Tras casi 18 meses de guerra, muchas voces de la izquierda israelí en la oposición han vuelto a dar la voz de alarma, amenazando con una guerra civil y afirmando que el actual gobierno está desmantelando la democracia israelí.
En este momento, la oposición israelí solo genera agitación en un momento en que la unidad es fundamental. No ofrece otra opción, solo caos.
La semana pasada fue destituido Ronen Bar, jefe del Shin Bet (Agencia de Seguridad de Israel) y el último jefe de seguridad que quedaba directamente vinculado a los catastróficos fallos del 7 de octubre. Días después, el gabinete votó por unanimidad censurar e iniciar un proceso para destituir a la Fiscal General Gali Baharav-Miara.
Esta semana, es probable que la Knéset apruebe una legislación que modificará el proceso de nombramiento de los jueces del Tribunal Supremo y reestructurará el Colegio de Abogados.
En conjunto, estas medidas han provocado una reacción previsible. La oposición ha vuelto a su estrategia anterior al 7 de octubre: presentar cada reforma institucional como un golpe mortal a la democracia. Pero esta vez, están jugando esa carta en medio de una guerra en múltiples frentes.
En cualquier democracia funcional, una oposición fuerte y vocal no solo es esperable, sino vital. Mantiene a raya a los poderosos, introduce ideas alternativas en la formulación de políticas y ofrece a los votantes una alternativa real en las urnas. Ese es el ideal democrático. Y eso es precisamente lo que le falta a Israel.

Israelies se enfrentan con la policia durante una protesta contra la decision del primer ministro israeli, Benjamin Netanyahu, de despedir al director del Shin Bat Ronen Bar, en Jerusalen, el 20 de marzo de 2025. (Credito: YONATAN SINDEL/FLASH90)
Para la considerable proporción de israelíes que no ven al primer ministro, Benjamín Netanyahu, ni a su coalición como sus líderes preferidos, ni siquiera como una alternativa, las alternativas políticas son sorprendentemente limitadas. En lugar de una oposición responsable y centrada en los problemas, les queda un bloque radicalizado dispuesto a arrasar con la política si eso significa conseguir un lugar en la mesa después, publica The Jerusalem Post.
Esta no es una oposición política seria. Estos líderes no ofrecen ningún programa, ninguna visión ni un amplio atractivo. Su política no se basa en la crítica constructiva, sino en la provocación temeraria: una retórica explosiva que divide a la opinión pública, anima a los sectores marginales y prioriza la personalidad sobre la política.
¿Cómo sería una verdadera oposición en una democracia israelí sana? Para empezar, tendría argumentos sólidos, porque, siendo sinceros, el gobierno israelí adolece de muchas disfunciones y Netanyahu no las ha solucionado. En el mejor de los casos, las ha gestionado. En el peor, las ha manipulado. Una oposición madura no se obsesionaría con Bibi como la raíz de todos los males, sino que se centraría en la podredumbre estructural más profunda del sistema.
También rechazaría las victorias pírricas. En lugar de tildar a comunidades enteras de parásitos, elaboraría programas que integraran a la población religiosa de Israel con el servicio nacional de forma significativa y digna.
Cuando se proponga una reforma judicial, se abordaría, no con histeria ni eslóganes, sino con contrapropuestas basadas en principios. Reconocería las legítimas preocupaciones sobre un poder judicial irresponsable y ofrecería pesos y contrapesos basados en la lógica constitucional, no en argumentos.
Imaginemos una oposición que, ante una reforma judicial, respondiera no con tácticas alinskyistas (por Alinsky, un activista comunitario y teórico político estadounidense) ni campañas publicitarias financiadas desde el extranjero, sino con una agenda constitucional bien pensada. Imaginen que defendieran el principio de que un primer ministro en tiempos de guerra no debería pasar cinco horas al día en los tribunales.
Imaginen que defendieran las prerrogativas de la Knéset, independientemente de quién la controle. Imaginen una oposición que considerara el servicio militar un deber cívico, innegociable, por encima de la política.
¿Acaso Israel no merece ese tipo de liderazgo?
¿Está el país condenado a ser gobernado por una coalición mediocre tras otra simplemente porque la oposición es demasiado inmadura, está demasiado fracturada o es demasiado ideológica para ofrecer una alternativa creíble? Estar en la oposición es tan importante como ocupar un cargo.
Conforma el imaginario nacional. Define los límites del discurso aceptable. Establece el espectro del debate —la ventana de Overton— por el que deben pasar todas las políticas. Crea las posibilidades que la nación ve y revela las oportunidades que está desaprovechando.
En este momento, la oposición en Israel solo genera agitación en un momento en que la unidad es primordial. No ofrece otra opción, solo caos. Y ante eso, la opinión pública vuelve a recurrir a los mismos gestores políticos cansados, no porque estén inspirados, sino porque parece improbable que incendien la casa.
Ojalá Israel tuviera una oposición digna de su pueblo, digna de este momento.
El autor es cofundador de la Iniciativa Nacional Judía y ejecutivo del sector tecnológico.






