una concatenación de situaciones fortuitas las que hoy nos permiten coincidir: la llamada que me hicieron de Nagrella, editores españoles, para pedirme ayuda en torno a la reedición de la autobiografía de Golda; luego, su petición para que yo prologara el libro “Mi Vida” de Golda que hoy todos recibirán; y finalmente que vinculara yo a Nagrella con Mayer Zaga para que él patrocinara una edición que regaló a sus amigos y conocidos, como lo ha hecho durante décadas obsequiando libros en Rosh Hashaná.
Puntos aislados que se unen con líneas. Que tejen la urdimbre de la vida…
Líneas que nos conducen a la inauguración, hoy, de este nuevo auditorio, sede de la Asociación Médica México-Israel que nos recibe con una placa que lleva al calce la siguiente leyenda: “Auditorio Golda Meir. Inaugurado por Mayer Zaga. Líderes que han hecho suyo el concepto del Tikún Olam”.
Líderes, como todos ustedes que también se suman al concepto de Tikún Olam al concebir un Foro Académico Científico Médico Clínico, que valora y reconoce la excelencia médica de Israel y contribuye a resarcir las enormes necesidades médicas en nuestro México.
Comencemos por explicar qué es Tikún Olam, ese concepto medular del judaísmo que significa “reparar el mundo”, “perfeccionar el mundo”, un mandato social y ético para contribuir a mejorar la sociedad y el mundo, en sentidos espiritual y práctico. Es decir, desde la Mishná, pasando por la Kabalá y llegando al pensamiento judío moderno, el precepto nos obliga a asumir la responsabilidad individual de corregir las injusticias sociales, de velar por la ética, de comprometernos con la paz y los derechos humanos, de dar a manos llenas para contribuir con buenas acciones comunitarias y compasión individual, a fin de alcanzar un mundo más justo y armonioso.
Tikún Olam es lo que hizo Golda Mabovitch Meyerson, Golda Meir, desafiando todas las convenciones y convirtiendo en realidad el Estado Judío a fin de que el pueblo judío pudiera ser dueño de su destino.
Con carácter férreo, lealtad, inteligencia, sentido ético y valentía, con idealismo e insatisfacción, Golda soñó con imposibles: con un país fuerte que fuera respetado por sus enormes contribuciones al mundo y por su visión de futuro.
A pesar de padecer soledad como mujer y enorme vulnerabilidad en un mundo de hombres, ella no cejó en su empeño de romper paradigmas y ejercer su libertad para alcanzar su sueño, siendo partícipe de la creación del Estado como un país moderno, democrático, decente y digno, en el que árabes y judíos pudieran vivir juntos, en paz y armonía.
Enlazando la historia pública desde lo personal y lo íntimo, pagando un alto costo como esposa y madre, padeciendo soledad y fragilidad como mujer, su vida fue trascendente y se ha convertido en una leyenda, en fuente de admiración y ejemplo.
Las raíces de la identidad y deseos de lucha se fincan desde la infancia. Golda nació a finales del siglo XIX en un shtetl en Kiev donde era difícil, casi imposible, ser judío.
Como en casi todos los shtetlaj en el Imperio ruso, Polonia, Galitzia y Rumania, se padecía extrema pobreza, hambre, sufrimientos y enfermedades que se aderezaban con el profundo terror ante los pogromos antisemitas, ante el odio de los cosacos y de las hordas enardecidas que asolaban a los judíos con opresión y maldad, buscando aniquilarlos. La temible constante del odio antisemita presente a lo largo de los siglos, aún hoy, tristemente. Aún hoy, que debemos combatirlo…
Fue Golda la séptima de ocho hijos de la familia Mabovitch. Era tal la miseria que, antes de que ella naciera, ya habían muerto cuatro de sus hermanos. Sin futuro en Rusia, su padre, un humilde carpintero, inmigró en soledad a la Goldene Medine, «la tierra dorada» como le llamaban a América, su única esperanza para intentar mejorar la situación de los suyos.
Mientras llegaba el día en el que la familia pudiera reunirse con el padre en América, Golda fue moldeando su personalidad entre carencias e ilusiones, entre libros e idealismo.
Entrando a la adolescencia, Golda asistía a reuniones clandestinas en Pinsk forjando su carácter de revolucionaria y subversiva, de sionista socialista empeñada en derrocar al zar. Para cuando su papá logró finalmente juntar el dinero suficiente para los pasajes de la familia, solo quedaban tres hijas vivas.
Golda, sus dos hermanas y su madre emigraron de Rusia a Estados Unidos huyendo del brutal antisemitismo que derivaría, décadas más tarde, en el nazismo y el Holocausto. Sin saberlo, porque la historia siempre es incierta, salvando así sus vidas…
La familia se instaló en el barrio más pobre de Milwaukee, en Wisconsin. Los eslabones se irían engarzando. Golda no era “normal”, no aceptaba casarse con quien la casamentera le tuviera destinado. A sus 14 años se escapó de su casa. Quería estudiar, formarse, romper con atavismos. Ejercer su libertad. Se refugió en Denver en casa de su hermana Sheyna, ya casada entonces, donde se organizaban tertulias para discutir ideas políticas y sionistas, temas de sindicalismo, feminismo y literatura yidish, y ahí conoció a Morris Meyerson, con quien llegaría a casarse.
En idas y vueltas a Milwaukee, Golda conoció a los ideólogos del sionismo laborista: David Ben Gurión, Nachman Syrkin e Itzjak Ben-Zvi, que, en ese 1916, habían viajado a Estados Unidos para reclutar jóvenes para la Legión Judía. A Golda no la aceptaron por ser mujer, pero nada la detendría. Trepada en un cajón en la calle comenzó a dar discursos para combatir las cuotas de judíos que imponía el Mandato Británico de Palestina y en 1918 fue invitada como la delegada más joven al Congreso Judío Americano en Filadelfia. Ese fue el inicio…
Golda migró a Palestina en 1920 y, a diferencia de sus amigos que pronto claudicaron porque en esa tierra estéril e inhóspita sólo había carencias, bichos y enfermedades, un calor infernal y falta de alimentos, ella vio una esperanza de futuro para que su pueblo dejara de ser víctima de su destino. Para que su pueblo escribiera la historia.
El boicot árabe y su manera de ejercer el terrorismo impidieron que se estableciera el Estado de Israel en la década de 1930, como estaba previsto, al igual que otras naciones árabes que se crearon en la zona en esos años. El terrorismo y la negativa árabe de que existiera una tierra judía en el Medio Oriente, aplazaron la encomienda… Llegaría la Segunda Guerra y el aniquilamiento de una tercera parte de los judíos del mundo. Tiempos negros. Tiempos de oscuridad que, a los optimistas, a quienes se mantenían vivos abrazando la grandeza de un sueño, los invitaban a vislumbrar cualquier resquicio de luz.
Haciendo gala de ingenio, tesón, inteligencia y liderazgo, Golda movió masas e incidió para cambiar el rumbo. Fue tal su protagonismo en la creación de Israel que el propio Ben Gurión llegó a decir que, cuando se escribiera la historia, tendría que revelarse que una mujer judía fue quien hizo posible la construcción del Estado.
Durante casi sesenta años, ocupó todos los puestos de la estructura política de Israel e inclusive fue primera ministro. Una matriarca. Una de las primeras líderesas en el mundo moderno. Su credo se sustentó en el poder de la educación y de la ciencia como pilares del desarrollo mundial; en el deseo de paz y armonía entre las naciones. Fue tal su impacto, por ejemplo, que en la África subsahariana a muchas niñas de raza negra las llamaron Golda.
Por supuesto no todo fue miel sobre hojuelas. Vivió guerras, victorias pírricas y enormes desconsuelos. Tras la Guerra de los Seis Días, las naciones árabes se solidarizaron en un frente común. Humillados por su fracaso bélico, emitieron los Tres Noes de Jartum: no al reconocimiento de Israel, no a la paz, no a negociaciones con Israel.
En sus últimos años, Golda, a quien apodaban la “dama de hierro”, murió con el dolor de no poder alcanzar la paz con sus vecinos. Tuvo fichas para negociar, pero no hubo forma de lograr el reconocimiento, de alcanzar la paz, de impulsar una alianza de prosperidad para la zona. Lo repetía a diestra y siniestra: Israel quiere paz. Israel quiere mirar a los ojos a los líderes árabes, hablar desde el corazón pensando en el bienestar de los hijos, de los nietos, de las futuras descendencias. Israel está listo para para sembrar futuro juntos, para intercambiar tierras por paz, el día que sea, a la hora que sea… No hubo quien la escuchara.
Su voz hoy resuena. Nuevamente hoy es necesaria la paz y el reconocimiento. Cambiar el paradigma: educar para la paz.
Por eso, es un enorme privilegio que este auditorio lleve el nombre de esa abuela que cuidó a su rebaño. Es un honor que su legado siga inspirando a futuras generaciones.
Golda, faro de luz y convicciones. De idealismo, compromiso y responsabilidad. De esperanza en un mejor mañana. Golda, quien hizo Tikún Olam cada día de su existencia, abonando el camino con los valores más puros que permiten soñar y alcanzar una sociedad más justa y ética. Golda, protagonista del renacimiento judío y de la creación del Estado de Israel. Golda que quiso tender su mano de paz y prosperidad a las naciones árabes circundantes.
Mayer Zaga, quien ha destinado su vida a hacer Tikún Olam como orgulloso mexicano y sionista, hoy cortará el listón de este nuevo Auditorio Golda Meir. Mayer, de origen sirio judío, ha sido un pilar visionario e inspirador.
Un jefe de la tribu en nuestro yishuv judío mexicano, expresidente de la Alianza Monte Sinaí e impulsor de un sinfín de instituciones y proyectos de largo aliento: educativos, de ayuda social, de resolución de conflictos y para preservar la memoria.
A Mayer, soñador en grande, lo han apodado el “presidente oficial de las causas perdidas” porque da sentido a lo que nadie se atreve a asumir y que él logra revertir. Contribuyó con otros protagonistas comunitarios a la construcción y consolidación del Centro Social de Fuente de la Huerta, del Colegio Monte Sinaí en Loma de la Palma, del Centro de Documentación e Investigación Judío de México en la colonia Roma, fue parte del equipo que logró la ampliación del terreno del Panteón Monte Sinaí al doble de su tamaño. Asimismo, contribuyó activamente a sacar a los judíos de Siria en tiempos de Hafez el Assad.
En lo laboral, fincó raíces profundas en el gremio textil creando una de las hilaturas más grandes e importantes de México y América Latina. Fue presidente de la Cámara Nacional de la Industria Textil, directivo de Concamín y, con convicción de mejorar el mundo, impulsando una vez más el credo de Tikún Olam, transformó Tepeji del Río brindándoles educación, empleo y formación a miles de colaboradores mexicanos que han laborado en su industria.
Por su don de gente, por ser un hombre cabal, Mayer, un eterno insatisfecho, ha gozado del respeto de líderes sindicales, diputados e inclusive de presidentes. Organizado, disciplinado y tenaz, temeroso de que el tiempo se agota, vive con prisa para seguir gozando, para seguir emprendiendo causas que permitan alcanzar un México más justo y menos polarizado. También un Israel de paz que brinde futuro al pueblo judío, que mantenga la esperanza en el futuro y que sea faro de luz e intercambios de prosperidad para todo el Medio Oriente.
Su ejemplo visionario, su amor a los imposibles, seguirán siendo nuestra inspiración.
Ahora bien, son la ciencia y la filantropía quienes hoy nos convocan. Aaron Ciechanover, Premio Nobel de Química a quien recientemente entrevisté —cuyo hallazgo de la ubiquitina fue un parteaguas para entender el cáncer y las enfermedades mentales como el Alzheimer el Parkinson, y quien trabaja hoy en el Instituto Rappaport de Investigaciones Médicas del Technion que él contribuyó a fundar, donde está en proceso de probar nuevos medicamentos que servirán de cura a todos los tipos de cáncer—, me dijo compartiendo el pan y la sal en su casa en Cesárea, Israel:
“Para mí, la ciencia y la tecnología son el lenguaje de la paz. El juego se llama: colaboración. La ciencia debe de estar siempre abierta para impulsar lazos de colaboración y todos deberíamos esforzarnos para que el conocimiento y la capacidad de sanar penetren en todos los niveles, para que sean de fácil acceso en todos los países del mundo…”
Ese es lo que ustedes, con vocación de Tikún Olam, hoy inician aquí con esta Asociación Médica México-Israel: estrechan los lazos para que ninguna política primitiva ideológica mine el progreso de la humanidad. Para seguir contribuyendo al conocimiento y al avance del mundo sin absurdas distinciones nacionalistas, sin ningún odio de por medio.
Los felicito por incentivar el mejor credo de la humanidad: el del conocimiento compartido, para que la ciencia, la tecnología, los programas de prevención y los medicamentos lleguen a todos los rincones del mundo sin distinción. Hoy, a nuestro México. Hoy, cuando Israel tiene tanto que aportar en investigación y progreso científico. Hoy que, como siempre, estamos hermanados en este espacio de tiempo en el que nos ha tocado coincidir.
Enhorabuena y muchas felicidades.
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