EL PLAN DE NETANYAHU
Este pasado miércoles 21 de mayo, el primer ministro de Israel, Binyamín Netanyahu, ofreció una conferencia de prensa en Jerusalem para aclarar la situación actual de la guerra en Gaza.
Netanyahu fue muy claro: Israel sigue firme en su determinación de alcanzar todos sus objetivos: recuperar a sus rehenes, eliminar al grupo terrorista Hamás, responsable por la masacre del 7 de octubre de 2023, y evitar que desde Gaza se vuelva a atacar nuevamente a Israel. Añadió que Israel está dispuesto a terminar la guerra solo con las siguientes condiciones: la entrega de todos los rehenes israelíes, la rendición total de Hamás, y la deposición de armas y el exilio de sus líderes y guerrilleros.
Netanyahu también subrayó que, en cualquier escenario —ya sea a través de la guerra o de un acuerdo que desmantele a Hamás—, la visión final para la Franja de Gaza es que Israel controlará Gaza militarmente y se procederá al plan del presidente Trump: el exilio —voluntario— de los ciudadanos de Gaza.
Esta semana Hamás respondió. Y como era de esperar, su mensaje fue muy claro: no devolverán a los rehenes, no bajarán sus armas ni aceptarán una rendición. Lo que a Israel le deja solo una opción para alcanzar sus objetivos: la vía militar.
El Estado de Israel está a un paso de lograr un triunfo histórico y de pasar de la mayor masacre de su historia —y estar amenazado existencialmente desde siete frentes— a una victoria resonante e histórica: conquistar Gaza.
Como es previsible, Israel se encuentra, una vez más, bajo una tremenda presión internacional. El mundo puede mostrarse solidario con Israel muy brevemente cuando somos brutalmente atacados. Pero en el momento en que Israel responde y se defiende, y especialmente cuando actúa para prevenir nuevos ataques, el mundo se olvida de cómo comenzó el conflicto. No tolera y se va a oponer a que Israel salga victorioso y conquiste Gaza —aunque sea luego de una guerra que no comenzó, y con la intención de evitar que ese ataque suceda de nuevo. El mundo no tolera un Israel fuerte.
UN CAMBIO DE PARADIGMA
Por eso es importante que, por lo menos, los judíos comprendamos la necesidad y la lógica de los objetivos del primer ministro de Israel.
Hasta ahora, desde 1948, Israel ha cedido a la presión de terminar la guerra antes de obtener una victoria aplastante, devolver territorios conquistados militarmente —o concebir negociar la devolución de estos territorios—: las Alturas del Golán, Judea y Samaria, y hasta partes de Jerusalem. La última vez que Israel cedió territorio fue en 2005, cuando el ejército judío se retiró unilateralmente de Gaza, entregando a los palestinos, en la práctica, un Estado propio.
La ilusión —el peligroso delirio— de algunos líderes de Israel ha sido: buscar la paz y firmar acuerdos de buena fe con el enemigo “y vivir felices y en paz, bajando las armas, forever”. Los enemigos ven en esta actitud de Israel su principal debilidad. Y por ese motivo, en lugar de construir su propio Estado palestino, los enemigos construyeron miles de túneles de terror, se armaron hasta los dientes y nos regalaron el 7 de octubre. Hoy, ya nadie se engaña: ya sabemos que no quieren un Estado para vivir en paz. Quieren un Estado desde donde atacar a Israel más eficazmente.
La paz permanente no es posible con islamistas radicales —palestinos, hutíes o miembros de la Hermandad Musulmana—, cuyo objetivo final es el mismo: doblegar a los “infieles”, asesinarlos y apropiarse de sus tierras. No hay con quién hablar para hacer un acuerdo de paz “normal” con nuestros vecinos palestinos, firmar un tratado de paz como el que se firmó entre EE.UU. y Japón en San Francisco en 1951, que llevó a la reconciliación definitiva de dos naciones que durante la Segunda Guerra Mundial se habían enfrentado hasta la muerte. Ese tipo de paz reconciliadora, lamentablemente, no puede existir con islamistas radicales. En Israel, cada vez son más los que entienden esta dura realidad.
¿PROFECÍA BÍBLICA?
Creo —interpreto— que la Torá pudo haber anticipado con escalofriante claridad esta idea, describiendo sutilmente un tipo de paz diferente a la paz/reconciliación: la paz “bíblica” implica que nunca se puede bajar la guardia.
Los primeros versículos de la segunda Parashá de esta semana, Bejuqotai, comienzan con la promesa de que, cuando Israel sigue los mandamientos de Dios, recibirá lluvia a su tiempo, cosechas abundantes y disfrutará de shalom, paz. Pero el texto no termina allí.
Veamos.
Primero, la Torá describe la prosperidad de la tierra como consecuencia del cumplimiento del pacto por parte de Israel:
26:3 “Si siguen mis decretos y obedecen mis mandamientos y los ponen en práctica, 4 Yo les enviaré lluvias a su tiempo, y la tierra dará sus frutos… 5 y comerán hasta quedar satisfechos…”
Luego, llega la promesa de la seguridad y la paz: “Y vivirán seguros en su tierra, 6 y concederé la paz en la tierra, y podrán acostarse a dormir sin miedo… y la espada no pasará por vuestra tierra.”
Una vez que la Torá promete prosperidad, bienestar, seguridad y el final de la guerra, ¡el texto tendría que haber terminado allí!
Pero sorpresivamente el texto continúa con otras promesas que describen que Dios nos ayudará a defendernos de nuestros enemigos:
7 “Y perseguirán a sus enemigos, a punta de espada. Cinco de ustedes perseguirán a cien, y cien de ustedes perseguirán a diez mil, y sus enemigos caerán ante ustedes a filo de espada.”
Una vez que se logra la paz, y que la espada no pasará por vuestra tierra, se supone que ya no hay necesidad de armarse. Pero sorprendentemente, la Torá describe más conflictos con el enemigo: “Y perseguirán a sus enemigos, a punta de espada… que caerán ante ustedes a filo de espada.”
Estos versículos no describen un estado de paz occidental: la ausencia permanente de conflictos. No es la paz entre EE.UU. y Japón o Inglaterra y Alemania, donde los enemigos se hacen aliados. Es una tregua que debe ser mantenida y defendida a punta de espada. Una paz en la que los enemigos pueden ser vencidos, pero no se transforman en amigos.
EL PARADIGMA DE LOS JUECES
El libro de Shofetim, Jueces, confirma este mismo patrón de conducta. La nación de Israel vive períodos de relativa paz que en hebreo se llama: “shequet” ,”silencio”, “calma” (ותשקוט הארץ) que duran 20, 30, 40 y –una sola vez — 80 años. La duración de la “tregua” depende de la magnitud del triunfo anterior: cuanto más resonante fue el triunfo de Israel sobre sus enemigos, más larga la tregua —y viceversa.
Pero entre guerra y guerra –que con la ayuda de Dios, Israel siempre debe ganar para no desaparecer— no puede bajar la espada y dejar que se oxide. Israel vive siempre lista para enfrentar el próximo conflicto, porque si no, no estará en paz: estará en peligro.
LOS JUDÍOS DEL 8 DE OCTUBRE
La breve historia del Estado de Israel y sus permanentes guerras que BARUJ HASHEM, siempre ha ganado, son el mejor testimonio del mensaje bíblico y nos previene acerca del peligro de ilusiones pacifistas. Solo aquellos no familiarizados con la religión —ya sea islámica o judía— imaginan una paz “normal”, reconciliatoria, y utópica entre Israel y los islamistas y están dispuestos a ceder territorios o a no conquistarlos, persiguiendo un espejismo y poniendo en riesgo la existencia y el futuro de nuestra querida Medinat Israel.
Creo que el 7 de octubre produjo un nuevo despertar. Colapsó la fantasía de que podemos coexistir con el terror. La mayoría de los judíos —casi todos— aceptamos, digerimos —algunos por primera vez— que el pueblo de Israel no puede bajar la espada y renunciar a defenderse. No importa cuántos tratados se firmen.
La presencia militar de Israel de Gaza, como el control militar de la parte sur de Siria y Líbano, son actos de defensa necesarios para que los períodos de “paz bíblica” sean lo más largo y duraderos posibles.
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