La lectura de las maldiciones que aparecen en esta parashá ha dado lugar, a lo largo de los siglos, a múltiples costumbres: algunos sostienen que deben leerse en voz apenas audible, como si al susurrarlas pudieran menguar su fuerza ominosa; otros, por el contrario, defienden que deben proclamarse con voz estentórea, clara, como un trueno que sacude la conciencia. Hay quienes invitan al rabino a bendecir dicha lectura; otros, en un acto de profunda humildad comunitaria, otorgan ese honor al más necesitado.
Maldiciones y bendiciones, esas antiguas hermanas de la palabra sagrada, han cautivado nuestra atención al punto de que, fascinados por su retórica y misterio, descuidamos el núcleo esencial del texto. Esta semana —marcada por tantos acontecimientos, y sin embargo todavía sin la ansiada libertad para los secuestrados— hace especialmente difícil aproximarse a esta lectura con el corazón en calma.
Más aún cuando una porción de nuestro pueblo elige el silencio, ese que impide la denuncia, la confesión, la reparación, tanto de los errores individuales como de las fallas colectivas.
La Torá instruye con una claridad que no admite evasivas: la mitad del pueblo debía situarse en el monte Eival —el monte de las maldiciones— y la otra mitad en el monte Grizim, donde se pronuncian las bendiciones. Pero todos, sin excepción, debían responder amén, tanto a unas como a otras. Porque el amén no es una aceptación pasiva, sino un acto de compromiso: frente a lo oscuro y frente a la luz.
Hoy seré breve. Confío en que mis amables lectores se acerquen al texto con reverencia y atención —antes y después de acudir a la sinagoga, o incluso desde sus hogares— y que quienes no puedan escucharlo en la lectura pública, lo lean igualmente, con corazón abierto y espíritu dispuesto.
Estos son tiempos en los que debemos gritar el texto. Escuchar las voces que brotan desde lo más hondo de nuestras entrañas, y también las que vienen desde lejos, como un eco antiguo que nos sigue llamando. Todas ellas —las cercanas y las lejanas— son reflejos de nuestras propias actitudes: del hacer y del no hacer, del compromiso y de la indiferencia.
Ha llegado la hora del teshuvá, del arrepentimiento profundo por todo acto —y toda omisión— que cause dolor, daño, pérdida de libertad o de vida, especialmente cuando está en nuestras manos detener esta maldita guerra.
Ninguna acción teatral, ninguna sed de venganza —por más justificada que parezca frente al horror infligido por los criminales más abyectos de la historia— debe guiarnos, sino el recuerdo sagrado de la imagen en la que fuimos creados. Esa imagen que nos exige cuidar los mandamientos y, mediante ellos, transformar las maldiciones en bendiciones.
Así recibiremos el año nuevo.
Así seremos mejores judíos.
Así reconstruiremos, con verdad y con justicia, nuestro Estado y nuestra Nación.
Este es el compromiso que nos convoca, tanto a quienes vivimos en Israel como a aquellos que, desde los confines del mundo, nos acompañan con alma y corazón.
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