El hambre y la muerte compiten hoy en las tierras de Gaza.
Recordemos: en el trágico 7 de octubre, 21 meses atrás, más de 1,200 jóvenes israelíes conocieron el final al tiempo que varios centenares
cayeron rehenes en los ásperos brazos de Hamás.
Sumamos desde entonces el trágico y prematuro fin de 898 jóvenes soldados además de 4,000 heridos en los escenarios de una interminable guerra humedecida por las lágrimas de no pocos.
Y en paralelo se multiplican en los páramos gazaties, las agonías y muertes de mujeres y niños víctimas de la violencia y del hambre.
Rojo escenario que abruma y culpa a todas las partes.
Sufrimos cuando nuestras familias protestan y lloran adivinando las agonías de los rehenes y lamentamos cuando masas de niños en el otro lado de la frontera corren tras un flaco alimento.
Nada justifica estos oscuros cuadros.
La destrucción y el hambre en Gaza es una tragedia que opaca y reduce los justos motivos de un difícil encuentro.
Es hora de ampliar el diálogo y suscribir acuerdos que lleven al lúcido diálogo con ellos y entre ellos.
La afiebrada negativa de la pareja Ben Gvir-Smotrich, impulsada por un teo-nacionalismo que complica nuestra postura en el mundo no es aceptable.
Cabe por fin continuar y vivir, aquí y allá, sin la mutua violencia.
Ya es hora.
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