Juntos Venceremos
jueves 04 de junio de 2026
Jessica Slovik

Jessica Slovik/ Israel: las grietas invisibles de un pueblo diverso

Estando en mi segundo viaje a Israel desde el 7 de octubre, sentí la necesidad de entender más a fondo las complejidades sociales del país. Me sorprendía cómo, siendo un país con mayoría judía, existiera tanta división de opiniones, tensiones internas y realidades paralelas. Este texto nace de esa inquietud: explorar las raíces del clasismo cultural entre judíos de distintos orígenes y cómo estas divisiones han moldeado la vida cotidiana en Israel.

JESSICA SLOVIK

Un Estado fundado por europeos

Tras la Segunda Guerra Mundial, miles de judíos de Europa del Este y Central —conocidos como ashkenazíes— emigraron al entonces Mandato Británico de Palestina. Cuando en 1948 se fundó el Estado de Israel, fueron ellos quienes lideraron las instituciones del nuevo país: los partidos políticos, el sistema educativo, el ejército y los medios de comunicación. Con una visión laica, socialista y occidentalizada, construyeron un modelo de nación inspirado en Europa, no en Oriente Medio.

Esta élite ashkenazí veía con desconfianza a los judíos que más tarde llegarían desde países árabes y del norte de África: mizrajíes y sefaradíes, provenientes de Irak, Yemen, Marruecos, Siria, Líbano, Túnez, entre otros. Para muchos, estos recién llegados no solo traían costumbres distintas, sino también acentos, prácticas religiosas y estéticas que no encajaban con el ideal moderno israelí. Así comenzó una división cultural que perdura hasta hoy.

Las diferencias en la vida cotidiana

Durante las primeras décadas del Estado, a las familias mizrajíes se les asentó en barrios periféricos o ciudades marginales, mientras que las poblaciones ashkenazíes se establecieron en centros urbanos con mejor acceso a empleo, servicios y educación. Esta segregación geográfica se convirtió también en segregación social.

En las escuelas, muchos niños mizrajíes eran canalizados hacia programas vocacionales, mientras sus pares ashkenazíes accedían a una educación académica de mayor nivel. A esto se sumaban burlas por su acento, su nombre, su comida o su color de piel. En los medios, los personajes mizrajíes eran estereotipados como gritones, supersticiosos o ignorantes, mientras que los europeos eran presentados como racionales y cultos.

Incluso en el terreno personal, las divisiones se notaban: los matrimonios mixtos eran mal vistos, especialmente por las familias ashkenazíes, que consideraban a los mizrajíes como una clase “inferior” dentro del mismo pueblo judío.

Heridas históricas

Más allá del rechazo cotidiano, hubo también injusticias que dejaron marcas profundas. En los años 50, cientos de niños yemenitas desaparecieron misteriosamente en hospitales, supuestamente dados en adopción a familias ashkenazíes sin consentimiento. A esto se suman experimentos médicos con radiación realizados en niños mizrajíes, y una política sistemática de exclusión en el mercado laboral y la vivienda.

Uno de los momentos clave fue la rebelión del barrio de Wadi Salib, en Haifa, en 1959. Luego de que un policía le disparara a un joven marroquí desarmado, estallaron protestas que fueron duramente reprimidas. Fue la primera gran expresión del descontento mizrají, una voz que por décadas había sido silenciada.

Una nueva identidad en construcción

Hoy, aunque Israel ha cambiado mucho, las cicatrices siguen presentes. Aún existen brechas económicas, educativas y de representación entre comunidades. Sin embargo, también ha emergido una nueva generación de artistas, activistas y políticos mizrajíes que están reclamando su lugar en la narrativa nacional.

Series como Zaguri Imperia y The Beauty Queen of Jerusalem, libros, música y festivales que celebran la cultura árabe-judía, están ayudando a recuperar el orgullo de estas raíces. Organizaciones comunitarias y partidos políticos como Shas han canalizado el descontento hacia el activismo y la acción social. Incluso en la alta cocina, chefs israelíes están revalorizando los sabores que antes eran marginados.

El camino hacia una verdadera igualdad aún es largo. Pero poco a poco, Israel empieza a reconocer que su riqueza no está en la homogeneidad, sino en la diversidad de sus raíces. Reconocer estas diferencias, hablar de las heridas, y abrir espacio para todas las voces, es quizás el mayor desafío de un país que, aunque pequeño, contiene muchas historias entrelazadas.

La autora es Maestra en Derechos Humanos, Directora de Tolerancia Activa, cohost del podcast Speak ESG y columnista en Revista Mundo Ejecutivo y Expansión.


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: @EnlaceJudio