La nueva versión de Trump es notoriamente más peligrosa que la de 2016-2020. Rodeado de un gabinete más agresivo y asertivo, en menos de un mes ha colocado todas sus fichas sobre el tablero para volver a posicionar a los Estados Unidos como la máxima potencia mundial. Y tiene todo para lograrlo.
Trump siempre ha sido el tipo de estratega al que le gusta navegar con bandera de torpe. Lo ha logrado. Mucha gente lo considera tan insensato como incompetente, y acaso ahí es donde más peligroso resulta el actual presidente de los Estados Unidos. Hace y dice cosas provocativas y a veces absurdas, pone a todo el mundo a bailar a ese ritmo, y mientras se dedica a resolver lo que realmente le interesa sin que la mayoría de la gente se dé cuenta.
Sus últimos movimientos en el plano internacional lo demuestran. Está apostándole a un juego de carambola de varias bandas, y la lentitud en la reacción de sus oponentes le está ayudando a consolidar una ventaja que, muy probablemente, no le van a poder quitar.
Su primer movimiento estrambótico fue el anuncio de aranceles a sus vecinos Canadá y México y, por supuesto, también a China. Luego vino todo el esfuerzo por desmantelar a USAID, FEMA y otras agencias del gobierno estadounidense encargadas de repartir dinero por todos lados. Siguió el sorpresivo plan de que Estados Unidos se adueñe de la Franja de Gaza para convertirla en base militar y centro de desarrollo económico internacional. Y ayer remató con el anuncio de que prácticamente le va a regalar la victoria a Rusia en su guerra con Ucrania (victoria que Rusia no pudo lograr por sus propios méritos en tres años).
¿A qué está jugando Trump? Si crees que todo lo anterior fueron insensateces y nada más, estás pasando muchas cosas por alto.
Empecemos desde las concesiones que prometió a Rusia. En resumen, Trump considera que la guerra con Ucrania debe terminar, que Ucrania no va a recuperar su territorio (es decir, Rusia se va a quedar con el Donbas), y tampoco será admitida en la OTAN.
¿Qué interés puede tener Trump en hacerle tantas concesiones a Putin, toda vez que es evidente la debilidad rusa? Sencillo: Rusia todavía tiene intenciones de negociar con el nuevo gobierno sirio una presencia militar en el puerto de Tartús, el sitio desde donde Rusia hacía presencia (e influencia) en el Mar Mediterráneo. Trump quiere tomar posesión de Gaza e instalar una base militar allí. Lo lógico sería suponer que Trump estaría intercambiando el Donbas ucraniano por el Mar Mediterráneo. Que Putin se dé por bien servido quedándose con la zona oriental de Ucrania, pero que acepte que el Mediterráneo ya lo perdió, y que ahora le va a pertenecer a Estados Unidos.
Eso, por supuesto, no le conviene a Ucrania. Pero Trump también hace negocios con Zelensky, y ahí el tema crucial son los minerales raros (litio, titanio, lantano, escandio, itrio, uranio, grafito, níquel y cobalto; muchos de ellos se usan con fines militares) que abundan en ciertas zonas de Ucrania, y que nadie ha explotado. Si Ucrania hace un arreglo con Trump para que Estados Unidos se encargue de la minería en la zona, entonces se evita el mayor peligro para Zelensky: que Putin, fiel a su costumbre de siempre traicionar los acuerdos de paz, se tome el Donbas ahora y se prepare para volver a atacar después. Si los intereses estadounidenses están presentes en Ucrania —sobre todo en algo tan importante como esos metales— Rusia no va a tener campo abierto para volver a atacar.
Negocio fácil: gana Gaza, gana el Mediterráneo, gana metales raros, y no entrega nada propio, sino al Donbas ucraniano. Abusivo, el señor.
¿Y es seguro que se pueda quedar con Gaza? Egipto y Jordania pegaron el grito en el cielo y dijeron tajantemente que no, aunque el rey Abdallá de Jordania luego se dobló tras una charla particular con Trump. El embajador de los Emiratos Árabes Unidos en Estados Unidos ya admitió que, por el momento, no hay un mejor plan que el de Trump (es decir, que Estados Unidos se anexe Gaza). Y los saudíes, más allá de algún posicionamiento previsiblemente en contra, no parecen interesados en armar mucho jaleo con el tema.
El asunto es más sencillo de lo que muchos quisieran admitir: Gaza es un problema para el mundo árabe. Los palestinos, sociedad tóxica por definición, han sido un barril sin fondo que se ha chupado miles y miles de millones de dólares inútilmente, y la perspectiva de que vuelvan a reconstruirse para que todo igual —incluyendo a Hamas al mando— no le interesa a nadie (menos a Israel).
Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir directamente? Para Arabia Saudita y las demás monarquías sunitas eso sería un dolor de cabeza. Algo así como ganarse el tigre de la rifa. De pronto, aparece Trump diciendo “yo me encargo”, y su solución pasa por mandar a los gazatíes a otro lado. Es lógico que todas las coronas árabes van a estar de acuerdo, aunque por corrección política no lo van a decir. Les resuelve el problema y les ayuda a no involucrarse.
Si Egipto y Jordania se pusieron histéricos, fue sólo porque, al ser los vecinos de los palestinos, serían quienes los recibirían en sus territorios al inicio de su evacuación, y eso es algo que no les agrada. Su miedo o pánico llegó a tal punto que Egipto se comprometió a armar un plan para reconstruir Gaza junto con los demás países árabes —lo que los demás países árabes no quieren hacer— con tal de garantizar que los gazatíes se queden en su lugar.
No estoy seguro de que Estados Unidos vaya a aceptar. Gaza, potencialmente hablando, se puede convertir en un centro de actividad económica como Dubai, Singapur o Shanghái, y para Estados Unidos representa la posibilidad de estar metido directamente en los negocios de un Medio Oriente que se va a enriquecer con el eventual e inevitable Acuerdo de Abraham que se firmará entre Israel y Arabia Saudita. De hecho, anexando Gaza, Estados Unidos va a ser parte del Medio Oriente. Muy tentador.
Ni qué decir de la base militar que planea poner allí. Con ello, Estados Unidos se adueña del Mar Mediterráneo, y en las narices de Europa.
¿Cuánta oposición puede poner la vieja, lenta y parsimoniosa Europa? No mucha. De por sí, su situación económica es difícil. No están en sus mejores momentos. A eso hay que agregar que Estados Unidos va a reducir sus aportaciones a la OTAN (o incluso hasta podría abandonarlos), y eso obligará a los países europeos a gastar más en su propia defensa (cosa que deberían haber hecho desde hace mucho).
Lo interesante está en esto: es casi seguro que Zelensky no va a aceptar el trato que Estados Unidos ha armado con Rusia. Justo hoy declaró que Ucrania no va a tolerar una “solución” impuesta bilateralmente y desde afuera.
¿Eso qué significa? Que la guerra sigue. Estados Unidos va a retirar su apoyo, pero Europa lo va a consolidar. El conflicto se mantendrá como un Europa vs. Rusia en territorio ucraniano, y eso va a abundar en el desgaste tanto de europeos como de rusos. Ninguno de los dos lo va a pasar bien, aunque es claro que la desventaja la lleva Rusia.
Y si Europa y Rusia se desgastan con ese conflicto ¿quién termina ganando? Es obvio: Estados Unidos. O Donald Trump, para ser más precisos.
Mientras tanto, su política de imponer aranceles a México, Canadá y China parece tener un propósito muy bien pensado: restar competitividad a la producción en estos tres países. Encarecer su comercio exterior.
¿Para qué? ¿No se supone que el que saldría más afectado sería Estados Unidos, justo porque al encarecer el comercio exterior de estos países, encarecerá los productos que les compra? Los primeros dañados serían los bolsillos de los estadounidenses que compran esos productos.
Sí, pero hay algo más detrás de eso. Lo que Trump está empezando a construir es un entorno en el que las empresas internacionales —y, sobre todo, las chinas— van a considerar más convenientes instalarse directamente en los Estados Unidos. En última instancia, no es algo reprobable. Digamos que Trump está diciendo “si quieres venderme tus productos, ven a fabricarlos aquí”. Y entonces China contesta “pero me resulta más barato fabricarlos en México o Canadá, y desde allí vendértelos”. Y entonces Trump resuelve: “Bueno, entonces me voy a encargar de que fabricarlos en México o Canadá te salga más caro”.
A China le conviene, siempre y cuando siga vendiendo sus productos. A Estados Unidos le conviene, porque el empleo se genera allá, el dinero se mueve allá, y los beneficiados son los que viven allá.
Make America Great Again. Ya puedes ver de qué se trata. Van por hacer de la suya propia la economía más pujante y exitosa del mundo, y de paso van a tomar posesión de todo el planeta.
Mientras, para garantizar la debacle ideológica de sus contrincantes (islamistas, demócratas woke, izquierdas a nivel mundial), Trump sólo tiene que cerrarles la llave. Extrañamente, mucho del dinero con el que se sostenían estos movimientos, salía de los Estados Unidos.
Repito: Trump está jugando una carambola de muchas bandas, pero está colocando las cosas de tal modo que tiene bastantes probabilidades de éxito.
Es lógico. Estados Unidos todavía es la principal potencia del mundo, así que todavía está en buen momento para imponer condiciones. Lo que le faltaba no eran recursos, sino voluntad y autoritarismo. Y eso, a Trump y a Vance le sobran.
El mundo tendrá que acostumbrarse a un nuevo orden global.
La verdadera era imperial estadounidense tal vez apenas esté comenzando.
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: @EnlaceJudio






