Y muchos hombres están de tal manera
constituidos por naturaleza,
que para ellos toda perfección es imposible.
Maimónides, Guía para perplejos
Vivimos en una época donde todo es ojos para afuera: entretenimiento, manía, agitación, destierro del aburrimiento, juego interminable de luces y colores e imposición incesante de sonido, ruido e imágenes. Nada de ojos para adentro. Nada de mundo interior. Nuestro societario defenestra la reflexión, la perspicacia, la inteligencia, el mundo emocional, la intuición y la búsqueda de opciones. O el sujeto está paralizado intoxicado por centenares e interminables imágenes de Tik-Tok, Instagram, Facebook y las mal llamadas “redes” o está condenado a un movimiento perpetuo del cual nada se puede entender o del que no se pueden sacar conclusiones.
En términos foucaultianos diría que esta modalidad de societario es ciertamente un modo de disciplinamiento en nuestros días. Por cierto, hay otros. Lamentablemente todos certeros y casi ninguno contrabalanceado por actividad instituyente en términos de Habermas.
Por otro lado se dice que el mundo se ha vuelto incomprensible, imposible de entender. Ideología por cierto también disciplinante pues impone la certeza de lo imposible de un entendimiento, que sin embargo hoy más que nunca se vuelve perentorio.
Se podría decir que no sabemos dónde estamos ni lo que hacemos, por lo que tampoco sabemos de dónde venimos y mucho menos a dónde vamos.
Y sin embargo este estado de incertidumbre no encubre sino varios fundamentalismos ideológicos que integran lo que se ha dado en llamar lo “políticamente correcto”, que no quiere decir sino que aquello que se cuestione de la ideología políticamente correcta genera rechazo, desprecio, ostracismo social, denigración ultraviolenta en los medios de comunicación, despido y hasta cárcel.
Ante lo anterior es muy difícil no vislumbrar que vivimos en un societario totalitario, que muestra rasgos iguales o muy semejantes a lo que Hanna Arendt entendía por tal término. Por supuesto decir esto puede generar perplejidad o asombro, pues es todo lo que contrario de cómo el societario actual se vislumbra: democrático, flexible, con plena agenda de derechos (en especial para las denominadas “minorías”) y con capacidad tecnológica y de progreso.
Pero, y sin embargo, por más aparentemente tolerante que el societario actual se imagine a sí mismo, el mismo es en verdad francamente y sin ninguna clase de pudores, antisemita. Por supuesto que si esto se dijera a los antisemitas los mismos tendrían reacciones de rechazo y perplejidad. Estas personas no se consideran antisemitas, se consideran en el lugar correcto, honesto y moral del mundo y desde allí blanden “denuncias” contra el “hostigamiento” judío, su “violencia” y su “arrogancia” contra los pueblos y en especial contra el “desgraciado” pueblo palestino.
En una época se podía distinguir a los antisemitas del resto del mundo. Hoy, lamentablemente, parece ser que ese resto del mundo es antisemita…
Ya he señalado que considero a este antisemitismo un antisemitismo en estado puro, es decir total odio y resentimiento sin necesidad ya de ningún “ropaje” ideológico. Es decir, se odia a los judíos porque se odia a los judíos y fin.
Ya no hay necesidad del Protocolo de los Sabios de Sión, ni la excusa del veneno judío en las hostias cristianas, ni de que los judíos dominan la banca, el dinero y los gobiernos, ni tampoco de que el sionismo propicia prácticas imperialistas, patriarcales y genocidas.
A mi entender nada de esto se puede cambiar. No hay forma que cambie
¿Y entonces?
La rabino Delphine Horvilleur señala recientemente al respecto una metáfora valiosa: hemos de pasar de los “puentes” a los “muros”, metáfora que me parece profunda y perspicaz.
Lo entiendo de este modo: desde el siglo XVIII en adelante (es decir: desde la Revolución Francesa en adelante), el movimiento emancipador judío entendía que normalizar al judaísmo era volver a los judíos igual ciudadanos e igual sujetos, que todos los ciudadanos y sujetos del mundo, mejor dicho: del Estado. Con esto, además se entendía que se resolvería la cuestión antisemita, la cual se daba por sentado, que se extinguiría con el paso de los años y el avance del Progreso.
Así la ideología emancipatoria es una ideología de “puentes”, de tender lazos, comunicación, de diálogos, de intercambio. Si eso implicaba además abdicar de la tradición hebrea, era un daño colateral que para muchos no era sino, tal vez, un daño menor.
Como sabemos la ideología emancipatoria fue falaz, hasta sorprendentemente ingenua. No solo por su confianza irrestricta en el Estado y el Progreso, sino por otro punto que a mi entender no ha sido claramente enfatizado: la intención de identificarse con un Sujeto (europeo, ilustrado, ciudadano, racional, moderno y libre de prejuicios) que en realidad no existía. No era ese el Sujeto promedio ni predominante en la Europa de aquellos siglos.
Es decir: la emancipación crea una figura idealizada y alucinada de un Sujeto que probablemente en realidad era confuso, lleno de irracionalidad, despreciativo de la modernidad, sumiso ante el Estado por efecto disciplinante y no de decisión y que siempre anheló poderes y potestades que el societario moderno le quitó y/o cercenó. Un sujeto pues, resentido y traumado que siglos después daría vítores y apoyo al movimiento nazi.
Cuidémonos pues de idealizaciones, ingenuidades y alucinaciones. Pues en realidad los puentes fueron siempre frágiles y bastó un poco de odio antisemita para que volaran por los aires.
La cuestión es pues actualmente otra: ¿cómo y hasta donde los judíos han de cuidarse y han de protegerse? Es decir si asumimos que hemos de pasar de los puentes a los muros, el debate no es en realidad en torno al muro, sino más bien sobre el ancho y largo qué ha de tener el mismo…
El mundo lamentablemente sea vuelto un lugar amenazante para los judíos.
Día a día hay provocaciones, profanación de cementerios, invasión de sinagogas, amedrentamientos, discursos y prácticas antisemitas en universidades, y burlas y sarcasmos en manifestaciones feministas o en cualquier acto de cualquier tipo en cualquier lugar del mundo. Los ejemplos se amontonan, pero si no fuera por medios de comunicación como Enlace Judío, jamás nos enteraríamos.
Una vez más: ¿cuál ha de ser el ancho y largo de estos muros?
Por supuesto esto no revela sino la necesidad de apelar a procesos paranoicos. Pero ¿cómo no estar paranoicos ante esta embestida antisemita que parece no tener fin?
Después del horror del 7 de Octubre, ¿Israel mismo no está obligado a una permanente paranoia?
Más allá de los avatares políticos por el cual se resuelva qué personas y organismos son responsables de la desgracia del 7 de Octubre, tal vez habría que pensar si Israel no se confió demasiado. Tal vez Israel quiso mirar para otro lado y eso es un lujo que no se puede dar: ni confiarse ni mirar para otro lado.
Esto se une a otras preguntas que quizás sea bueno ir reflexionando: ¿cuál es el futuro del judaísmo? ¿Y cómo y de qué manera nuestros descendientes se seguirán sintiendo orgullosos y dignos en su condición de judíos?.
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