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miércoles 03 de junio de 2026

Diego Sciretta/ La vergüenza del hambre global: millones sufren en silencio mientras la mirada del mundo se centra en Gaza

Desde mi escritorio, he estado siguiendo un hilo de conversación que no me ha dejado indiferente. La pregunta inicial era simple: ¿Qué sucede en Sudán? Pero rápidamente, la discusión se expandió, y con ella, la cruda realidad del hambre en el mundo.

La conversación me llevó a un viaje analítico desde las llanuras devastadas de Sudán hasta la sitiada Franja de Gaza, solo para terminar en una conclusión dolorosa: el hambre, esa bestia primordial, devora vidas en muchos rincones del planeta, pero la atención global es, por decir lo menos, selectiva.

Empecemos por las cifras más impactantes. Es una verdad escalofriante, pero hoy, en la República Democrática del Congo, una nación que en los papeles es una república con elecciones pero que vive marcada por la inestabilidad y la corrupción, hay más de 27 millones de personas pasando hambre, más que en cualquier otro lugar del planeta.

Justo detrás, la tragedia se cierne sobre Sudán. Allí, una guerra interna sin piedad, librada por una junta militar en conflicto, ha empujado a una parte gigantesca de su población, a unos 18 millones de personas, a la hambruna. Es una crisis de desplazamiento sin precedentes, con millones de personas huyendo de sus hogares.

Avanzando en esta lista de sufrimiento, nos encontramos con Yemen, un país dividido por una guerra civil interminable, donde más de 17 millones de personas necesitan comida urgentemente.

Luego, la agonía se extiende hasta Afganistán. Bajo el control de un régimen talibán que aplica leyes muy estrictas y que la mayoría de los países no reconoce, más de 15 millones de afganos luchan contra el hambre, agravada por problemas económicos y desastres naturales.

Más allá, en Siria, tras años de una brutal guerra civil bajo un régimen autoritario, más de 12 millones de personas no tienen suficiente para comer. Y en el noreste de Nigeria, a pesar de ser una democracia presidencialista, la violencia ha empujado a más de 10 millones de personas a una situación desesperada por la comida.

La lista sigue, y el patrón es desolador: en Etiopía, las sequías y los conflictos internos dejan a entre 7 y 20 millones de personas sin alimentos. Y aquí es donde, lamentablemente, sumamos a Cuba. En esta nación caribeña, gobernada por un régimen comunista, aunque no sea un conflicto armado a gran escala, la crisis económica y el desabastecimiento han provocado que hasta 7.7 millones de personas (7 de cada 10 cubanos) hayan tenido que dejar de hacer alguna de sus comidas diarias. La gente pasa hambre, y el acceso a lo básico es una lucha constante.

Continuando, en Pakistán, los desastres naturales y la inestabilidad política contribuyen a que varios millones pasen hambre. Los países del Sahel Central, como Burkina Faso, Malí y Níger, ahora bajo el control de juntas militares, son un hervidero de violencia y desplazamiento, lo que también se traduce en millones de bocas sin alimento.

Y no podemos olvidar a Sudán del Sur, un país muy joven pero que ya tiene una proporción altísima de su gente, más de 7.7 millones de personas, sufriendo de hambre extrema y riesgo de hambruna, ni a Somalia, donde décadas de caos han dejado a varios millones en una lucha diaria por la supervivencia.

Ahora, miremos la Franja de Gaza. No hay que minimizar el horror que allí se vive. Es una catástrofe sin precedentes donde, prácticamente, toda su población, unos 2.2 millones de personas, está enfrentando un hambre severa, con cientos de miles en situación de hambruna total.

Es una crisis urgente, terrible y visible. Pero, y aquí reside una parte incomprensible de esta tragedia, hay informes que señalan que incluso la ayuda humanitaria que logra entrar es, en ocasiones, robada o desviada por grupos como Hamás. Se dice que esta ayuda es vendida o utilizada para financiar la guerra, lo que significa que la comida no llega a quienes la necesitan desesperadamente, exacerbando aún más el sufrimiento de la población civil.

Preguntas al aire que el mundo debe responder

Al final de estas notas, uno siempre se queda con más preguntas que respuestas. Y esta vez no es diferente. Mi pluma, y mi conciencia, me llevan a cuestionar una y otra vez la inexplicable selectividad de la indignación global.

¿Por qué no vemos en las calles de las grandes capitales mundiales manifestaciones multitudinarias contra el hambre en Sudán, en el Congo, o en Yemen? ¿Por qué no se alzan voces con la misma fuerza contra los gobiernos que, como el de Cuba, someten a su propia gente a la escasez y al hambre, mientras millones sufren mucho más que en la Franja de Gaza? Resulta incomprensible que las únicas manifestaciones masivas que presenciamos sean, casi exclusivamente, anti-israelíes y enfocadas en el bloqueo de la Franja de Gaza.

¿Será que está haciendo falta un sinceramiento de la militancia global? ¿Una reorientación para tener una militancia que abrace el dolor y la injusticia con la misma pasión, sin importar la bandera, la geografía o la narrativa geopolítica?

O, la pregunta más dura de todas, ¿será que la militancia que vemos en las calles, en realidad, es una militancia abiertamente antisemita marchando al ritmo de las Naciones Unidas , UNRWA, imbuidas en una agenda claramente anti israelíes?

No estamos hablando de una diferencia de miles, vino de cientos de miles de hambrientos, que a diferencia de Israel no son países democráticos y además de muertos de hambre hay secuestrados , asesinados y desaparecidos.

Pero para la militancia mononeuronal de la mayoría del progresismo, pareciera ser que solo Palestina está de moda, incluso cuando están gobernados por fascistas yihadistas, sedientos de limpieza étnica y religiosa.

Es incomprensible que la atención mediática y la furia popular no se dirijan con la misma vehemencia hacia aquellos regímenes, sean militares o autoritarios, que directa o indirectamente, son responsables de que decenas de millones de personas no tengan un plato de comida.

¿Será que el dolor de unos tiene más valor que el de otros, simplemente por la visibilidad mediática o las implicaciones geopolíticas? ¿O es que como sociedad, nos hemos acostumbrado a la idea de que ciertas miserias son inevitables, mientras otras nos conmueven por su “novedad” o su encaje en narrativas preestablecidas?

La realidad es que, mientras el mundo pone su mirada, comprensiblemente, en Gaza, millones de vidas en el Congo, Sudán, Afganistán o Cuba se desvanecen en la oscuridad. Es una verdad incómoda, una que nos obliga a preguntarnos si, como sociedad global, estamos fallando en nuestra responsabilidad más básica: garantizar que ningún ser humano pase hambre, sin importar en qué rincón del planeta se encuentre o cuán visible sea su agonía.

La vergüenza no es solo de los gobiernos que fallan a sus pueblos, sino de una comunidad internacional que a menudo elige dónde y cuándo mirar, y que a veces ve cómo la ayuda enviada es desviada de su noble propósito.

 


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