Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026

Irving Gatell/ Derrotar al Eje Iraní: ¿Cómo?

En los últimos veinte meses, hemos sido testigos de una de las campañas militares más impresionantes de la historia. Assad cayó; los ayatolas, Hezbolá y Hamas están a punto del colapso. ¿Cómo garantizar su derrota definitiva?

Antes de reflexionar en este tipo de temas, debes tomar en cuenta una cosa: por definición, los civiles no somos muy entendidos en materia de estrategia militar. A veces es muy fácil, desde la comodidad de nuestras casas, opinar cosas estilo “lo que Israel tiene que hacer es continuar con la guerra y aplastarlos”.

No es tan sencillo como eso, especialmente porque una guerra no sólo es el campo de batalla, o Gaza, en este caso. Está lo económico, está lo social, está lo político, está lo diplomático, está lo mediático, está el terrorismo doméstico a nivel global.

Por eso es que los logros obtenidos a estas alturas son impresionantes. Israel siempre tuvo lo necesario para ganar en el frente militar. Pero ¿y todo lo demás? El apoyo masivo que amplios sectores de la comunidad internacional han dado a Hamas y a Hezbollá —nutrido de manera natural por el rampante antisemitismo que se animó a volverse descarado en estos casi dos años— siempre representaron el riesgo de que Israel pudiera perder la guerra en esos otros frentes, bajo un asedio más difícil de controlar.

A eso le apostó Hamas, y luego Hezbollá. Confiaron en que la comunidad internacional metería presión contra Israel y le obligaría a detener su campaña militar. Por eso, en principio, no les importaba perder infraestructura, perder combatientes, perder comandantes. Esperaban a que a Israel no se le permitiera llegar al fondo, y eso les daría la opción de recuperarse.

Las cosas empezaron a cambiar con la caída de Assad. Eso puso en riesgo el apoyo iraní, porque se perdió el principal puente terrestre para enlazarse con Líbano. Con Hezbollá vulnerable, Hamas quedaba expuesto a ser aplastado.

Las cosas terminaron de cambiar con la humillación sufrida por Irán en la Guerra de los Doce Días. Los ayatolas prácticamente quedaron fuera de la jugada, y eso dejó a Hezbollá en la condición de que tiene que resolver sus propios problemas, y a Hamas en el abandono total.

Llegar hasta ese punto significa que Israel pudo derrotar a sus enemigos en los otros frentes, más allá de la abrumadora propaganda mediática en su contra. La diplomacia pro-Hamas no funcionó. La comunidad internacional quedó relegada (sobre todo la europea).

En el campo de batalla, los ayatolas, Hezbollá y Hamas están acorralados, y paradójicamente eso es lo que convierte esta fase en la más difícil de toda la guerra. Extirpar un tumor siempre va a ser más sencillo que eliminar las células cancerosas. Al tumor lo puedes visualizar y ubicar con relativa facilidad; a las células no. La pura labor de búsqueda es más compleja, y el trabajo de atacarlas es más riesgoso. Lo demuestran las dolorosas bajas que ha sufrido el ejército israelí durante el último mes.

Por eso, todos los especialistas en guerra señalan que este es el punto donde la política tiene que hacer su mejor intervención.

La guerra está prácticamente ganada, pero la victoria final sólo se va a sellar en la mesa de negociaciones.

Por cierto: en este caso, no se trata de la mesa de negociaciones con Hamas. Nada que ver. El asunto va por otra ruta.

En las próximas semanas y meses, más allá de las noticias que sigan llegando desde el frente, vamos a ver que Trump y Netanyahu empiezan a ponerle más atención a los verdaderos retos políticos que pueden transformar por completo el Medio Oriente, y aplastar a Irán y sus aliados de manera definitiva. El meollo de todo, como bien podrás imaginar, son los Acuerdos de Abraham. El objetivo inicial es ampliarlos, pero luego viene algo todavía más pretencioso.

Hasta el momento, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán ya los firmaron. Y es obvio que el objetivo no nada más es intercambiar embajadas. Sería demasiado esfuerzo para conformarse con muy poco. Lo que siempre ha estado latente en este nuevo orden regional en el Medio Oriente es lo único que, al final del día, le interesa al mundo: negocios, dinero, comercio.

Los Acuerdos de Abraham tienen como objetivo construir una zona de desarrollo económico que conjunte esfuerzos para alcanzar el máximo desarrollo posible, a partir de dos ejes iniciales y uno tercero que no tardaría mucho en detonar. Los dos ejes con los que empieza todo son el petróleo de lo árabes y la innovación tecnológica de los israelíes; luego vendrá el turismo.

Los logros posibles son incalculables. Medio Oriente se puede convertir en la gran mina de oro del siglo XXI.

Por eso es que China, pese a sus simpatías con Irán, no se involucra a fondo en el conflicto. Prefiere ir con moderación para garantizar que cuando se consoliden los Acuerdos de Abraham, no tenga problemas para hacer pingües negocios allí. Por eso es que Estados Unidos no quiere nada más ser socio, sino ser parte de Oriente Medio por medio de la ocupación económica de Gaza. Y por eso es que Siria, Líbano, Azebaján y Armenia están negociando con Israel y Estados Unidos para anexarse al acuerdo.

Finalmente, todos saben que el éxito definitivo —que ya no parece lejano— será la integración de Arabia Saudita.

Ahora hay que ver esta otra cara de la moneda: la consolidación de los Acuerdos de Abraham no sólo representa la creación de un montón de oportunidades comerciales para los países involucrados, sino que será la única y verdadera posibilidad de derrotar por completo a los ayatolas, a Hezbollá y a Hamas.

Es sencillo: los Acuerdos de Abraham implican crear una nueva realidad en el Medio Oriente, en la que el eje islamista simple y sencillamente no cabe.

Estorba.

Por ello, tendrá que ser extirpado.

Acostúmbrate a que, poco a poco, Israel y Estados Unidos le van a dedicar más esfuerzo a este otro frente, a este otro proyecto. No están abandonando el conflicto en Gaza, ni están renunciando a la derrota definitiva de Hamas.

Lo único que sucede es que entienden que las victorias finales de una guerra se logran en el terreno político, sobre todo cuando las expectativas inmediatas pasan por algo tan grande como hacer del Medio Oriente la zona de mayor desarrollo económico del mundo.

Hamas lo sabía, y por eso uno de sus objetivos era descarrillar esa negociación.

No lo logró.

Su derrota ya es un hecho, y es cuestión de tiempo para que sea absoluta.


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