Desde Enlace Judío, recordamos con admiración a Isabel Turrent, que nos dejó demasiado rápido el miércoles 18 de junio.
En 2009, Paloma Cung Sulkin entrevistó a Isabel Turrent. Reproducimos esta entrevista como homenaje a esta gran escritora y periodista.
“Yo me tardo mucho tiempo en ir a los mundos que habito de una manera ideal y vicaria”
“La Isabel que escribe análisis político es diurna y la que escribe ficción es vampiro”
“Con una figura menudita pero no frágil y unos ojos intensos en un semblante acogedor, se anuncia de entrada un espíritu de alto contraste. Isabel Turrent ha sido una pluma reconocida en el ámbito académico y de análisis político internacional, especialmente sobre Medio Oriente. Autora de El deshielo del Este y Voces del cambio. Es colaboradora de la revista Letras Libres, egresada de El
Colegio de México y la Universidad de Oxford y nos ha sorprendido con la publicación de una novela, un género no frecuentado por ella. Una novela desgarradora “LA AGUJA DE LUZ” ubicada en la isla de Mallorca, con un tema poco conocido: Los Xuetas,
Isabel Turrent nos guió generosamente por los espacios paralelos a su trayectoria, el mapa personal que sucesos y personajes van trazando y configuran los claroscuros de un autor, que el público más tarde recibe convertido en obra.
¿Isabel Turrent supo tempranamente que sería escritora?
No para nada, yo de niña quería ser pintora, bailarina de ballet y tenista.
Cómo recuerdas tu pasado reciente antes de que el pasado remoto te alcanzara?
Mi padre era doctor, jarocho, liberal, anticlerical y leía sobre temas muy extraños como Tigres cebados de la India, o Aventuras en el Amazonas. Mi madre por el contrario estudió Literatura Latinoamericana y en su librero estaban todos los libros del boom latinoamericano que crecía conforme se iban publicando: García Marquez, Vargas Llosa etc. y me volví adicta a leer cuento y novela pero aún no
sentía ni se me ocurría que tuviera vocación literaria.
¿Qué o quién detonó tu vocación?
En el Colegio de México, cursando la licenciatura en Relaciones Internacionales, era obligatorio escribir un ensayo por materia cada semestre, eso me ayudó enormemente a soltar la pluma, especialmente si consideras que en el sistema educativo mexicano no te enseñan a escribir ni a redactar. Yo creo que seaprende a escribir escribiendo, claro que hay gente que nace con buena pluma, qué suerte, por ejemplo Enrique Krauze.
Se sienta a escribir y le fluye con una facilidad sorprendente, además tiene el don de decir cosas que escritas de otra manera o por otra persona sonarían cursis, y él se queda en la orilla. Tiene la capacidad de mover sentimientos de una manera muy profunda.
¿Al casarte con Enrique ya escribías?
Enrique y yo crecimos intelectualmente en paralelo, yo estaba en la licenciatura y le preguntaba poco sobre mis ensayos porque él estaba sobrecargado de trabajo.
Desde muy jovencito se había hecho cargo de las empresas comerciales e industriales de su papá relacionadas con la industria perfumera que se encontraban en una situación muy precaria, imagínate a un chavo entre los 19 y 22 años, así que procuraba no hablar mucho de mis cosas pero yo sí estaba muy
metida en las de él que en ese tiempo, también en el Colegio de México, escribía su tesis de doctorado, lo que sería Caudillos Culturales, su primer libro. Eran personajes fascinantes. Conocí a Vazquez del Mercado, a Gómez Morín, a Daniel Cossío Villegas, prácticamente a todos los que estaban vivos en ese
momento.
Leía los capítulos y le decía: o es una genialidad o está malísimo. Es un libro biográfico diferente, y ve el panorama de la Historia de México de una manera tan original que yo a esa edad no sabía si era el amor lo que me hacía ver que estaba escribiendo algo buenísimo o no.
Una vez iniciado el camino de la Ciencia Política ¿hubo alguna o varias figuras tutelares que fueran determinantes en el itinerario que te marcaste?
Para eso tenemos que irnos mucho más atrás. A la vuelta de los años reconozco que la influencia más fuerte y significativa en mi carrera y en la elección de los temas que me han apasionado fue Felipe Pardiñas.
Salí de un colegio de monjas donde dicho sea de paso en vez de acercarme a la religión me curé de ella. Mi intención era estudiar Ciencia Política pero el Colegio de México tenía fama de ser sumamente exigente y me inhibía, además la generación de Licenciatura en Relaciones Internacionales se abría cada tres años; así que me inscribí en la Ibero en Historia del Arte “por mientras” y fue uno de los
mayores aciertos de mi vida.
Conté con la inmensa fortuna de tener como profesor al que aún era el Padre Felipe Pardiñas. Impartía Metodología y para aprobar había que publicar dos artículos. Uno fue sobre los Rollos del Mar Muerto y espero que se haya perdido o quemado. El otro lo publiqué en el periódico el Dictamen de Veracruz por influencia de mi abuelo que me hizo “la balona”, Eduardo Turrent Rosas, escritor
y miembro de la Academia de la lengua en Veracruz.
Pardiñas también impartía las materias de Arte de Rusia, Japón y China y ahora, después, de haber leído y escrito mucho sobre estos temas sé, que atrás de mi amor por el Arte y la Literatura de Rusia, Japón y China, está Felipe Pardiñas, a quien le guardo gran afecto y admiración. Lo acompañé indirectamente al salirse de la Orden de Jesuitas, lo vi casarse y tener un hijo que luego fue mi colega en el Reforma.
¿Y cuándo entraste en el panorama el Medio Oriente?
De adolescente me enteré de la existencia de los judíos a través de los libros de León Uris, que fue de algún modo otra figura decisiva, y me quedé atrapada a un indetectable “llamado ancestral”. Enrique tenía una biblioteca fantástica sobre judaísmo, Historia de Israel, Cábala etc. Leí desde los libros más primarios y generales hasta los muy específicos. Sobre Medio Oriente empecé a escribir ya tarde en 1995 después del asesinato de Rabin.
¿El cambio de género modifica también al escritor? Tu primera novela La Aguja de Luz cuenta una historia dolorosa, de ignominia, la de los chuetas mallorquines. Conversos desde hace cinco siglos, la Inquisición y la sociedad a diferencia de la Península, se encargaron de que nadie olvidara quienes eran descendientes de judíos, preocupados por la “pureza de sangre”. ¿Cómo se inserta tu interés en esta problemática y con qué te quedas?
El origen de la novela es una búsqueda personal, no de una identidad perdida, sino escamoteada. Provengo de una familia signada por el silencio y por secretos que eran pesados de sobrellevar. Había algo trágico de lo que nadie hablaba. Al embarazar con mi primer hijo, acordamos Enrique y yo que los hijos tendrían la identidad judía y mi tía, a pesar de la consigna de guardar silencio, y no develar los secretos familiares que abrirían la caja de Pandora, me dijo: ahora que va a nacer tu bebé te puede servir saber que tu abuela Isabel, -por la que yo llevo el nombre,- era de origen sefardí.
Recién me enteraba de algo que siempre estuvo ahí ocupando un espacio sin haber oído nunca esa palabra, y después de una resistencia brutal, mi madre me dijo que era chueta de Mallorca. Yo no sabía lo que esa palabra significaba ni ubicaba exactamente dónde estaba Mallorca.
Empezó entonces una labor de investigación que me tomó muchos años, y fue como escarbar desgarradoramente dentro de mi misma para recuperar la historia de la familia, que es la historia de los chuetas y la de mi identidad personal. Tardé muchos años en ir a conocer Mallorca, tenía miedo de que no me gustara la tierra de mis antepasados. Yo me tardo mucho tiempo en ir a los
mundos que habito de una manera ideal y vicaria.
Al darles vida a los personajes del libro, me inventé una familia que no había podido encontrar y al final tuve la sensación de que reivindiqué a la abuela con una vida alegre post-mortem, que saldé una deuda con mis antepasados, conmigo y con mis hijos, quienes no tendrán que preguntarse de dónde vienen.
Es parte de la herencia que les dejo.
¿Cuáles eran los fantasmas que tanto temía la familia?
El fantasma era el origen judío de mi abuela quien nunca lo supo, y a pesar de ser
una buena católica la calificaban automáticamente de judía. Esta es una novela de
protesta contra todas las persecuciones.
Y regresando al aquí y ahora, tienes un lugar y un mejor momento para escribir?
La que escribe análisis político es diurna y la que escribe ficción es vampiro, te explico: Yo no puedo ni de chiste escribir en cualquier lugar, pero como mujer sí puedo escribir con interrupciones, no necesito una atmósfera de silencio total. Me pueden venir a decir que llegó la leche, y que ya está el arroz, y seguir escribiendo.
Los que necesitan escribir dentro de un capelo generalmente son los hombres, las mujeres no nos podemos dar ese lujo. Escribo en mi estudio, de preferencia en fachas, con mi computadora. Todo está construido a mi gusto con techos altos, mis objetos, rodeada de muchas flores en tonalidades amarillas.
Escribo mejor en la mañana y leo por la tarde pero descubrí algo que hace un amigo que es vampiro.
Escribir después de las 10.30 es maravilloso. Ya nadie te llama, el lechero no va a llegar, ni se está cociendo el arroz. Pongo música, los psicólogos tienen razón, nada como Mozart, y puedes fugarte a ese otro mundo al que te tienes que ir a vivir, como me lo confirmó Vargas Llosa cuando le comenté que no podía salirme de Mallorca y del S XIX: no, no te estás volviendo loca, así es.
Qué objetos necesitas a tu alrededor?
Me encantan las plumas bonitas. Soy más peligrosa en una papelería que en una tienda de maquillaje. Si se va la luz en casa, que sucede con frecuencia, no me muero sin la computadora; hago a un lado el tablero, saco mi plumita Mont-blanc pequeña, le pongo su cartuchito de tinta verde y me echo el artículo a mano. Lo que sí no puedo hacer es corregir y pido auxilio a algún amigo.
A menos de que estuviera casada con la esposa de Tolstoi. él tachoneaba y la esposa le pasaba a mano los manuscritos de Ana Karenina”.
PALOMA CUNG SULKIN, MAYO 2009
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