La guerra entre Israel e Irán aún no ha terminado. Estamos en un cese al fuego, luego de una aplastante victoria israelí en “La Guerra de los Doce Días”, una contienda en la que Israel logró cumplir, al más alto nivel posible, los objetivos que se propuso: destruir el programa nuclear iraní y neutralizar sus misiles balísticos.
Israel también demostró la increíble capacidad de su fuerza aérea, que obtuvo en pocas horas el control total de los cielos de Teherán. La fuerza aérea judía demostró que es incomparable con cualquier otra fuerza aérea en la región. Israel también utilizó con bastante efectividad sus sistemas de defensa contra misiles y drones, y demostró la increíble preparación emocional y disciplina que tiene el Estado judío en cuanto a sus refugios —mejor que la de ningún otro país del mundo— y el entrenamiento de sus ciudadanos para movilizarse al escuchar sirenas y alarmas. Esto ha salvado miles de vidas que podrían haber sido víctimas de los misiles iraníes.
Ha sido una victoria increíble para Israel, e Irán lo sabe. Y el mundo lo sabe también. Aún faltan las negociaciones posteriores a la guerra entre EE.UU. e Irán para garantizar que no continúen sus programas nucleares ni la producción de misiles.
¿Qué más debe ocurrir ahora?
Si visualizamos el escenario más optimista de esta historia que aún está en desarrollo, hay quienes hablan de una expansión de los Acuerdos de Abraham, que podría incluir a países como Omán, Kuwait, Arabia Saudita, e incluso Siria y Líbano.
Esta semana aparecieron en Tel Aviv pancartas gigantes mostrando a Trump, Netanyahu y líderes árabes promoviendo la normalización con Israel bajo el lema de la “Alianza de Abraham”.
Pero hasta que estas imágenes mesiánicas se cristalicen, debemos ser realistas. En primer lugar, reconocer todas las variantes de enemigos: quizás se puedan firmar acuerdos de paz con Estados musulmanes moderados, como Bahréin o Emiratos, pero es extremadamente peligroso hacer acuerdos con Estados islámicos o islamizados.
Porque un Estado o una organización islámica —como Irán, los hutíes, Hezbollah, Hamás o Al Qaeda— no renunciarán a su objetivo de destruir a Israel. Y en un hipotético “acuerdo de paz” utilizarán la estrategia de la taqiya: la mentira permitida religiosamente en el islam con fines políticos y militares. Es decir: firmar un acuerdo de paz hoy, con la intención oculta de atacar mañana.
Si no recordamos esto, entonces no aprendimos las lecciones del 7 de octubre.
Israel le entregó a Hamás la Franja de Gaza, totalmente libre de presencia judía. Durante esos 20 años de supuesta “paz“, Israel ayudó todo lo que pudo para reconstruir y beneficiar a los habitantes de Gaza. Y cedió y miró hacia otro lado (hajalá) frente a las provocaciones de los gazatíes. Y mientras tanto, Hamás, en lugar de construir su Estado con ilimitados recursos a su disposición , se armaba hasta los dientes, cavaba túneles y planeaba meticulosamente la masacre de 2023. No podemos permitirnos caer en la misma trampa.
¿Cómo evitar repetir este terror?
Desde la perspectiva del judaísmo —y también de la situación moderna de Israel— hay una enseñanza fundamental: la palabra menos judía del diccionario es “ajshav”, “ahora”, como en la frase “Shalom Ajshav” o “Rehenes ya”. Esa mentalidad de resolver un problema inmediato y dejar las consecuencias para nuestros nietos no es parte de la visión judía. Nuestro patriarca Yaacob adquirió de su hermano Esav la primogenitura, un bien a futuro, que Esav sacrificó por un plato de lentejas YA. Esa escena no es solo un relato histórico: es una advertencia. El judío sabe muy bien que no hay nada peor que sacrificar el futuro por un beneficio inmediato. Y más aún cuando esos beneficios vienen de actores políticos de muy dudosa reputación.
En cualquier acuerdo de paz que se firme, especialmente con sus vecinos inmediatos, Israel no puede repetir el error de negociar “tierra por paz”. La tierra conquistada desde el 7 de octubre en Líbano, Siria y en Gaza no solo es una garantía estratégica, una zona de seguridad, una franja desmilitarizada CONTROLADA POR ISRAEL que aleja a nuestros enemigos de nuestras fronteras y los hace menos peligrosos.
La tierra conquistada por Israel es principalmente la mejor póliza de seguros para prevenir futuras hostilidades. Es el mayor castigo para los agresores del 7 de octubre y sus aliados, que los podrá disuadir de cometer el mismo error otra vez.
Anwar Sadat se jactaba cínicamente de que le dio a Begin lo que más quería: un papel firmado, y a cambio obtuvo lo que él más deseaba: la tierra del Sinaí. Los papeles que se firman hoy los pueden violar mañana, especialmente cuando cambian los gobiernos en los países árabes firmantes o incluso en los gobiernos de aquellos países que garantizan dichos acuerdos. Pero la tierra no cambia, no se mueve. Permanece. Y funciona como nuestra zona de seguridad, esencial para la defensa del territorio israelí.
Si va a haber un arreglo de paz, que sea “papel por papel”. Y que la tierra, conquistada con la sangre de nuestros jóvenes soldados, no se toque. Como fue en la época de Yehoshua Bin Nun: ¡tierra obtenida es tierra consagrada!, que no se negocia.
En Medio Oriente la victoria se mide por la tierra ganada en la batalla. Y la derrota por la tierra perdida.
Se lo debemos a nuestros nietos y a los valientes soldados de Israel que dieron su vida por conquistarla.
כָּל־הַמָּקוֹם אֲשֶׁר תִּדְרְכוּ כַף־רַגְלְכֶם בּוֹ לָכֶם יִהְיֶה מִן־הַמִּדְבָּר וְהַלְּבָנוֹן מִן־הַנָּהָר נְהַר פְּרָת וְעַד הַיָּם הָאַחֲרוֹן יִהְיֶה גְּבֻלְכֶם׃
Todo lugar en la tierra que pise la planta de vuestros pies [=que conquisten] les pertenecerá a ustedes; desde el desierto [del Negueb en el sur] y hasta el Líbano, desde el río Éufrates hasta el mar occidental [el Mediterráneo], será vuestro territorio. Debarim 11:24
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