Los días de pesares no acababan. Como todos los vendedores ambulantes, Moisés Finkler cargaba su mercancía y recorría las calles en busca de sustento. Iba de casa en casa ofreciendo sus artículos hasta que un día, de una puerta entreabierta, salió corriendo un enorme perro. Antes de que pudiera reaccionar, el animal se abalanzó sobre él y le enterró los colmillos en la mano.
El dolor lo hizo caer al suelo, y el perro, enloquecido, lo soltó solo para lanzarse de nuevo sobre su pecho. Sus afilados dientes desgarraron la delgada camisa que llevaba puesta, y los gritos desesperados de Finkler alertaron a los vecinos, que corrieron a socorrerlo. Entre varios lograron alejar al animal, pero no antes de que le arrancara parte de una oreja. Finalmente, mataron al perro, y Finkler quedó tendido, ensangrentado y maltrecho.
Lo llevaron de inmediato al hospital, donde le suturaron las heridas y le dijeron que el perro tenía rabia. El doctor le ordenó que acudiera diariamente para recibir las inyecciones contra la hidrofobia, pero Finkler, obligado a salir a trabajar para ganarse la vida, faltó a varias sesiones del tratamiento.
Treinta días después, comenzó a sentirse extraño.
El último domingo que lo vieron, se notaba decaído y amargado. “Siento un fuerte dolor bajo el corazón y no puedo tragar ni una gota de agua”, confesó. Por la noche intentó beber un poco de leche, pero el líquido se le atascó en la garganta. A la mañana siguiente, se presentó en el hospital, donde el médico confirmó lo peor: la rabia lo había vencido y su vida estaba en peligro.
La noticia corrió rápidamente entre la comunidad judía de Monterrey. Se reunieron en casa de Shafir, buscando una solución ante la tragedia.
—Hermanos, el doctor nos ha dado la amarga noticia: Finkler no sobrevivirá. Solo podemos asegurarnos de que sea enterrado según nuestra tradición. Como ya somos varios, debemos tener nuestro propio panteón.
Ahí mismo, entre todos se reunió una suma de dinero para comprar un terreno.
Finkler, al ver a sus paisanos cerca de él, le dijo su última voluntad: —Les pido que me entierren según la costumbre de nuestro pueblo, que recen el Kadish por mí y que *nadie trabaje el día de mi entierro. Vendan mis cosas y envíen el dinero a mis padres.
Los días siguientes fueron de agonía. Finkler, consumido por la rabia, oscilaba entre la lucidez y el delirio. Una tarde gritó: “¡Estoy envenenado! ¡No se acerquen! Ustedes no han venido a verme, sino a confirmar si sigo respirando. ¡Váyanse, vampiros!”. Su sufrimiento era insoportable. Los médicos le administraron morfina para calmar su tormento.
Así fue su fín.
El primer entierro
Siguiendo las tradiciones, lavaron su cuerpo y lo colocaron en un ataúd sencillo y colocaron una Estrella de David de madera en la superficie. —Su alma ha ido directo al paraíso, —susurró alguien.
A las tres de la tarde, la carroza fúnebre llegó en medio de un silencio sepulcral. Los jóvenes, quienes habían llegado a la ciudad llenos de esperanza, ahora cargaban con su propio dolor. —Pobre Finkler, —dijo uno. —Sufrió días enteros de horribles dolores.
La procesión avanzó hasta el cementerio. Con las cabezas gachas, los acompañantes dejaron caer puñados de tierra sobre el ataúd.
Se recitó el Kadish y, entre lágrimas, reunieron una última colecta para enviar a los padres del difunto.
Así, Moisés Finkler se convirtió en el primer judío enterrado en aquel panteón. Un hombre que, pese a la adversidad, no murió solo, sino arropado por su comunidad, con el honor de ser despedido según su fe.
*Hasta hace algunos años, cuando alguien de la comunidad fallecía, el club permanecía cerrado y las actividades se cancelaban.
100 Años de Historia y Tradición
La Comunidad Judía de Monterrey invita cordialmente a conmemorar un siglo de presencia, legado y unión.
Un encuentro para honrar el camino recorrido y reflexionar sobre el futuro.
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