A mucha gente le resulta un absoluto misterio qué es lo que está haciendo Trump con las dos principales guerras que hay en este momento. ¿Se puede estar en contra de Irán pero a favor de Rusia, cuando es más que sabido que estos dos países han sido aliados? Trump dice que sí o, por lo menos, eso parece.
En los últimos años no ha habido un presidente que se jacte más de su lealtad y compromiso con los Estados Unidos, que Donald Trump. Su mensaje ha tenido éxito, y toda una nueva oleada de “patriotas” están saliendo de su letargo y ondeando con orgullo la bandera del MAGA: Make America Great Again.
Cualquiera que conozca un poco de historia entiende, sin problemas, que eso pone a Trump y su gobierno en una postura abierta y decididamente pro-israelí. Hasta ahí vamos bien. Pero ¿no debería ser esa la misma razón para asumir una postura pro-ucraniana? A fin de cuentas, Rusia e Irán, los enemigos de Ucrania e Israel respectivamente, son aliados.
Pero no. Para sorpresa de muchos, la postura de Trump es abiertamente hostil hacia Ucrania, y hay quienes incluso afirman que Putin —por alguna extraña razón— tiene sometido y controlado al presidente de los Estados Unidos.
Eso es totalmente incorrecto. En primera, porque si vamos a hablar de negociaciones serias, Rusia no tiene en este momento con qué competir con los Estados Unidos. Ni económica ni militarmente. Esto último, debido al terrible desgaste que le ha provocado una guerra que no ha podido ganar. Y, en segunda, porque si Trump realmente estuviera al servicio de Putin —controlado y sometido—, habría defendido los intereses del tirano ruso, y eso lo habría llevado a detener su asedio contra Irán y sus aliados, y a defender los intereses rusos en Siria (mismos que se desmoronaron; con el cambio de régimen, Putin perdió el invaluable puerto de Tartús y, con ello, la influencia rusa en el Mar Mediterráneo).
El asunto va por otro lado. Si quieres entender la coherencia en la postura de Trump, hay que dejar de observar la política y ponerle atención al dinero.
Recuerda: en estos asuntos, no hay amigos ni enemigos; sólo intereses.
Todo el meollo radica en entender qué es lo que quiere Trump. Ferviente creyente en el capitalismo estadounidense, enamorado de la libre empresa y los gobiernos poco o nada intervencionistas, a Trump no le tocó vivir una época sencilla para el liberalismo económico. Desde hace por lo menos cuatro décadas, el mundo —incluyendo a los Estados Unidos— se ha decantado por políticas más de izquierda. Gobiernos que controlan “las áreas estratégicas” de la economía, programas sociales que tratan de “redistribuir la riqueza”, políticas económicas definidas o redefinidas en función de intereses “humanitarios”, y cosas por el estilo.
Suena lindo, en principio, pero la realidad es que es carísimo, y no hay estado que soporte ese tipo de políticas duarante mucho tiempo.
En términos generales, el mundo entero está llegando a un colapso económico resultante de ese tipo de políticas que requieren de un gasto gubernamental enorme, mismo que se logra gracias a dos cosas: altas presiones fiscales para la ciudadanía, o una emisión descontrolada de moneda circulante. Las cargas fiscales excesivas inhiben el desarrollo y la innovación; el exceso de moneda circulante devalúa su valor y provoca inflación.
Trump, desde su muy particular punto de vista, está comprometido con un esfuerzo para empezar a corregir eso. ¿Cómo? En primera, cancelando lo que él y su equipo (lidereado por Elon Musk) consideren gastos innecesarios. Y, en segunda, atrayendo las inversiones a los Estados Unidos.
En esto último está la clave de todo: durante décadas, los Estados Unidos modelaron una política económica en la que las empresas salieron de ese país para poner sus fábricas en otros lugares más económicos —tanto en gastos operativos como en capital humano— para poder reducir los costos de producción.
Dado el caos mundial, Trump ha decidido que quiere esas empresas y esos empleos de regreso en los Estados Unidos.
Para eso es su aparente “guerra de aranceles”. Y no es que no exista esa guerra, sino que ese no es el objetivo de Trump. Los aranceles no son un fin, sino una herramienta con la que Trump está provocando que el comercio internacional se vuelva más caro. ¿Por qué lo hace? Porque quiere hacer de los Estados Unidos el país más atractivo para los inversionistas. Sí, los precios van a subir en todos lados, y también en la Unión Americana, pero esto se compensara con la creación de empleo, la reducción de impuestos y, más a la larga, la automatización de procesos (es decir, la sustitución de empleados por máquinas o robots).
Lo de Ucrania e Israel debe entenderse en el mismo concepto. ¿Para qué abandonó a Ucrania, regalándole a Putin una victoria que por sí mismo nunca habría conseguido? Para que Europa tenga que absorber los gastos de su defensa. Alemania, y otros países detrás de ella, ya han anunciado ambiciosos planes para invertir en defensa y seguridad nacional. Y ya han aclarado, además, que para costear esos gastos recurrirán a nueva deuda pública. Por supuesto, agregaron que se endeudarán en un nivel que no sólo permita financiar a sus ejércitos, sino también invertir en infraestructura para reactivar la economía.
El viejo mito de que la obra pública hace resucitar a las economías languidecientes.
Lo único que va a pasar —y muchos economistas ya lo están advirtiendo— es que Europa va a meterle más estrés a sus finanzas, y todo se va a tener que resolver con más carga fiscal, que es el panorama que más pánico le causa a los inversionistas.
¿Resultado? Cualquier cantidad de empresas están volteando hacia los Estados Unidos, que se sabe lo suficientemente rico como para poder absorber los golpes inmediatos. Así, en apenas dos meses de gestión, Trump ya logró compromisos empresariales para que se inviertan mínimo 170 mil millones de dólares frescos en los Estados Unidos. Se calcula que eso generará unos 100 mil empleos nuevos en los próximos dos o tres años.
Ucrania no le aporta gran cosa a ese plan. Al contrario: obligando a Europa a absorber todo el costo de esa guerra, Estados Unidos se consolida como el lugar más atractivo para invertir.
Con Israel es distinto. La inevitable debacle de los ayatolas y sus aliados están gestando el nacimiento de un nuevo Medio Oriente, y lo más lógico es que este vaya a integrar una nueva región económica. Algo similar a la Unión Europea, pero dirigido por Israel y Arabia Saudita. Líbano y Siria ya están bajo presión diplomática para firmar la paz y unirse. Si caen los ayatolas, un nuevo régimen iraní también estaría listo para integrarse a este proyecto.
Trump sale lo que puede valer, en dinero, esta nueva realidad. Por eso no sólo no quiere interrumpirla, sino que quiere ser parte de ella.
Esa es la lógica para convertir a Gaza en un nuevo estado de la Unión Americana. Esa es la razón por la cual hay que tomar muy en serio sus advertencias de anexión.
Sí, la parte odiosa es que Trump se comporta con unos o con otros a veces como amigo, a veces como si el mundo fuera desechable para él.
Pero ya lo dije: no hay amigos ni enemigos, sólo intereses.
Y, por el momento, los intereses de Estados Unidos pasan por un pleno apoyo a Israel, y un trato duro y despiadado a Ucrania.
La única buena noticia para Israel es que esos intereses no van a cambiar en mucho tiempo.
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