UNA VOZ QUE NO SE OLVIDA
Tendría no más de nueve años cuando estudiaba la parashat Balak con el maestro Zalman Kroshinsky, de bendita memoria. Recuerdo que, en una de las clases, me sorprendió distraído y me preguntó qué significaba la palabra “Vayakumu” —“Y se levantaron”. Le respondí cualquier cosa, como solía hacer siempre que no sabía la respuesta.
El rebe Zalman —quien años más tarde preparó a mis hermanos menores y a mí para el bar-mitzvá— me interrumpió en voz alta y con su característico tono me dijo: “Vajjrilque, vayakumu… du bist a bujjjjo” —“Barylka, eres un burro”. Me ruboricé al instante; la vergüenza me caló hondo.
Tan fuerte fue la impresión que dejó ese incidente en mi corazón, que aún hoy —más de 70 años después— lo recuerdo vívidamente. De hecho, toda mi familia conoce bien esta anécdota.
Años más tarde, mientras estudiaba el relato del atón —la asna de Bilam—, me descubrí conectando mi temprana fascinación por los équidos con aquel antiguo y algo vergonzoso episodio de mi infancia. Y hoy, una vez más, regreso a ella: a esa burra, borrica, compañera silenciosa del profeta que la montaba.
CUANDO ESTUDIAMOS TORÁ DEBEMOS PRESTAR VIGILANCIA A TODOS LOS PORMENORES
Nuestros sabios, en su infinita sabiduría, nos brindan un modelo ejemplar para detenernos en los detalles más sutiles de las Escrituras, esos que a menudo pasan desapercibidos ante nuestros ojos apurados. Nos enseñan que, si tan solo afináramos nuestra atención, descubriríamos que no hay en la Torá palabra alguna que no encierre una enseñanza, una chispa de luz esperando a ser revelada.
“Y vio el asna al ángel de .A. de pie en el camino, con la espada desenvainada en la mano… El asna se desvió para evitar al ángel, lo que provocó que Bilam la golpeara. Finalmente, .A. abrió los ojos de Bilam y este también pudo ver al ángel.” (Bemidbar-Números, 22:23).
La narración, entonces, se detiene. Se vuelve casi lenta, solemne. Es como si nos invitara a no dejarnos llevar por la velocidad del relato, a prestar atención. Porque lo que está en juego no es solo una historia antigua, sino una advertencia atemporal: Bilam no debe seguir al dinero, sino únicamente al llamado divino.
Según Jaza”l, el momento en que el burro abre su boca para hablar no es una casualidad ni una anomalía milagrosa ocurrida en el calor de los hechos. Es, más bien, una de esas maravillas que fueron contempladas desde el mismísimo acto de la creación. Como enseña Pirqué Avot (5:6): “Diez cosas fueron creadas en la víspera de Shabat, entre la puesta del sol y el anochecer, – bein hashmashot- en ese instante crepuscular en que el día ya no es, y la noche aún no ha llegado. Entre ellas se encuentra: la boca de la tierra, la boca del pozo y la boca del burro…”
El Sefer Hacuzari (3) lo reafirma con sencillez y profundidad: “esas creaciones del crepúsculo pertenecen a una categoría especial, situada en la frontera entre lo visible y lo invisible, entre lo natural y lo sobrenatural“. Su autor rabí Yehudá Haleví, ya nos lo enseñó por allí del año 1140, cuando enumera con reverencia esas diez cosas excepcionales: entre ellas, la voz inesperada de una asna que vino a despertar la conciencia de un profeta.
LOS ÉQUIDOS EN LA TORÁ: SON HUELLAS DE UN PROCESO ETERNO
No es casual que los équidos —asnos, burras, pollinos— aparezcan una y otra vez en los momentos decisivos de nuestra historia. Según Jaza”l, la asna de Bilam no es un ser aislado en el tiempo, sino una criatura con pasado… y también con futuro.
“Abraham se levantó de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Yitzjak. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho .A.” (Bereshit 22:3)
Ese mismo asno —según la tradición— reaparece en otro momento fundamental:
“Moshé tomó entonces a su esposa y a su hijo, los montó en un asno y regresó a Egipto. En la mano llevaba el bastón de .A.” (Shemot – Éxodo 4:20).
Como ya hemos visto, en la profecía de Zacarías, es también el mismo sobre el que cabalgará el hijo de David en tiempos mesiánicos.
LA BOCA DEL ASNA: UNA VOZ DE OTRA ESFERA
El Midrash no se limita a destacar el acto asombroso de un burro que habla, sino que amplifica su significado. La “boca del asno”, mencionada en la Mishná (Avot 5:6), se convierte en símbolo de todas esas voces silenciosas que, llegado el momento, tienen algo esencial que decir.
De hecho, el Midrash va más allá: identifica al asno de Abraham, al de Moshé y al de los tiempos del Mashíaj como descendientes del mismo asno creado en la víspera del primer Shabat. Esa zona liminal entre el día y la noche, donde lo ordinario se transforma en excepcional.
Jaza”l no pretenden que tomemos esto de forma literal. Un mismo asno que atraviesa milenios desafía toda lógica biológica. Pero, como todo en nuestra tradición, hay aquí una verdad más profunda que la del relato histórico: una línea invisible que conecta momentos clave de redención a través de un símbolo humilde, terroso, presente, y desapercibido.
«Este es el asno sobre el que cabalgará el hijo de David, como está dicho [Zacarías 9:9]: «Alégrate sin freno, hija de Sion, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna.» (Pirqué De Rabí Eliezer, capítulo 30).
¿Qué significa esta identificación? ¿Qué lugar ocupa la borrica de Bilam en el gran relato del pueblo de Israel?
El Midrash, con su capacidad para entretejer los hilos del tiempo, nos revela que hay tres momentos clave que marcan la historia de Israel y del mundo entero: la atadura de Yitzjak, el éxodo de Egipto y la llegada del Mesías. Estas etapas no solo son hitos en la narrativa histórica, sino verdaderos puntos de encuentro entre el ser humano, la creación y el Creador.
Yitzjak en el monte Moriá representa el acto supremo de anulación del yo ante la voluntad divina: la cúspide de la entrega humana. El éxodo de Egipto, en cambio, simboliza la intervención directa de .A. en la historia, una redención colectiva que sella la alianza entre el cielo y la tierra. Y la redención futura —esperanza latente en cada generación— promete la restauración definitiva de un mundo íntegro, completo, redimido.
Y en cada uno de estos momentos… aparece un burro.
No como simple medio de transporte, no como un actor secundario. Su presencia simbólica es mucho más profunda. Representa una superación de lo material, una elevación sobre la fisicalidad del ser humano. Nos invita a distinguir entre la mera percepción —fruto de múltiples factores circunstanciales— y la esencia, esa realidad más alta que trasciende lo evidente.
El Maharal lo expresa con admirable profundidad:
“Los sabios navegaron muy lejos en su sabiduría para descubrir la conciencia del burro, y por qué precisamente en estos tres casos —Abraham, Moshé y el Mesías— aparecen montados sobre un burro.”
Esa conciencia simbólica del asno sugiere una sensibilidad oculta, una sabiduría silenciosa que se activa solo cuando es verdaderamente necesaria. Tal como ocurrió con la borrica de Bilam: ella percibió la presencia divina antes que el propio profeta. Ella —ser que representa lo simple, lo terrenal— vio lo que los ojos del hombre no lograban ver.
Así, la borrica de Bilam se conecta con las otras figuras équidas de la Torá. Forma parte de ese hilo espiritual que atraviesa las eras y que nos invita, una y otra vez, a mirar más allá de las apariencias. A redescubrir lo sagrado en lo cotidiano. Y a comprender que, en ocasiones, la verdad más profunda puede hablar… incluso con la voz de un burro.
TRATEMOS DE ELEVARNOS PARA COMPRENDER
Cada escena en la que un justo cabalga no es meramente un acto de traslado físico: es un símbolo. Porque cada paseo revela que el jinete es distinto, que se eleva por encima de la materia que lo sostiene. El que monta no se somete al cuerpo del animal, sino que lo trasciende, lo domina con propósito. Y es en esa dominación sin violencia donde radica su verdadera grandeza.
Cuando el Santo, bendito sea Él, quiso exaltar a Abraham o a Moshé, no recurrió a coronas, tronos o adjetivos pomposos como hacen los reyes del mundo. No los adornó con poder ni con riquezas. Su exaltación fue otra: más sutil, más alta, más verdadera.
Una forma de grandeza distinta. Un tipo de elevación que, para comprenderla, debemos desprendernos de la lógica terrenal.
“ENTRE LOS SOLES”: EL ENIGMA DEL BURRO PRIMORDIAL
El borrico que aparece en estos momentos sagrados no es un simple animal, ni siquiera un instrumento pasajero. Según la tradición, fue creado bein hashmashot —“entre los soles”— en los seis días de la creación. No fue moldeado en la luz plena del día, ni en la oscuridad cerrada de la noche, sino en ese instante ambiguo en que el tiempo parece suspenderse: el crepúsculo del viernes, poco antes del primer Shabat.
Ese momento, ni mundano ni totalmente sagrado, carga con un misterio. Es una franja de realidad que no se deja clasificar. Y justo allí, en ese espacio liminal, nació ese burro. Tal vez por eso, generaciones de sabios se han esforzado en descifrar su significado. Porque no representa solo a un animal: representa el cruce entre el cuerpo y el alma, entre lo físico y lo espiritual, entre lo visible y lo que apenas podemos intuir.
¿CÓMO SE RELACIONA LA ASNA DE BILAM CON TODO ESTE PROCESO?
Para comprenderlo plenamente, debemos adentrarnos en la comparación propuesta por nuestros sabios —Jaza”l— entre Abraham Avinu y Bilam Harashá. Dos figuras que representan no solo caminos distintos en la historia, sino formas opuestas de ser, de mirar el mundo, de vincularse con lo divino.
“Todo aquel que posee estas tres cualidades es uno de los discípulos de nuestro patriarca Abraham; y quien posee las opuestas, es discípulo del malvado Bilam: un buen ojo, un espíritu humilde y un alma modesta —estas son las cualidades de los discípulos de Abraham. Un mal ojo, un espíritu altivo y un alma codiciosa —las de los discípulos de Bilam.” (Avot 5:19).
La Mishná no se queda allí. Se pregunta con claridad: ¿qué diferencia hay entre ellos?
La respuesta es tan contundente como conmovedora. Los discípulos de Abraham disfrutan de este mundo, pero también heredan el Mundo Venidero: sus almas están en paz, porque su mirada es limpia y su intención, desinteresada. En cambio, los discípulos de Bilam —cegados por la ambición y el ego— descienden a la oscuridad, al pozo de la destrucción.
¿QUÉ REVELA LA MANERA DE ENJAEZAR?
El Midrash, enseña que los actos más simples pueden ser espejos del alma. Y entre ellos, la forma en la que una persona enjaeza su burro o carro es reveladora. No se trata de un detalle menor o anecdótico, sino de un gesto que delata la motivación profunda: amor u odio, humildad o arrogancia.
“Abraham madrugó y ensilló su burro…” (Bereshit 22:3)
Rabí Shimon ben Yojai comenta: “El amor trastorna la práctica habitual, y el odio también lo hace.”
En el caso de Abraham, el amor por .A. y la devoción al mandato divino lo impulsan a levantarse temprano y preparar él mismo el asno. ¿Acaso no tenía siervos para hacerlo?
Claro que sí. Pero el amor genuino no delega; se manifiesta en lo personal, en lo inmediato.
Lo mismo ocurre, aunque desde el otro extremo del espectro, con Bilam: “Bilam se levantó por la mañana y ensilló su asna…” (Bemidbar 22:21).
El mismo acto, pero impulsado por el odio. Su animadversión contra Israel lo empuja a madrugar, a encargarse personalmente de la preparación del viaje. Aquí también trastoca el orden habitual, pero por una motivación oscura, impaciente, impulsiva.
El Midrash amplía aún más este principio con otros ejemplos:
Yosef, al reencontrarse con su padre Israel tras años de separación, no delega la preparación del carro: “Yosef enjaezó su carro y subió hacia Israel, su padre…” (Bereshit 46:29) El amor filial, la emoción profunda, lo hacen actuar con sus propias manos.
Faraón, por el contrario, al perseguir a los hijos de Israel: “Faraón enjaezó su carro…” (Shemot 14:6). También él tenía esclavos. Pero su odio altera el orden natural, y la violencia se disfraza de iniciativa personal.
Así nos enseñan los sabios: no basta observar lo que alguien hace. Hay que mirar desde dónde lo hace. Porque el mismo gesto puede expresar entrega o destrucción, luz u oscuridad.
BILAM LOS CAMBIOS DE SU PERSONA
Prestemos atención a los versículos para descubrir, por último las motivaciones de Bilam.
a. En Números 22-24: es profeta leal e inquebrantable, un “santo”
b. En Números 22-35: es un vidente desventurado cuyos dones proféticos resultan menos impresionantes que los de su asno.
c. En Números 31:8 y 31:16 – El consejero que animó a las mujeres madianitas a corromper a los israelitas en Peor (Núm. 25:1-18)
La respuesta no se encuentra solo en los hechos, sino en las motivaciones ocultas. En la inclinación del corazón. En esa línea delgada entre la luz y la sombra que separa al profeta humilde del que se entrega a su ego, al idealista al corrupto que descubre el olor del dinero y del prestigio lo que lo doblega ante una asna y un débil e inútil rey cargado de odio.
Sanedrín 106 b nos resume su persona preguntando si Bilam hijo de Beor, el adivino, “que mataron a espada los hijos de Israel entre el resto de sus muertos” (Josué 13:22) ¿Era adivino? Es un profeta. El rabino Yojanán dice: Al principio era profeta, pero al final perdió su capacidad de profecía y se quedó en mero adivino. Rav Papa dice que esto concuerda con el adagio que dice la gente: Esta mujer descendía de príncipes y gobernantes, y era licenciosa con carpinteros.
El perfume del lujo lo perdió.
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