“El antisemita no comprende
para nada la sociedad moderna; sería incapaz
de concebir un plan constructivo; su acción…, permanece en
el terreno de la pasión”
“Un hombre que considera natural denunciar a los hombres
no puede tener nuestra concepción de lo humano”
J. P. Sartre.
El ensayo “Sobre la cuestión judía” se escribió entre 1944 y 1945 y se publicó en 1946. Es un notable ensayo que llama la atención por sus comentarios llenos de inteligencia, tanto como por las torpezas que revela. El mismo está escrito en una prosa extraordinaria que recuerda a un ya antiguo mundo donde la sutileza y la complejidad del buen decir y el buen escribir se realzaba y valorizaba. El ensayo insistimos,está repleto de observaciones pertinentes, tanto como de análisis inteligentes e ingeniosos. Se recurrirá a algunos de ellos, pero no a la totalidad de los mismos.
Hago notar que hasta cierto punto el título del libro desea ser una continuación (¿o un homenaje?) del famoso opúsculo de Marx: “Sobre la cuestión judía”, escrito en 1844, es decir exactamente un siglo antes del ensayo de Sartre.
En aquel ensayo, Marx no se priva de hacer comentariosnada halagüeños acerca del judaísmo: “El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios” (p. 42), o: “La quimérica nacionalidad del judío es la nacionalidad del mercader, del hombre de dinero en general. La ley insondable y carente de fundamento del judío no es sino la caricatura religiosa de la moralidad y el derecho en general, carentes de fundamento e insondables, de los ritos puramente formales de que se rodea el mundo del egoísmo” (p. 43 y ss).
Como se ve, no le faltaban ganas a Marx de denigrar cómo sea y fuera la fe de sus antepasados, aunque hay autores que entienden, sorprendentemente, que para nada esto se debe tomar como manifestación de antisemitismo. Cosa muy difícil de sostener en una publicación que no pasa de la categoría de panfleto, en la tradición de la peor literatura antisemita.
En cambio, el ensayo de Sartre no es denigratorio, y por el contrario trata de ser amable con el pueblo judío. Sin embargo, como ya veremos, se puede establecer una línea de continuación en el pensamiento de ambos: allí donde Marx dice que la sociedad engendra al judío (“La sociedad burguesa engendra constantemente al judío en su propia entraña” (p. 42), Sartre dirá que el antisemitismo engendra al judío (“si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría” (p. 12).
Como el mismo Sartre sugiere, la idea de su publicaciónsurge a partir del silencio que se instaura en la sociedad francesa al retorno de los judíos luego de la segunda guerra mundial, las deportaciones, los crímenes y el Holocausto: “Hoy vuelven a sus casas los pocos de ellos que los alemanes no deportaron o asesinaron…los diarios consagran columnas enteras a los prisioneros de guerra, a los deportados. ¿Es que se hablará de los judíos? ¿Es que habrá de saludarse el regreso de los que lograron escapar, es que habrá de concederse un pensamiento a los que murieron en las cámaras de gas de Lublin? Ni una palabra” (p. 66).
A partir de esta indignación, Sartre inaugura un análisis lúcido y potente del antisemita y el antisemitismo, tratando de delimitar su carácter psicológico y su idiosincrasia social. Para ello elige, sin duda excelentemente, el siguiente punto de partida: “me niego a llamar opinión a una doctrina que apunta expresamente a determinadas personas y que tiende a suprimirles sus derechos o a exterminarlas” (p. 6). Con lo cual sustenta una hipótesis importante: el antisemitismo se diferencia mucho de un pensamiento. No es algo racional. No es producto de reflexiones ni de hechos. Es ante todo una pasión. Entra pues en la categoría de lo primitivo. Y agregaríamos nosotros: lo francamente regresivo, lo confusional y lo desorganizante.
Pero aunque fuera un pensamiento, Sartre advierte: “El antisemitismo no entra en la categoría de pensamientos protegidos por el derecho de libre opinión” (p. 9). Y agrega: “De ahí la conveniencia de prohibir por leyes permanentes las palabras y los actos que tiendan a desacreditar una categoría de franceses (aunque advierte): Pero no nos ilusionemos sobre la eficacia de esas medidas” (p. 137).
La descripción que hace entonces el autor del antisemita es francamente insuperable. Indica al respecto que en todo antisemita hay una predisposición al antisemitismo, revelando que ya antes de cualquier hecho real, ya existe previamente una cierta idea del judío, de su naturaleza y de su papel social. Son ideas preconcebidas, que hoy describiríamos como ideología totalitaria, a las cuales el antisemita ni quiere ni puede renunciar. Porque más allá del judaísmo, las ideas del antisemita revelan una idea global y general, tanto como inmodificable, del hombre en general, la historia y la sociedad; es, de esta manera, una concepción del mundo. Una concepción del Mundo que se impone radicalmente y que no admite cambios, flexibilidad ni opiniones.
De esta manera el antisemitismo es una ideología dura, rígida, totalitaria, y por ende: radicalmente mediocre. Y el antisemita, aunque odia al mundo, jamás lo manifiesta o explicita, por el terror y la cobardía que lo domina. De esta manera ha de utilizar un chivo expiatorio para depositar el odio al mundo en un sujeto colectivo, escapando de esta manera de retaliaciones y castigos por parte de ese mundo. De allí la famosa fórmula sartreana: si el judío no existiera,el antisemita lo inventaría (“Por eso el antisemita tiene la desgracia de necesitar vitalmente del enemigo que quiere extirpar de la nación” (p. 26).
Dicho de otro modo: lo esencial no es el “dato histórico” de cómo y por qué es como es el pueblo judío, sino la idea apriorística que los antisemitas se hacen del pueblo judío. Y esta idea revela siempre un estado apasionado, exaltado, inmodificable, lleno de odio. Como indica Sartre, es como la “permanencia de la piedra” (p. 17), revelando un sujeto que teme el cambio y la verdad. Y además un sujeto que disfruta transmitiendo odio, calumnias y denuncias. El antisemita no razona, sino que vive estados emocionales. En términos psicoanalíticos grupales, está dominado por las emociones primitivas de los grupos de supuestos básicos: odio, amor, sadismo ira, paranoia, persecución (Bion, 1961), aquellas emociones, como señala Sartre, que llevan al linchamiento y que implican, perversamente, “que sea divertido ser antisemita” (p. 43).
No hay pues forma de razonar con el antisemita, porque solo odia apasionadamente en forma de fe y porque desvaloriza las palabras y las razones. Agregaría por mi parte: cuánto más se le den argumentos, más el antisemita lo interpretarácomo un rasgo de debilidad. No es ese el camino. El antisemita solo busca generar miedo como proyección del miedo que él mismo siente frente al mundo y sus cambios. No entiende la ley y busca escapar de la misma (“quiere colocarse por encima de las leyes” (p. 28).
El antisemita denuncia, acusa, ataca, persigue. Pero no son opciones para él, pues en realidad no sabe hacer otra cosa que denunciar, acusar, atacar y perseguir. Y ya no puede hacer nada más. No hablará, no discutirá, no debatirá, no negociará. Es pues un mediocre. Pero no cualquier mediocre, sino alguien que se enorgullece de tal mediocridad. Es un hombre de rebaño, del cual jamás levanta la cabeza. Es pues (aunque Sartre no lo explicita) el hombre-masa por excelencia. Así, en rigor de verdad, no hay un antisemita, sino siempre varios-antisemitas. El “odio a los judíos”, señala certeramente Sartre, siempre se pronuncia en grupo.
El antisemita es además invariablemente nacionalista, siempre reivindica su arraigo milenario a Francia, a España, a México, ¿por qué? Para recordarle al judío que él siempre llegó después, que es siempre un invasor o un invitado, pero nunca un originario. Francia, España, México les pertenecena los franceses, españoles, mexicanos. Los judíos si algo tienen de esos territorios, seguro que es por robo, usura o sustracción. El judío es pues siempre el extranjero (recuerdo la novela de Camus al respecto), el inferior, el advenedizo.
Asimismo, el antisemita huye de la responsabilidad, indica Sartre, y ello explica también su comportamiento siempre en grupo, y agreguemos: siempre actúa en redes, siempre en pintadas en los muros de las casas y las ciudades, en la profanación de sinagogas, tumbas y personas, siempre en el anonimato del Otro que elude cualquier castigo y se vuelve entonces impune por antonomasia.
Por causa de esta pasión, para el antisemita el judío es el Mal: “todo lo que hay de malo en la sociedad (crisis, guerras, hambres, catástrofes y rebeliones) es directa o indirectamente imputable al judío” (p. 36). Por ende, se comprende la operatoria de su pensamiento mágico: si desaparece (extermina) al judío el Mal desaparecerá. Operación sumamente riesgosa, pues de esta manera el antisemita tendría que enfrentar todas aquellas maldades, conflictos e injusticias sociales que de ninguna manera corresponden al judío. Por ende, volvemos al párrafo precedente: el antisemita necesita urgentemente del judío no tanto o no solo para odiarlo, sino además -y fundamentalmente- para no odiar y entrar en conflicto con el Mundo.
Situación singular que augura el fracaso absoluto de cualquier proyecto asimilacionista: el antisemita no puede tolerar la asimilación no solo porque el judío se ciudadanicecomo él, sino además, y fundamentalmente, porque pierde el chivo expiatorio perfecto. Un lujo que este cobarde mediocre no se puede dar.
Pero entender al antisemita no es entender al antisemitismo. Y mucho menos, entender al antisemitismo implica entender al judaísmo. En este punto, como veremos, Sartre trastabilla y se confunde.
Por eso, una autora de peso, Hanna Arendt se molesta en clarificar: “Esto, incidentalmente, no significa decir que la autoconciencia judía fuera una simple creación del antisemitismo; incluso un sumario conocimiento de la historia judía, cuya preocupación central desde el exilio babilónico fue la supervivencia del pueblo contra los abrumadores riesgos de dispersión, debería bastar para barrer este último mito en estas cuestiones, un mito que se ha puesto en cierto grado de moda en los círculos intelectuales tras la interpretación «existencialista» que Sartre hizo del judío como alguien que es considerado y definido judío por los demás” (Arendt, 2004, p. 13).
De esta manera tenemos la inaudita observación de Sartre de que la dispersión del pueblo judío: “implica la disgregación de las tradiciones comunes…veinte siglos de dispersión e impotencia política le vedan tener un pasado histórico…la colectividad judía es la menos histórica de todas las sociedades porque sólo puede conservar memoria de un largo martirio, es decir, de una larga pasividad” (p. 62). Es difícil entender a qué se refiere Sartre con memoria histórica. Si se refiere a memoria histórica nacional, es obvio que los judíos no podían mantener ese tipo de memoria. Pero si tenemos en cuenta otra categoría de memoria: la memoria histórica ancestral, pues, es innegable que el pueblo judío hamantenido como parte intrínseca de sí mismo, una vigorosamemoria tanto a nivel de los relatos religiosos, como históricos. Y aunque se adjudicara esa historia a un proceso de revelación divina, que parte de los patriarcas, pasa por Moisés y el Sinaí y se consolida con la dinastía davídica y la redención mesiánica, eso no la hace menos histórica.
Se equivoca también Sartre en sostener que se trata solo de la memoria de un largo martirio, pues la memoria histórica judía también conserva los hitos de la rebelión y la libertad: Pesaj, Purim, los Macabeos, las gestas heroicas de la rebelión del año 70 y del año 132 a.e.c.
Además, agreguemos, si Sartre entiende que la única memoria histórica es aquella de las naciones (a no ser que haya un error de interpretación de mi parte), pues cae en la misma diatriba antisemita que critica en otros párrafos, por la cual el judío es siempre es un externo, un extranjero, un migrante en la historia de las Naciones…
De allí que al creer no encontrar nada en común en el pueblo judío: ni religión, ni historia, ni Nación, Sartre llega a la temeraria afirmación de que entonces si hay judíos es: “porque viven en el seno de una comunidad que los considera judíos” (p. 62). Es decir que los judíos se identifican y desarrollan desde una pura exterioridad: el Otro, lo social.
Y por si no queda suficientemente claro lo reitera más adelante: “El judío, pues, está en situación de judío porque vive en una sociedad que lo considera judío” (p. 67). “Nosotros hemos creado esa especie de hombres que no tiene sentido sino como producto artificial de una sociedad capitalista (o feudal), que no tiene otra razón de ser que servir de chivo expiatorio a una colectividad aún prelógica” (p. 126). Es pues el absurdo de suponer de que entonces el día que ya no haya antisemitas ya no habrá judíos o el día en que ya lo social no distinga o nombre, con miedo, temor o respeto, a un sujeto colectivo como judaísmo, ya no habrá judíos…
De esta manera, surge otra aseveración realmente muy discutible: “si los judíos quieren extraer de esta comunidad un legítimo orgullo, como no pueden enorgullecerse de una obra colectiva específicamente judía, ni de una civilizaciónpropiamente israelita, ni de un misticismo común, tendrán necesariamente que acabar exaltando sus cualidades raciales” (p. 79). Seguro que Gershom Scholem tendría mucho para discutirle a Sartre. Pero de cualquier manera y sin entrar en el debate de qué se puede estar orgulloso o no, sin duda el pueblo judío está orgulloso (entre otras cosas) de su supervivencia, tanto como está orgulloso de la creación y la supervivencia de Israel.
Sin embargo rescataría una reflexión que sí me parece valiosa: “Ser judío es ser arrojado a la situación judía, abandonado en ella y al mismo tiempo es ser responsable en y por su propia persona del destino y de la naturaleza misma del pueblo judío” (p. 83). No concuerdo con el “arrojado”, pero sí me parece sugestiva la idea de hacerse cargo, de ser responsable, de formar parte tanto como proteger y garantizar el destino del pueblo judío.
Es lo que Sartre presenta como autenticidad, opuesta a la figura del judío inauténtico: “La autenticidad, va de suyo, consiste en tener una conciencia lúcida y verídica de la situación, en asumir las responsabilidades y los peligros que esta situación comporta, en reivindicarla en el orgullo o en la humillación, a veces en el horror y el odio. La autenticidad exige mucho coraje, sin duda, y algo más que coraje” (p. 84).
Y sin duda que el judío hoy ha de mantener dignidad, conciencia lúcida y el coraje de cuidar un legado ancestral y de transmitirlo, en momentos en que lo que el antisemitismo busca, con todo ahínco, es humillar, denigrar y hacer que el judío se avergüence de sí mismo.
Es lo que el antisemitismo logra con la consolidación del judío inauténtico (diríamos: judío resentido), que huye, niega o desprecia su condición de judío, creyendo que así está asumiendo un acto de libertad, cuando en realidad ha introyectado el antisemitismo, con lo que pasa a sentir que “el judaísmo es una situación insoportable” (p. 86) y avergonzante, transformándose entonces en un doble-cómplice del antisemita: ataca aún con más ardor y pasión al judaísmo para demostrar que él no es un judío (“muchos judíos inauténticos juegan a no ser judíos” (p. 89).
Pero si hay algo que este judío inauténtico-resentido no logra es que lo dejen de considerar judío, por el contrario, se vuelve muy a su pesar más judíos que nunca. “es él, finalmente, quien está prostituido, humillado, y con él todo el pueblo judío” (p. 98). La solución no es pues introyectar al antisemitismo.
Tampoco la asimilación es una solución: “es un sueño…mientras haya un antisemita, la asimilación no podrá realizarse” (p. 134). En este sentido agrega un comentario agudo: en realidad el judío asimilado nunca es aceptado, sino solo (levemente) tolerado.
A partir de su asimilación el judío busca ser plenamente igual a los otros: “¿no podrían entonces declarar de buena fe que “son hombres entre los hombres”? El racionalismo delos judíos es una pasión: la pasión de lo Universal” (p. 102). De esta manera anhela el mayor Universal posible: la Razón,para alejarse definitivamente de lo que lo distingue de cualquier otro. Es una identidad que asume y se construye para intentar pasar desapercibido como judío: “La Razón es lo más compartido del mundo, es de todos y no es de nadie; en todos la razón es la misma. Si la Razón existe no hay en modo alguna una verdad francesa y una verdad alemana; no hay una verdad negra o judía (p. 103).
Este judío asimilado tiene otro motivo para asirse a la Razón y es el enfrentarse a las: “potencias irracionales de la tradición, de la raza, del destino nacional, del instinto…es hacer desvanecer los poderes oscuros, la magia, la sinrazón…” (p. 103), es decir -aunque Sartre no lo advierta- alejarse todo lo más posible de la identidad del antisemita dominado por lo regresivo, la irracionalidad y la pasión. En este punto no es posible hacer equivalentes al judío asimilado y al judío renegado. El segundo es doble del antisemita, el primero en algún punto hace un acto de resistencia. Pero ambos comparten de buen grado un rasgo fundamental: escabullirse de la condición de judío auténtico.
Este contacto con la Razón como eje de identidad de algunos judíos asimilados, se podría relacionar con que: “encontramos frecuentemente en el judío la facultad de asimilar… Porque cree que llegará a convertirse en un hombre, y sólo un hombre, un hombre como los otros, ingiriendo todos los pensamientos del hombre y adquiriendo un punto de vista humano del universo. Se cultiva para destruir al judío que hay en él” (p. 90 y 91) .
La generación judía francesa de la post-guerra es ilustrativa al respecto: los Cohn Bendit, y otros, han creído que unirse a la “corriente” imperativa de la Ilustración de la Razón, identificados con la Revolución, el Mundo, el Ciudadano, el Obrero u otros, los vuelve ciudadanos del Mundo. Es decir, luchando por categorías abstractas y universales, frente a las cuales el particularismo y la tradición judía hacen de “obstáculo” frente a la marcha “irreversible” de la revolución del mundo, llámese Revolución Francesa, la Comuna, el Mayo Francés o la revolución maoísta (Milner,2010).
Pero por el contrario, creyendo banalmente que así resolverían la “cuestión” judía, no han hecho sino sentar las bases de un siempre renovado antisemitismo, que cree ver en revueltas y revoluciones, la “conjura” judía. Volvemos a Sartre: “la situación del judío es tal que todo lo que hace se vuelve contra él” (p. 131).
La solución para el judío pues, y no podemos dejar de estar de acuerdo, es la autenticidad: “consiste en elegirse como pidió, es decir en realizar su condición judía. El judío auténtico abandona el mito del hombre universal: se conoce y se quiere en la historia como criatura histórica y condenada; ha dejado de huirse y de tener vergüenza de los suyos” (p. 126). Hay aquí una actitud de valentía y solidaridad que Sartre destaca: “el judío auténtico se hace judío él mismo y por sí mismo, hacia y contra todos; todo acepta, hasta el martirio, y el antisemita desarmado debe contentarse con ladrar a su paso sin poder marcarlo” (p.127).
De cualquier manera para Sartre, tampoco esta: “es una solución social del problema judío; ni siquiera es una solución individual” (p. 128), pues la solución radica según Sartre, desde una perspectiva ingenuamente marxista, en la superación de la lucha de clases a través de la revolución socialista.
Con lo que Sartre se pregunta que pasaría si el pueblo judío llegara a: “reivindicar una nación judía poseyendo un suelo y una autonomía” (p. 129), indicando que: “A los ojos del antisemita, la constitución de una nación israelita suministra la prueba de que el judío está fuera de lugar en la comunidad francesa” (p. 130), con lo que parece sugerir que el sionismo terminaría por justificar aún más al antisemitismo: “Por eso la autenticidad, cuando conduce al sionismo, perjudica a los judíos que quieren permanecer en su patria de origen, puesto que da argumentos al antisemitismo” (p. 131).
Lo cual es cierto, pero no por los motivos que esgrime Sartre. Cómo si el antisemitismo (el de antes y el de ahora) tuviera problemas para encontrar excusas, sin necesitar de ningún sionismo, para culpar y atacar al judío! Sin sionismo o sin sionismo, con historia o sin historia, sin dignidad o con dignidad, con judíos resentidos, judíos auténticos o judíos asimilados el tema es que los judíos siempre pierden.Por otro lado, es insólito su preocupación por la opinión de un antisemitismo al que páginas atrás presentó como mediocrey vulgar…Por eso es mucho más atinado y lógico su comentario de que: “la situación del judío es tal que todo lo que hace se vuelve contra él” (p. 131).
Lamentablemente, también se equivoca cuando señala: “…el antisemitismo conduce directamente al nacionalsocialismo” (p. 140). No es así. La izquierda del mundo es actualmente la mayor impulsora del antisemitismo, cómplice y “fraterna” con una ideología palestina, no obstante, extremadamente reaccionaria y peligrosa para las libertades esenciales. Habría que decir que hoy es la izquierda la que conduce al antisemitismo y no al revés.
Profundizando entonces la propuesta de Sartre, yo diría que el antisemita es un mediocre. Esta mediocridad se ha de entender desde el “patoterismo” (pandillerismo). El antisemita es un “patotero” (pandillero). Pero no cualquier patotero. Es un patotero de grupo, de masa. El antisemitismo lanza su indignación contra el judío siempre siendo parte deun grupo de 10 o 20 o 120 personas (ver el reciente episodio de la Prof. Margo Glantz en la UNAM) Nunca está solo. Es pues un patotero cobarde y mediocre.
Para Sartre el antisemita es un producto de la pasión, en términos de irracionalidad, primitivismo, y habría que agregar: en términos de violencia y sadismo. Y la descripción parece convincente. Sin embargo, su peligro radica en suponer que aquello que es total y radicalmente violento (como el nazismo, por ejemplo) carece de pensamiento o que es impensable. Pero, como bien señala Badiou (2005): “Cuando se dice con ligereza que lo que hicieron los nazis (el exterminio) es del orden de lo impensable o lo inabordable, se olvida un punto capital: que lo pensaron y lo abordaron con el mayor de los cuidados y la más grande de las determinaciones” (p. 15). La Barbarie, pues, piensa. Y si queremos comprender la barbarie antisemita, no hay más remedio que indagar su forma de pensar, por más que repugne hacerlo.
Como la cobardía antisemita de requerir manifestarse en un colectivo-grupo, es tomada por la sociología actual (y académicamente legitimada) como manifestación de movimiento popular y como expresión de libertad, empoderamiento y lucha del pueblo subyugado contra el poder “patriarcal-capitalista- sionista”, nada en esta manifestación absolutamente antidemocrática genera escándalo, rechazo o suspicacia. Todo lo contario: vemos el entusiasmo y el aplauso del público ante el griterío antisemita.
Por supuesto, no estamos aquí ante ningún tipo de movimiento popular (si es que tal cosa existe), sino frente amaniobras de grupos de choque al mejor estilo fascista. Porque así como otrora los grupos de choque fascista solo querían generar miedo, los llamados movimientos populares de hoy, y su correlato: el grupo antisemita patotero, también desean generar desconcierto y pánico.
No es ninguna casualidad que el antisemita utilice los espacios académicos y las redes para propulsar este miedo, transmitiendo el claro mensaje de que los judíos no tienen lugar en el mundo occidental. Ambos, los espacios académicos y las redes están hoy regidos por la misma lógica de acusaciones, denuncias impunes y anónimas, por la estultofilia y esa mediocridad totalitaria llamada lo “políticamente correcto”.
Preguntémonos pues que pretenden estos antisemitas mediocres con su amedrantamiento, sus manifestaciones, sus atentados, sus “denuncias”. ¿Quieren que los judíos tengan miedo? ¿Quieren que los judíos comprendan que nunca serán ciudadanos de primera y están por ende inevitablemente condenados al gueto, al motín, al escarnio? Pero, ¿y si fuera algo más siniestro? Y si tuviéramos que admitir, como señala Sartre, que el antisemita de hoy y el de siempre solo quiere en realidad una única cosa: asesinar a los judíos. Entonces, y como por ahora Auschwitz está vedado, este asesinato se tiene que conformar con réplicas menores: gritos, empujones, insultos, defenestraciones, carteles, manifestaciones.
Pero, ¿el antisemitismo tiene solución? Sartre cree que sí y de allí que lanza la increíblemente ingenua observación de que cuando haya revolución socialista el antisemitismo se extinguirá (“¿Qué queremos decir con esto sino que la revolución socialista es necesaria y suficiente para suprimir el antisemitismo? Es también para los judíos que haremos la revolución” (p. 140); “el antisemitismo es una representación mítica y burguesa de la lucha de clases y que no podría existir en una sociedad sin clases” (p. 139). Es decir: el antisemitismo es un producto del capitalismo…desmintiendo 20 siglos de historia que indican todo lo contrario.
Digamos más bien que el antisemita de hoy se nutre del imaginario social actual, tanto como el imaginario social se nutre espléndidamente del antisemitismo. La identidad antisemitca y el clima cultural de nuestra época están tan ensamblados, que estamos ante una estructura isomórfica perfecta. Por eso nos guste o no nos guste, hoy el Mundo es Antisemita, y la excepción es solo un par de personas por aquí y allá (personas que poco o nada pueden alegar y que si alegan son ignoradas sistemáticamente).
El antisemitismo, lo reiteramos, no es producto del capitalismo, es emergente de la estructura intrínseca propiadel mundo occidental cristiano. Los vínculos entre ellos son demasiados siniestros y ominosos, demasiados beneficiosos para ambos, como para que de un día para otro se terminen. Con revolución o sin revolución.
Por ende, mientras haya mundo occidental habrá antisemitismo.
Aunque suene extraño decirlo, el antisemitismo comparte con la llamada transición demográfica avanzada un triste privilegio: son los únicos procesos sociales y culturalesexistentes que son simultáneamente: globales, transversales a todas las clases sociales y (por el momento) irreversibles.Por eso es insustentable la afirmación de Sartre de que: “No encontramos antisemitismo en los obreros” (p. 32).
Finalmente, hago notar que a pesar de la creación del Estado de Israel en 1948, Sartre no cree necesario incluir un comentario al respecto, ni cómo tal evento podría influir en el curso del antisemitismo y/o en la posición del judaísmo ante el mundo
Si tomó tal decisión porqué consideró que el Estado de Israel en nada cambiaría la pasión antisemita, no se equivocó.
Pero si tal ausencia refiere a que Sartre entendió -nuevamente- que la solución al antisemitismo solo y exclusivamente pasaba por una supuesta revolución socialista, pues se equivocaba lastimosa, por no decir: groseramente.
Referencias
Arendt, H. (2004). Los Orígenes del Totalitarismo. México: Taurus.
Badiou, A (2005). El siglo. Buenos Aires: Editorial Manantial.
Bion, W. R. (1962). Experiencia en grupos. Buenos Aires: Editorial Paidós.
Marx, K. (2018). Sobre la cuestión judía. Barcelona: Biblioteca Libre OmegAlfa
Milner, J. C. (2010). La arrogancia del presente. Miradas sobre una década: 1975-1985. Buenos Aires: Manantial.
Sartre, J. P. (1948). Reflexiones sobre la cuestión judía. Buenos Aires: Asur