Bajo el título “Ceniza y oro”, la comunidad judía de la Ciudad de México conmemoró este lunes Yom Hashoá, Día del Recuerdo del Holocausto, con un evento intercomunitario que conjugó arte, palabra y memoria en el Centro Deportivo Israelita (CDI), reuniendo a cientos de personas en un acto solemne, reflexivo y profundamente conmovedor.
La jornada comenzó en el Lobby Social con la apertura de la exposición “Las palabras y el arte: una manifestación de resistencia”, dedicada a la poesía y filosofía de los sobrevivientes de la Shoá como formas de testimonio y expresión frente al horror. Este año, la conmemoración centró su eje temático en dos figuras clave: el poeta Paul Celan y el filósofo Vladimir Jankélévitch; ambos sobrevivientes, ambos judíos y ambos imprescindibles para la construcción de la memoria judía.
A través de textos como Fuga de muerte de Celan —poesía escrita desde las cenizas de Auschwitz— y reflexiones filosóficas como Lo imprescriptible de Jankélévitch —ensayo sobre la imposibilidad de perdonar el crimen absoluto del Holocausto—, el evento propuso un recorrido por la palabra como resistencia y la memoria como oro que sobrevive a la ceniza.
Tras la exposición, los asistentes se trasladaron a la Plaza Macabi para presenciar el Acto Central, que dio inicio a las 20:30 horas. El presidente del Consejo Directivo del CDI, Lic. Sión Mercado, ofreció un emotivo mensaje de bienvenida, expresando:
“Nuestra presencia aquí, año tras año, es un acto de resistencia, de lealtad a nuestra historia y de profundo compromiso con nuestro pueblo… Nos reunimos para recordarlo, para llorarlo, pero también para afirmar que, a pesar de todo, el pueblo judío está vivo.”
El Lic. Mercado subrayó la especial carga simbólica de este año, al cumplirse 80 años de la liberación de Auschwitz-Birkenau, y recordó que la Shoá nos enseñó “el precio de la indiferencia”. También alzó la voz por los 59 israelíes que aún permanecen secuestrados en Gaza desde el 7 de octubre, exigiendo su liberación inmediata:
“Hoy, desde esta comunidad, desde este país libre, exigimos con toda nuestra fuerza moral y nuestra voz colectiva que sean liberados ya… No aceptamos el olvido, no aceptamos el silencio.”
La ceremonia continuó con la intervención de la excelentísima embajadora del Estado de Israel en México, Einat Kranz Neiger, quien hizo un llamado a defender la memoria y a cultivar una educación basada en la paz y la justicia. Comenzó su discurso con una profunda reflexión:
“Nos reunimos esta noche para rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos que fueron asesinados durante la Shoá, la expresión más extrema del odio y de la deshumanización. Es un deber de consciencia, un acto de memoria colectiva y un compromiso moral con la historia y con las generaciones futuras.”
Durante su intervención, subrayó la importancia de la memoria histórica, la responsabilidad y la lucha contra el antisemitismo, recordando que el pueblo judío sobrevivió no solo para vivir, sino para construir, para soñar y para contribuir a la humanidad. Reafirmó también la necesidad de actuar frente al odio:
“La memoria de la Shoá no es únicamente un acto de duelo. Es una invocación ética a la responsabilidad, a la educación, a la vigilancia frente al odio y a la acción decidida contra toda forma de antisemitismo.”
Ceniza y oro
El acto tuvo lugar en una escenografía sobrecogedora: un piano en medio del bosque, envuelto en humo y luces que intensificaban la atmósfera de duelo y contemplación. Entre poemas, interpretaciones musicales, lecturas y presentaciones dancísticas profundamente conmovedoras, se evocó el dolor absoluto de la Shoá. La propuesta artística, concebida y dirigida por David Attie, logró articular una narrativa escénica tan profunda como el tema que abordaba. A través de un lenguaje cargado de símbolos, destacaron las figuras de Shulamith —tomada del Cantar de los Cantares—, con el “pelo ceniciento” como emblema del pueblo judío, y Margarete, de “pelo de oro”, en representación del pueblo alemán. Así se manifestó una poderosa dualidad entre la belleza destruida y la memoria persistente: metáforas que resonaron como ecos de una humanidad desgarrada.
La obra evoca cartas invaluables en las que un ciudadano alemán le escribe a Jankélévitch en 1980, disculpándose por la Shoá.
Frente a ello, la respuesta del filósofo es rotunda y llena de significado: “Es la carta que siempre quise recibir por parte del pueblo alemán.”
El título del evento, “Ceniza y oro”, resonó como una metáfora poderosa: la ceniza del exterminio y el oro de la memoria viva. Porque recordar no es sólo un deber ético, sino un acto de afirmación cultural, de humanidad compartida y de compromiso frente a la repetición de la historia.
La puesta en escena contó con la destacada participación del actor Uri Wolf, cuya interpretación cargó de profundidad emocional la obra. Los bailarines Michelle Bejar, Latife Zetune y Alex Podbilewicz, con su impresionante talento, llevaron la danza a un nivel de expresión visceral, acompañados por la música del pianista José Djamus, cuyo toque evocó con intensidad los sentimientos más profundos del evento. El cuerpo de baile AnajnuVeatem, Compañía de Danza Judía, enriqueció aún más la narrativa, fusionando danza y cultura en una experiencia devastadora que, al mismo tiempo, ofreció una poderosa reflexión sobre la memoria y el dolor. Todo esto bajo la visión y dirección artística de David Attie, cuya sensibilidad y compromiso con la historia aportaron una profunda resonancia emocional a cada escena, logrando una experiencia única y profundamente reflexiva para el público.
Este homenaje fue mucho más que una ceremonia. Fue un tributo digno a quienes ya no están, un acto de gratitud hacia los sobrevivientes y una reafirmación del poder del arte, la filosofía y la palabra como formas de resistencia. En un mundo aún sacudido por conflictos y discursos de odio, la memoria es el oro que debemos preservar.
Por último, en esa misma sintonía de comunidad y encuentro, se invita cordialmente a quienes frecuentan el CDI a descubrir Madre Masa, el nuevo restaurante que abre sus puertas dentro de sus instalaciones. Con una propuesta gastronómica que fusiona tradición y creatividad, Madre Masa deleita con platillos cuidadosamente elaborados, ideales para compartir en un ambiente cálido y acogedor.
Una experiencia culinaria que celebra los sabores, los encuentros y el gusto por lo bien hecho, haciendo eco del compromiso comunitario que inspira cada uno de sus espacios.
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