A todos aquellos que han formado parte de nuestra comunidad, que han vivido en Monterrey y que, de una u otra manera, siguen siendo parte de esta historia, les pedimos que nos ayuden a enriquecer este festejo.
Comparte con nosotros recuerdos, fotos, anécdotas y todo lo que tengas, para seguir construyendo nuestra memoria.
100 años en Monterrey: ¿Quién lo hubiera dicho?
Cien años. ¡Cien! Dicen que el tiempo vuela, pero si uno le pregunta a los fundadores —que en paz descansen— seguro dirían: “¿Vuela? ¡Vuela cuando no tienes que amasar pan, buscar trabajo y aprender español en la misma semana!”
Así empezó todo: con algunas familias, pocas palabras y mucha fe. No tenían sinagoga, pero tenían Shabat. No había escuela, pero había mamás que enseñaban el alef bet entre frijoles y arroz. No había aire acondicionado, pero sí una enorme esperanza (y un buen abanico). Así, poquito a poquito, nació nuestra comunidad.
Cien años después, seguimos aquí. Con colegio, con rabinos, con sinagoga, con WhatsApp y Zoom para los que no alcanzan minian pero no quieren perderse el Kadish. Nuestros niños hacen bar mitzvá, nuestras abuelas preparan kuguel con receta “mejorada” y cada quien tiene su opinión sobre cómo debe saberse el gefilte fish (spoiler: nunca sabrá igual al de la abuela).
Y eso es lo bonito: que seguimos siendo familia. Con discusiones, sí; con abrazos también. Con bailes de Simjat Torá, y con lágrimas en Yom Kipur. Aquí todos conocemos a todos, para bien… y para mejor.
Hoy celebramos no solo los 100 años pasados, sino los próximos 100. Porque si algo hemos aprendido es que mientras haya quien encienda una vela de Shabat, quien enseñe un trocito de hebreo, y quien diga “shalom” con acento norteño, la comunidad sigue viva.
Así que brindemos por este siglo de historia. Por los fundadores, por los que llegaron después, por los que están hoy, y por los que vendrán. Y como diría el mismísimo Tevye: “¡Que D’s nos bendiga! Pero si puede ser, con salud, con alegría… y con clima un poco menos caliente, ¿por qué no?”
Hace cien años, si uno de nuestros antepasados hubiera dicho que íbamos a tener una comunidad judía organizada en Monterrey, con sinagoga, colegio, carnicería kosher y hasta actividades por Zoom, seguramente lo habrían mirado como si acabara de bajarse de un burro que hablaba hebreo.
Pero aquí estamos.
Todo comenzó con unas cuantas familias. No hablaban bien el idioma, pero sabían hacer cuentas, doblar camisas y vender botones. Llegaron con poco, con muy poco. Tal vez una maleta, tal vez un libro de rezos, y muchas ganas de vivir. ¿Sinagoga? No había. ¿Comida kosher? Kosher era lo que encontraran. Pero había algo más fuerte que todo eso: el deseo de seguir siendo judíos. Aunque fuera en un lugar donde el clima era más cercano al desierto del Sinaí que a Europa del Este.
Los primeros años fueron de lucha, de adaptación.
De explicar qué era Shabat al jefe del taller, de cocinar sin ingredientes conocidos, de educar a los hijos en un país nuevo sin olvidar lo que traían del viejo. Y lo lograron. Con paciencia, con ingenio, y sobre todo con unidad. Porque cuando uno está lejos de casa, la familia se vuelve más grande. En esta comunidad, el que no era tío era primo, y el que no era primo, acababa siéndolo después del primer cumpleaños.
Poco a poco, fueron construyendo. Una sinagoga aquí, un club allá. Un colegio que empezó con unas cuantas mesas y hoy tiene pizarras digitales, clases de hebreo, y alumnos que hacen preguntas que ni Rashi hubiera sabido contestar. Se hizo comunidad en los brit milá, en las bodas, pero también en las levayot, en los shivá. Aquí nadie está solo. Aquí hasta el que se quiere esconder, lo encuentran para llevarle sopa caliente.
Hoy, al mirar atrás, uno se asombra. No por lo que hay, sino por lo que fue necesario para llegar hasta aquí. ¡Y pensar que todo esto empezó con familias que no sabían si al otro día habría trabajo, pero igual se reunían a rezar Minjá entre cajas de mercancía!
Cien años después, seguimos siendo una comunidad chica, pero con corazón grande. Donde todos tienen una historia con todos. Donde el gefilte fish tiene cien versiones, y todas están “casi como el de mi abuela”. Donde los niños juegan fútbol con kipá, y los abuelos recuerdan cómo era todo “antes de que pusieran aire acondicionado en el Club”.
Y no todo ha sido fácil. Ha habido momentos duros.
Dudas, despedidas, cambios. Pero si algo nos caracteriza es que siempre seguimos. Nos adaptamos, nos reímos, lloramos juntos y luego seguimos. Porque si algo aprendimos de nuestros abuelos es esto: mientras haya alguien que prenda velas de Shabat, mientras haya una voz que cante el Kidush, mientras haya quien diga “Shalom” con acento regio, esta comunidad tiene vida.
Hoy celebramos no sólo un siglo cumplido, sino otro por venir. Y si D’s quiere, lo haremos con unión y alegría.
Así que ¡Lejaim! Por lo que fuimos, por lo que somos y por lo que seremos. mientras en Monterrey haya un niño que aprenda hebreo, una abuela que prepare kuguel y un papá que cuente chistes del rabino, esto no se acaba.
Porque esta no es solo una comunidad. Es una familia.
Brindemos por este siglo de historia. Por los fundadores, por los que llegaron después, por los que están hoy, y por los que vendrán. Y como diría el mismísimo Tevye: “¡Que D’s nos bendiga! Pero si puede ser, con salud, con alegría… y con clima un poco menos caliente, ¿por qué no?”
Y ya sabes: en una familia siempre hay lugar para uno más.
Cien años en Monterrey… y todavía no nos corren
¿Quién hubiera pensado hace un siglo que un puñado de judíos recién llegados —con más sueños que centavos, con acentos que confundía a cualquiera y con niños que lloraban en yiddish— echaría raíces justo aquí, entre montañas, tortillas y un calor de 40 grados?
Pero aquí estamos. Cien años después. Una comunidad pequeña, sí, pero grande en corazón, en historia y, por supuesto, en opiniones. Porque donde hay dos judíos, hay tres puntos de vista… y cuatro comités.
Vinieron buscando un lugar seguro, donde trabajar en paz, prender las velas del Shabat sin esconderlas en el armario, y abrir una carnicería kosher sin que el carnicero del barrio los mire como si estuvieran vendiendo carne de marciano. Trajeron consigo un bagaje de tradiciones, plegarias, chistes viejos y recetas aún más viejas —porque si no hay gefilte fish en el congelador, ¿realmente es una casa judía?
Construyeron una sinagoga. Fundaron un colegio. Hicieron un club que, con los años, se convirtió en el salón de fiestas, la cancha de fut, el lugar de los encuentros y de las despedidas. Todo con sus propias manos, con esfuerzo, con donativos, rifas, kermeses, y esa habilidad legendaria de hacer milagros con un presupuesto más flaco que una jalá de dieta.
Y entre fiestas de Purim, lágrimas en Yom Kipur, bodas que duran tres días y funerales que duran semanas (porque todo mundo tiene algo que decir), la comunidad creció. Nacieron nuevas generaciones: niños que mezclan el hebreo con el español regio, que estudian en escuelas modernas pero todavía saben quién fue Moisés (y no nos referimos al rabino, aunque también). Chavos que van a Israel, regresan con ideas nuevas y preguntan: “¿Por qué seguimos haciendo esto así?” —y los mayores les contestan con un suspiro: “Porque así lo hacían nuestros abuelos, ¡y bien que funcionaba!”
Hoy, en este centenario, no sólo celebramos el pasado. Celebramos que seguimos aquí. Que seguimos encendiendo velas, cocinando jalá, cantando Hatikvá y discutiendo si la comida de Shabat debe servirse a las 12 o a las 2. Que seguimos siendo una comunidad viva, bulliciosa, imperfecta, cariñosa.
No somos muchos, es verdad. Pero somos como el aceite de Janucá: contra todo pronóstico, seguimos brillando.
Y si alguien pregunta qué viene en los próximos cien años, la respuesta es fácil: más historia, más alegría, más unión. Porque como dijo uno de los nuestros (no diremos nombres, pero seguro fue en una asamblea):
“Esta comunidad puede no tener playa, pero tiene alma, corazón… y airé acondicionado.”
Mazal tov, Monterrey. ¡Por otros cien años más!
Cien años no se cumplen todos los días
Hace cien años, unos cuantos judíos llegaron a Monterrey con poco equipaje, muchas ganas y, si somos sinceros, muy poco español. Algunos venían con la idea de quedarse un rato y luego seguir camino. Pero ya se sabe cómo es esto: uno llega, pone una tiendita, luego llega el cuñado, luego nace el niño, luego se necesita escuela, y cuando uno parpadea, ya está festejando el centenario.
No hay documento oficial que registre cuál fue la primera palabra en yidis pronunciada en Monterrey, pero es muy posible que haya sido: “¡Ufff, qué calor!” Y aún así, aquí se quedaron. Fundaron escuelas, levantaron sinagoga, organizaron carnicería kosher, y hasta convencieron a un rabino –el inolvidable Rab Moishe Kaiman, que D’s lo bendiga– de venirse a esta tierra de cabrito y machacado.
Desde entonces, esta comunidad ha crecido, cambiado, reído, llorado y, sobre todo, se ha mantenido unida. Claro que ha habido momentos difíciles: persecuciones en Europa, pérdidas, migraciones forzadas… pero también ha habido Bar Mitzvot con montones de confeti, bodas que hicieron llorar hasta al mesero y desayunos de Shabat con suficiente pescado para alimentar a medio desierto del Negev.
Cien años después, no somos muchos, pero somos familia. Nos conocemos todos. A veces demasiado. Sabemos quién hace el mejor kugel, quién le pone pasas al gefilte fish (y quién no lo perdona), y a quién le tocó abrir la sinagoga aunque se haya ido de pachanga la noche anterior.
¿Y ahora qué? Pues ahora nos toca agradecer. A los que llegaron sin saber bien a qué venían. A los que sostuvieron esta comunidad con fe, generosidad y a veces con milagros logísticos. A los que enseñaron hebreo sin haber ido nunca a Israel, y a los que hicieron de Monterrey un hogar judío auténtico, bajo el sol del norte.
Cien años es mucho. Pero si seguimos con la misma mezcla de terquedad, calidez y un poco de humor que nos ha traído hasta aquí, tenemos cuerda para muchos años más.
Porque si hay algo que nos enseñaron nuestros abuelos y bisabuelos es esto: no se necesita ser miles para tener fuerza. Solo se necesita tener una historia compartida, un lazo invisible que une, y una buena receta de jrein que pique justo lo suficiente para no olvidarla jamás.
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: @EnlaceJudio






