Rabino Yerahmiel Barylka / Parashat Ki Tetzé

LA DIVINA PROVIDENCIA

Rambam nos dice que: “En cuanto al tema de la supervisión divina en relación a “porque caerá el que caiga de él” (Devarim-Deuteronomio 22:8 [1]), se integra con lo que leímos en la parashá  “Shoftim” acerca de los exentos de ir a la guerra – “¿y quién es el hombre que ha comprometido a una mujer y no la ha tomado, que se vaya y vuelva a su casa para que no muera en la guerra” (Ibidem 20:7), y también – “el hombre que ha construido una casa nueva y no la ha estrenado… que ha plantado un viñedo y no lo ha disfrutado” (Ibidem 20:5,6), para que no mueran en la guerra.

Aquí se plantea con toda su agudeza la cuestión de la supervisión divina[2], ¿acaso la persona muere porque se ha decretado su muerte, o muere porque se ha visto envuelta o ha introducido a sí misma en circunstancias en las que puede morir?

Este tema se discute con toda su agudeza y profundidad en una respuesta del Rambam a R’ Ovadia Guer-Tzadik [3], quien le presenta una pregunta sobre el significado de la afirmación de nuestros sabios: ‘todo está en manos del cielo excepto el temor de Dios (Talmud de Babilonia, Berajot, 33), si es que este es un decreto que se ha decretado sobre todas las acciones del hombre y su destino, excepto en su conciencia en el reconocimiento de Dios?

A esto responde el Rambam con una afirmación contundente:

Todas las acciones del ser humano están incluidas en el temor de Dios, porque el desenlace de cada acto —por insignificante que parezca— conduce a una mitzvá o a una transgresión.

Si aceptamos que el temor de Dios no está en manos del cielo, entonces hemos retirado todas las acciones humanas del ámbito del decreto divino.

Esto implica que el hombre es plenamente responsable de sus actos y de sus omisiones, y debe cargar con sus consecuencias.

Negar esta responsabilidad sería negar también su libertad de elección en lo que respecta al temor de Dios, y eso sería anular la esencia misma del libre albedrío.

El Rambam plantea una objeción profunda:

Si tomamos literalmente la enseñanza de nuestros sabios —«Cuarenta días antes de la formación del embrión, una voz proclama: La hija de fulano es para fulano» (Sotá 2)— entonces parecería que el ser humano no tiene libertad ni siquiera para elegir a su esposa. Si esa elección está predeterminada, ¿cómo podemos sostener que su temor de Dios está bajo su control?

¿Cómo puede ser responsable de su conducta si no lo es de sus vínculos más íntimos? ¿Cómo exigirle responsabilidad por el resultado de una relación que no eligió libremente?

El Rambam aclara:

Nuestros sabios dijeron que «todo está en manos del cielo», refiriéndose a la estructura del mundo, sus acontecimientos y su naturaleza:  Las especies de árboles y animales, las almas, las constelaciones, y las esferas celestes—todo eso está en manos del cielo.

Es decir:

Todo lo que pertenece al orden natural está regido por leyes fijas. Y precisamente por eso, el ser humano debe actuar con responsabilidad dentro de ese marco natural.

Por ejemplo, debe construir una baranda en su azotea para evitar que alguien caiga y muera.

Así lo ordena la Torá en Deuteronomio 22:8 con un precepto que no es solo una norma arquitectónica. Es una declaración ética profunda: el ser humano debe prevenir el daño, incluso cuando parece improbable. Debe asumir que la naturaleza sigue su curso —y que la gravedad no espera milagros.

Cuando vemos cuántos de nuestros soldados caen —por fuego cruzado entre compañeros, por artefactos que estallan en sus manos— debemos comprender lo devastador que es no tomar todas las medidas posibles para evitar lo que llamamos “accidente”.  No podemos esperar intervención divina. No podemos culpar al cielo.

La responsabilidad es nuestra.

La prevención es nuestra.

La vida —y su resguardo— está en nuestras manos.

ENTRE LA «GENERACIÓN DEL MONTE SINAÍ» Y LA «GENERACIÓN DEL DESIERTO»

Meir Simjá de Dvinsk, autor del Meshej Jojmá, nos ofrece una reflexión penetrante sobre la evolución espiritual del pueblo de Israel.

Poco antes de la entrega de la Torá, Israel proclamó con fervor: «Haremos y oiremos». En ese momento, como reino santo, se asumía que cada hombre de Israel cumplía los mandamientos y servía al Eterno con integridad. En una comunidad así, quien transgredía los límites era visto como una excepción, un «enemigo» o «detractor», pues rompía la armonía de un pueblo consagrado.

Sin embargo, la parashá Ki Tetzé fue revelada cuarenta años después del episodio del becerro de oro, dirigida a la segunda generación que salió de Egipto. Esta generación, marcada por la rebelión y la desobediencia, es descrita en la Torá como «una generación de hombres pecadores» (Números 32:14). Y en realidad, todos nosotros, en todas las generaciones, estamos incluidos en esa categoría. En este contexto, si alguien percibe pecado en su prójimo, debe primero mirar hacia dentro, examinar sus propias acciones, y sin duda encontrará en ellas defectos y deformidades. Porque hoy, en nuestra época, todos estamos sumidos en transgresiones, y los «hijos de la ascensión» —los verdaderamente justos— son pocos y contados.

Por ello, ningún hombre de Israel tiene derecho a tratar a otro como «enemigo» u «odiado», incluso si ha pecado. Debemos verlo como a un «hermano», pues ninguno de nosotros es mejor que el otro. Quien señala los fallos de su prójimo, se descalifica a sí mismo con sus propios defectos.

En estas condiciones, se nos ha quitado el derecho de rechazar al otro. No tenemos permiso ni justificación para considerarlo un «detractor», porque con todos nuestros pecados, seguimos siendo hermanos. Y como tales, debemos extender la mano a quien se encuentra en dificultades, sin juicio ni condena.

Hoy, estas palabras resuenan con una fuerza que sacude nuestros oídos, ya endurecidos por tantas acusaciones y discursos hirientes. En tiempos de guerra, debemos elevarnos por encima del juicio, y estar junto al otro con compasión. Debemos construir un parapeto —una protección espiritual y comunitaria— que permita que nuestra nación siga en pie, que recupere a los secuestrados, y que repare las balaustradas rotas de nuestro pueblo, para que nadie más caiga al abismo.

Porque como dice la Torá:

«Cuando edifiques casa nueva, harás pretil a tu azotea, para que no pongas sangre en tu casa si alguien cae de ella» (Deuteronomio 22:8).

Hoy más que nunca, estamos llamados a construir esas balaustradas —de empatía, de unidad, de responsabilidad compartida— para que nadie caiga.

Porque todos somos responsables.

Porque todos somos hermanos.

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[1] Algunos ven en el “pretil” una metáfora de los límites que debemos poner en nuestras vidas para evitar caídas éticas o espirituales. ¿Esta idea se conecta con las plegarias de Rosh Hashaná o con algún aspecto de nuestra vida, en tiempos de guerra?

[2] Hashgajá. También traducido como La Divina Providencia.

[3] Ovadia, fue un noble normando, que se convirtió en judío a principios del siglo XII. Su nombre era Juan, y fue hijo de un caballero que participó en la primera cruzada, bajo el mando de Godofredo, duque de Lorena. Recomiendo mucho lean su apasionante biografía.

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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."