Israel no intervino con fines expansionistas, sino por su deber de proteger a sus aliados, los drusos, a la vez que equilibró los intereses nacionales en la inestable situación en Siria.
La semana pasada, a solo unas decenas de kilómetros de la frontera norte de Israel, se produjo una brutal masacre en la provincia de Suweida, en el sur de Siria. Las víctimas pertenecen a la minoría drusa del país, una comunidad de habla árabe que radica en la región desde hace mucho tiempo y está comprometida con la soberanía de los países que los acogen, incluyendo Siria, Líbano e Israel.
Ante las desgarradoras imágenes de secuestros, ejecuciones y violencia masiva, Israel optó por intervenir. Lo hizo con cautela y proporción: primero envió discretas advertencias al régimen sirio y luego lanzó ataques limitados contra las milicias yihadistas en Suweida. Cuando estas medidas fracasaron, Israel intensificó sus ataques, apuntando al Ministerio de Defensa y al Estado Mayor de Siria en Damasco por primera vez desde 1973. Ese ataque fue efectivo. Contribuyó a un alto al fuego, negociado con el liderazgo de Estados Unidos por el secretario de Estado Marco Rubio y el enviado especial Tom Barak.
Israel no intervino para ganar territorio ni interferir en la soberanía de Siria. Operó para proteger a los civiles, específicamente a una comunidad minoritaria con la que comparte un profundo vínculo histórico. Durante 77 años, los drusos en Israel han apoyado a la mayoría judía. Sirven en el ejército, ocupan cargos públicos y forman parte integral del tejido social israelí. Esta “alianza de sangre”, reafirmada durante y después de las masacres del 7 de octubre, conlleva una clara responsabilidad moral.
Una respuesta estratégica a una crisis que se agrava
La intervención de Israel también sirvió a sus intereses nacionales. Suweida se encuentra en una región cada vez más disputada por grupos yihadistas, aliados de Irán y milicias tribales. El ataque del 11 de julio por parte de tribus beduinas sunitas contra aldeas drusas, presuntamente con la ayuda del régimen y fuerzas yihadistas, no fue un hecho aislado. Reflejó una lucha más profunda por el control del sur de Siria, incluyendo rutas estratégicas de contrabando e influencia sobre las poblaciones minoritarias.
Si bien no está claro si el presidente sirio Al-Sharaa ordenó los ataques, la incapacidad, o falta de voluntad, de su régimen para detenerlos plantea serias dudas. Públicamente, Al-Sharaa se distanció de la violencia, consciente de su creciente legitimidad internacional. En privado, las evaluaciones de inteligencia deben determinar si fue una pérdida de control o algo mucho más deliberado.
Dentro de la comunidad drusa, las divisiones son profundas. Algunos líderes, como el jeque Hikmat al-Hijri, rechazan al régimen e insisten en mantener su autonomía y sus armas. Otros, como el jeque Yusuf Jarbu’, están a favor de la cooperación con Damasco y se oponen a la intervención israelí. Estas dinámicas internas complican cualquier acuerdo y aumentan el riesgo de colapso del alto al fuego.
Intereses de Israel en Siria
Las acciones de Israel en Siria se guiaron no solo por la conciencia, sino también por una evaluación lúcida de las necesidades estratégicas:
- Prevenir las amenazas directas a su frontera noreste, incluyendo el terrorismo, el lanzamiento de cohetes y el contrabando de armas.
- Bloquear el renovado atrincheramiento de Irán, incluyendo la reciente actividad de la Fuerza Quds cerca de los Altos del Golán.
- Defender a los drusos, una minoría amenazada existencialmente, como parte del tejido moral, social y político de Israel.
- Preservar los canales de diálogo con Damasco para explorar acuerdos de seguridad a largo plazo.
- Contener la influencia militar turca en el sur de Siria y aclarar las líneas rojas.
- Proteger la legitimidad internacional de Israel, especialmente con sus socios en Washington, Abu Dabi y Riad.
Uso responsable de la fuerza
La escalada moderada de Israel, precedida de advertencias indirectas y una acción militar inicialmente limitada, demuestra que no busca la confrontación. Más bien, busca estabilidad, protección de las minorías y disuasión a largo plazo.
De hecho, el ataque israelí en Damasco no fue meramente simbólico. Fue un mensaje: la violencia contra la comunidad drusa y la masacre de civiles, especialmente cuando son perpetradas o toleradas por un gobierno, tendrán consecuencias.
Pero incluso ahora, Israel busca evitar una mayor escalada. Sus condiciones para continuar el diálogo con el régimen sirio son claras:
- Garantizar los derechos y la protección de las poblaciones minoritarias.
- Impedir el despliegue de fuerzas militares o yihadistas del régimen al sur de Damasco.
- Hacer cumplir el alto al fuego entre las comunidades drusa y suní.
- Exigir responsabilidades a los responsables de la masacre.
De la fuerza a la diplomacia
La acción militar, por justificada que sea, debe ir acompañada de diplomacia. Israel debe liderar un esfuerzo regional, junto con Estados Unidos, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Turquía, para estabilizar Siria, marginar a los actores extremistas y prevenir nuevas atrocidades.
No se trata de reflejar poder. Se trata de una respuesta regional. En Siria, como en otros lugares, la fuerza debe estar al servicio de la estrategia, una que equilibre valores, intereses y alianzas.
Israel no busca la guerra. Busca la estabilidad, la seguridad y la defensa de sus principios morales.
El general de división (retirado) Amos Yadlin, exjefe de la Dirección de Inteligencia Militar de las FDI, es presidente y fundador de MIND Israel
Artículo publicado en The Times of Israel
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