Los últimos mil años de historia han sido testigos de la más profunda transformación de las sociedades humanas como consecuencia del empoderamiento de la clase media. Hoy estamos viviendo el final de algo, pero falta mucho para saber si lo que se acaba es toda una era, o sólo vamos a pasar a otro ciclo.
Marx no estaba del todo equivocado al intuir que la historia había sido una tensión permanente entre explotadores y explotados. En los términos de su época, entre quienes vivían de sus rentas y quienes tenían que vender su fuerza laboral (generalmente, por salarios miserables).
Lo que Marx no alcanzó a percibir fue el profundo cambio económico, social y político que iba a traer el empoderamiento de la clase media gracias al capitalismo industrial.
La economía de la clase media gira en torno al comercio y al emprendimiento, y dado que eso implica arriesgar el propio patrimonio, fue en este entorno social que se desarrolló la devoción por la eficiencia. A diferencia del aristócrata explotador que ante una quiebra sólo tenía que cobrar más impuestos, o el asalariado explotado que no tenía suficientes recursos para invertir en un proeycto propio y no tenía más alternativa que depender de su sueldo, el burgués no podía plantearse demasiadas disyuntivas. Si su actividad no le generaba ganancias, tenía que cambiar. Tal vez los costos de producción, tal vez las estrategias de mercadotecnia, tal vez el oficio, pero al final de cuentas tenía que cambiar.
Así fue como la clase media desarrolló algo que las otras dos clases sociales nunca necesitaron: La capacidad de corregirse a sí mismos.
Poco a poco, la clase media empezó a empoderarse. El empujón final lo trajo la Revolución Industrial, y a finales del siglo XVIII la burguesía por fin se arriesgó a disputarle el poder político a los reyes. De eso se trataron la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. En ese tiempo, la excitación generalizada hizo creer a muchos que la Historia por fin había llegado a su desenlace final, pero eso sólo fue una ilusión. En realidad, apenas era el inicio de un proceso que se iba a extender por lo menos dos siglos y medio más. Es decir, hasta hoy.
¿De qué se ha tratado ese proceso? De sustituir el modelo político autoritario característico de los últimos seis mil años, y cuyo principal ejemplo es la monarquía, por el modelo liberal basado en la eficiencia, al cual solemos llamarle “democrático”.
A juzgar por todo lo que se ha publicado en los últimos 250 años (especialmente en materia de filosofía política), no parece que la clase media haya sido muy hábil para hacerle propaganda a sus ideas. Al contrario: Los máximos exponentes ideológicos siempre han sido los defensores de las aristocracias (desde la teología) o de las clases más desfavorecidas (desde el marxismo, que viene a ser equivalente a decir que desde la filosofía).
Es lógico: El comerciante está ocupado comprando y vendiendo, y el emprendedor está enfocado en mejorar el rendimiento de su producción.
De todos modos, al final de cuentas siempre ganan los comerciantes por la razón ya dicha: La eficiencia.
Los paradigmas políticos de la aristocracia y del marxismo han demostrado, vez tras vez, que no funcionan. Por ello, importa muy poco el éxito que tengan a nivel retórico. Pueden publicar los mejores libros del mundo, tener a los intelectuales más destacados, y elaborar los planteamientos filosóficos más elegantes. Si de todos modos no tienen éxito en el mercado, lo único que les queda es el fracaso.
El conflicto abierto entre los modelos autoritarios y la clase media comenzaron, como ya dije, a finales del siglo XVIII. La primera fase de esa guerra de proyectos económicos llegó en 1918 con el final de la Primera Guerra Mundial, cuando las monarquías más importantes en Europa finalmente perdieron el poder.
Por supuesto, el vacío resultante se llenó casi de inmediato con la versión grotesca del absolutismo monárquicos. Digamos que vino el empoderamiento de un modelo político y económico tan brutal y abusivo como el que habían ostentado los reyes europeos durante varios siglos, salvo porque en esta ocasión era gente del vulgo la que estaba al frente de todo.
Eso fue el fascismo de Hitler y Mussolini. La copia infame de lo que había existido antes.
Al igual que sus predecesores, el fascismo se derrumbó con la Segunda Guerra Mundial, y el proyecto liberal de la clase media siguió adelante.
Entonces vino el turno de un nuevo autoritarismo. Los aristócratas y sus reyes ya habían caído; luego, sus émulos infames y fascistas. Ahora vino el turno de los filósofos por medio del marxismo y el proyecto soviético.
También fracasó, aunque se tomó un poco más de tiempo (hasta 1991). Y entonces ocurrió lo mismo que al final de la Primera Guerra Mundial: Así como el fascismo fue la versión repugnante del poder monárquico, el posmodernismo (el llamado “virus woke”) es ahora la versión ridícula de la filosofía marxista.
Esta es la ideología autoritaria por definición (imagínate: Si no usas ciertos pronombres, lenguaje inclusivo, o aceptas la percepción de otros como la única realidad posible, hacen todo por cancelarte y quitarte el derecho a expresarte; todo en nombre de una pretendida superioridad moral no muy distina a la que pregonaba Hitler) que está asfixiando al mundo en la actualidad.
Al igual que los reyes hace más de un siglo, los führer o duces hace unos 80 años, o los soviets de hace apenas 40 años, el movimiento woke está desmoronándose por su propia ineficiencia. La clase media no sabe darles batalla ideológica o propagandística, pero tiene el discreto encanto de comprar bajo y vender alto. Por eso el éxito económico siempre está con el modelo liberal, no con nuestros posmodernos enemigos de la civilización occidental.
Tal vez en otras circunstancias no habrían sido demasiado peligrosos, pero en esta ocasión ocurrió una intromisión que afectó mucho las dinámicas globales: El islamismo extremista.
Aliado natural de los wokes en la lucha contra las libertades propias de la cultura occidental, los grupos islámicos radicales hicieron el mundo un lugar muy peligroso.
Sin embargo, no son más hábiles que los wokes a la hora de generar riqueza o administrar patrimonios. De hecho, son igual de torpes. Atrapados en paradigmas feudales y, por lo tanto, autoritarios, la realidad es que tampoco son rivales para la silenciosa pero imbatible eficiencia burguesa occidental.
Poco a poco, las cosas van cayendo por su propio peso, y el mayor riesgo de todos —el islamismo militante y terrorista— ha sido derrotado por un pequeño país en el que, por razones coyunturales tan complejas como precisas, se ha convertido en el ejemplo máximo de esa eficiencia burguesa: Israel.
La guerra está a punto de llegar a su fin. Así, un poco más de un siglo después de que cayeran los reyes europeos, los wokes y el islamismo están llegando al límite de sus capacidades.
¿Será por fin el triunfo definitivo de la idiosincrasia liberal y democrática de la clase media occidental? ¿O será sólo la transición a un nuevo paradigma de conflicto?
Está claro que la siguiente fase será la confrontación entre los Estados Unidos y China. A primera vista, pareciera entonces que sólo es un cambio de ciclo. Sin embargo, esta guerra ya no es una que se vaya a resolver por la vía militar. Será una guerra comercial, una guerra de eficiencias, una confrontación en la que los típicos valores libertarios de América tendrán que competir con el autoritarismo capitalista creado por el Partido Comunista Chino.
Eso es lo que hace que nos resulte difícil entender lo que pasa en el mundo.
Es lógico. Estamos ante cambios de gran magnitud, comparables únicamente a los que vivimos al terminar la Segunda Guerra Mundial. Verlos y analizarlos en tiempo real no es sencillo, pero tampoco es que tengamos alternativa.
Habrá que estar pendientes para entender el rumbo que toma el mundo.
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