La Colección Gelman: el legado judío del arte mexicano que hoy se disputan México y España

Una pareja de inmigrantes judíos que huyó de la persecución nazi construyó uno de los acervos de arte moderno mexicano más importantes del siglo XX. Casi cuatro décadas después de la muerte de sus fundadores, esa herencia —que incluye algunas de las obras más célebres de Frida Kahlo— se encuentra en el centro de una disputa entre coleccionistas privados, el Banco Santander y un colectivo ciudadano que exige que las piezas permanezcan en México.

Cuando Jacques Gelman llegó a México en 1938, no imaginaba que ese país, elegido casi por azar como refugio ante el avance del nazismo en Europa, terminaría convirtiéndose en el escenario de una de las historias de coleccionismo artístico más fascinantes —y hoy más controvertidas— del siglo XX.

Gelman había nacido en 1909 en San Petersburgo, en el seno de una familia judía acomodada que, tras la Revolución de Octubre de 1917, se vio obligada a emigrar a Alemania. Ahí estudió cine antes de trasladarse a París, donde fundó una empresa distribuidora de películas. Cuando la persecución nazi hizo insostenible la vida judía en Europa, Gelman viajó a México para abrir una filial de su negocio y, dada la gravedad de la situación en el continente, decidió quedarse de forma definitiva.

En la Ciudad de México conoció a Natasha Zahalka, una emigrante judía nacida en 1911 en Prostějov, entonces parte de Checoslovaquia. Ambos se casaron en 1941 y, con el paso de los años, adoptarían la nacionalidad mexicana. El país que los había acogido como refugiados se convertiría también en el objeto de su pasión más duradera: el arte.

Jacques y Natasha Gelman

De Cantinflas al mecenazgo artístico

La fortuna que permitió a los Gelman convertirse en dos de los grandes coleccionistas del siglo pasado tuvo un origen inesperado: el cine mexicano. Jacques se asoció con el productor Santiago Reachi y con un joven cómico llamado Mario Moreno, “Cantinflas”, con quien produjo una larga serie de películas exitosas a través de la compañía Posa Films. Ese éxito comercial le dio a Gelman los recursos —y las relaciones— para adentrarse en el círculo de los grandes artistas mexicanos de la época.

Todo comenzó, según distintos relatos, con el encargo que Jacques hizo a Diego Rivera en 1943 para retratar a Natasha. Poco después llegaría un retrato de Frida Kahlo, y a partir de ahí el matrimonio fue construyendo, con paciencia y buen ojo, una colección que terminaría por reunir piezas de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, María Izquierdo, Rufino Tamayo, Gunther Gerzso, Leonora Carrington y, de manera muy destacada, Frida Kahlo, de quien llegaron a reunir hasta 18 obras: uno de los conjuntos más importantes de la pintora en manos privadas en cualquier parte del mundo.

Los Gelman no se limitaron al arte mexicano. Durante las décadas siguientes reunieron también una notable colección de vanguardia europea, con piezas de Renoir, Matisse, Kandinsky, Modigliani, Picasso, Braque, Dalí, Balthus y Miró, así como un tercer acervo, menos conocido, de arte precolombino. Fue esa amistad genuina con los grandes artistas —Rivera, Kahlo, Tamayo, Gerzso— la que convirtió a la pareja en verdaderos mecenas, más allá de simples compradores de arte.

Parte de la colección Gelman

Un testamento incumplido

Jacques Gelman murió en 1986. Al fallecer Natasha en 1998, la colección europea —81 obras— fue donada, tal como ella lo había dispuesto, al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (The Met), en lo que en su momento representó la donación de arte moderno más importante que esa institución había recibido.

Para la parte mexicana de su legado, Natasha tenía otro plan: que las obras permanecieran unidas y se exhibieran en una institución en México, tal como lo estipuló en su testamento.

Ese deseo nunca se cumplió del todo. El curador estadounidense Robert Littman, designado albacea, creó en 1999 la Fundación Vergel para administrar el acervo. Bajo su gestión, la colección itineró por distintos recintos —el Museo del Barrio en Nueva York, la Fundación Mona Bismarck en París— y entre 2004 y 2008 encontró un hogar temporal en el Centro Cultural Muros, en Cuernavaca, construido especialmente para albergarla.

Gerardo Estrada, quien fuera director del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) entre 1992 y 2000, reconoció en entrevista con Milenio que el gobierno mexicano tuvo, en aquellos años, la oportunidad de adquirir la colección completa por un monto cercano a los 200 o 300 millones de dólares, pero que México “no tenía los recursos” para concretar la compra.

“La Colección Gelman debió quedarse en México; nosotros la queríamos, pero no se tenían los recursos”, declaró Estrada, quien además lamentó que las autoridades de Bellas Artes hayan permitido que el acervo volviera a salir de circulación institucional en el país.

A partir de 2008, una cadena de litigios legalesincluidas disputas con un supuesto sobrino de Natasha y con el hijo de Cantinflas, que reclamaban derechos sobre la herencia— llevó a que la colección desapareciera parcialmente del ojo público. Durante años, buena parte de las obras permanecieron fuera de México, itinerando por museos internacionales, hasta que en 2023 se conoció que Marcelo Zambrano Alanís, empresario ligado a la cementera CEMEX y miembro de una reconocida familia de Monterrey, había adquirido el conjunto.

Charla sobre la colección Gelman

Santander toma las riendas

El 21 de enero de 2026, directivos del Banco Santander anunciaron en Madrid un acuerdo de gestión a largo plazo con la familia Zambrano para administrar 160 de las piezas del acervo, que a partir de entonces pasó a llamarse oficialmente Colección Gelman Santander.

Según informó el consejero delegado del Grupo Santander, Héctor Grisi, la Fundación Santander se encargaría de la conservación, la gestión museográfica y la difusión internacional del conjunto, en un acuerdo respaldado —según el banco— por la Secretaría de Cultura de México y el INBAL.

En febrero de ese mismo año, 68 piezas emblemáticas de la colección, incluidas diez obras de Frida Kahlo, se exhibieron en el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México bajo el título Relatos modernos, en lo que se convirtió en la exposición más visitada en la historia del recinto. Alejandra de la Paz, directora del INBAL, explicó entonces que la colección seguía siendo, formalmente, “una colección mexicana en manos de mexicanos”, ya que Santander únicamente se encarga de la logística, los seguros y las gestiones museísticas, sin ser propietario de las obras. De acuerdo con la institución, 27 piezas de la colección cuentan con declaratoria de Monumento Artístico bajo la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, lo que en teoría obliga a que su salida del país sea temporal y supervisada.

Al cierre de la exhibición en el MAM, una selección de las obras viajó a España para la inauguración, el pasado mes de junio, del centro cultural Faro Santander, en la ciudad de Santander, instalado en el histórico Edificio Pereda. En medio de la polémica por la salida prolongada del acervo, la secretaria de Cultura federal, Claudia Curiel, reveló que están en marcha negociaciones para que la colección regrese a México en 2028, en esta ocasión con destino al Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Se trata, hasta ahora, de un entendimiento en proceso —no de un compromiso cerrado ni de fechas ni condiciones definitivas.

“Retrato de Natasha Gelman”, de Diego Rivera

La sociedad civil exige respuestas

El anuncio no ha estado exento de polémica. Un colectivo ciudadano autodenominado “Defendamos la Colección Gelman” lanzó en julio de 2026 una petición pública dirigida a la Secretaría de Cultura, al INBAL y a la Fundación Santander, exigiendo que el acervo tenga su sede principal en México y no en España. El colectivo sostiene que nunca en la historia se había autorizado la salida de obras declaradas Monumento Artístico por un periodo indefinido, y que el caso de la Colección Gelman representa una excepción sumamente irregular respecto al límite habitual de dieciocho meses.

Según el texto de la petición, aunque las obras pertenecen a coleccionistas privados —como fue el caso del propio matrimonio Gelman—, la ley mexicana establece que las piezas declaradas patrimonio artístico nunca pierden su condición de bienes tutelados por el Estado, sin importar en manos de quién se encuentren. El grupo ha señalado también que, de las apenas obras de Frida Kahlo disponibles en colecciones públicas mexicanas, la Colección Gelman por sí sola concentra un número de piezas de la pintora muy superior a lo que actualmente exhiben los museos del país, lo que consideran una razón adicional para que el acervo se quede en México de manera permanente.

El colectivo ha cuestionado además el papel de Robert Littman como albacea, a quien acusa de haber incumplido las disposiciones testamentarias de Natasha Gelman al vender la colección en lugar de depositarla en una institución mexicana, y ha criticado al INBAL por, según afirman, no haber ofrecido explicaciones claras sobre las condiciones bajo las cuales se autorizó la salida prolongada de las obras.

Un legado que sigue vivo

Más allá de la disputa legal y patrimonial, la Colección Gelman representa hoy uno de los testimonios más elocuentes de cómo la experiencia judía de la persecución y el exilio terminó entrelazándose de manera profunda con la identidad cultural mexicana.

Jacques y Natasha Gelman llegaron a México huyendo de la barbarie nazi, encontraron ahí no solo refugio sino una nueva patria, y con su mecenazgo contribuyeron a consolidar y proyectar internacionalmente a algunos de los artistas más importantes de la historia del arte mexicano.

Que su legado se debata hoy entre México y España, entre lo público y lo privado, entre la memoria de sus fundadores y los intereses financieros de sus actuales gestores, es también una forma de recordar que el patrimonio cultural —como la propia historia de sus creadores— rara vez pertenece a un solo lugar.

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