Juntos Venceremos
sábado 18 de julio de 2026
pésaj

Seder de Pésaj en Monterrey

100 Años de Historia y Tradición
La Comunidad Judía de Monterrey invita cordialmente a conmemorar un siglo de presencia, legado y unión.
A todos aquellos que han formado parte de nuestra comunidad, que han vivido en Monterrey y que, de una u otra manera, siguen siendo parte de esta historia, les pedimos que nos ayuden a enriquecer este festejo.
Comparte con nosotros recuerdos, fotos, anécdotas y todo lo que tengas, para seguir construyendo nuestra memoria.

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Era el año 1031 y en una casa ashkenazí en la Ciudad de Monterrey, al Norte de México, la nostalgia pesaba como una loza, aunque era Pésaj.

Rivka se inclinó sobre la mesa sosteniendo la copa de Eliahu Hanavi con dedos temblorosos.

Sus ojos, enrojecidos por un llanto que no se atrevía a caer miraban el mantel bordado que había traído desde su hogar, era el único vestigio tangible de una vida que sentía cada vez más lejana. ¿Qué estarían haciendo sus padres, sus hermanos? ¿Tendrían matzá para cumplir la Mitzvah? Ella sabía lo que ocurría en las calles de Europa, las noticias, aunque atrasadas, eran muchas y poco alentadoras.

Detrás de ella, las paredes del sillar le eran ajenas, tan ajenas como la luna sobre Monterrey, tan distintas de las que había conocido en el shteitl donde las calles se llenaban de risas y olor a jalá en Shabat.

Eliezer suspiró. Sabía que todos estaban tristes, que la sombra de la distancia había convertido el Seder en un acto mecánico, un eco de algo que había sido vibrante y lleno de vida. El pan ácimo estaba sobre la mesa, horneado a las prisas con la harina que apenas habían logrado conseguir. El vino, un esfuerzo de la esposa del Señor Shafir, sabía más a sacrificio que a alegría. La casa estaba en silencio.

Los niños sentían el peso de la melancolía aunque no la comprendían. Ellos habían aprendido en la escuela con el Lerer Rapoport que Pésaj era una fiesta de libertad, que debían celebrar, que debían cantar.

Pero ¿cómo se canta cuando los ojos de la madre parecen mirar a través del tiempo y la tristeza se adhiere a los rincones como polvo que nadie limpia?

Fue Yankel, el más pequeño, quien rompió el silencio. Se subió a su silla, tambaleándose un poco, y con la voz quebrada por la duda pero con la valentía de quien no sabe de tristezas, entonó: “Ma nishtaná ha-laila haze…”.

Su hermanita Sarah lo siguió, luego Mendel, y de pronto la voz de los niños llenó el cuarto como una luz que se filtra por una grieta en la pared. No era un canto perfecto, pero era un canto sincero, un canto con tanta fuerza que hasta la tristeza se sintió avergonzada y salió por la ventana.

Rivka cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran al fin, no por tristeza, sino por algo que estaba más allá de ella, algo que su corazón recordó en ese instante:

No importa cuán lejos esté el hogar, mientras haya alguien que lo recuerde, alguien que cante, y entonces, no se habrá perdido del todo.

Eliezer miró a sus hijos y sintió un nudo en la garganta. Levantó su copa y, con una voz firme pero temblorosa, proclamó: ¡L’chaim! A la vida, porque aunque estemos lejos, aunque el dolor nos pese, seguimos aquí, y mientras sigamos continuemos, el seder, nuestras tadiciones, nuestras raíces no se perderá.

Y así, entre canciones y risas, el seder se volvió inolvidable!


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