En tiempos en que la medicina se transforma a gran velocidad por la inteligencia artificial y la presión de escenarios bélicos, la historia de Daniel Zajarías se alza como un testimonio de vocación, resiliencia y compromiso humano.
Entrevista por Bronia Noznik
Zajarías, médico mexicano formado en México, Inglaterra e Israel, hoy es jefe de Urgencias en un hospital israelí. Su trayectoria incluye el vértigo cotidiano de la sala de emergencias, la inesperada experiencia de servir como oficial médico en el ejército israelí y el liderazgo de misiones humanitarias en Siria para asistir a comunidades víctimas de masacres.
Desde niño le apasionaban las urgencias, lo que lo llevó a la Cruz Roja, al CDI y finalmente a especializarse como urgenciólogo. Lo que encontró en Israel tras el 7 de octubre fue un reto sin precedentes: atender víctimas de la guerra mientras debía sostener a su equipo médico en medio del shock emocional.
“Lo primero es aceptar que todos vamos a estar afectados. Mi responsabilidad no era solo con los pacientes, sino con mis médicos. A veces había que decirles: ‘tómate el día, ve a tu familia’. Eso salva más que cualquier turno”.
Para él, cada jornada es una carrera contra el tiempo: desde diagnosticar en segundos un infarto hasta improvisar ante un accidente masivo. “La medicina es un reto siempre, pero urgencias es un reto con mucha adrenalina”, afirma.
Tecnología al servicio de la urgencia
Lejos de desplazar a los médicos, la tecnología se ha convertido en su aliada. El ultrasonido portátil que cabe en un bolsillo y la inteligencia artificial que agiliza diagnósticos y notas clínicas han revolucionado su práctica.
“Con ultrasonidos del tamaño de un celular, podemos salvar vidas en tiempo real”, explica.
La misión en Siria: diplomacia en bata blanca
Uno de los capítulos más intensos de la trayectoria de Zajarías fue la misión humanitaria en Siria tras la masacre contra la comunidad drusa.
La llegada fue tensa: un convoy militar atravesando la frontera, protocolos de seguridad y la incertidumbre de no saber si serían recibidos como aliados o intrusos.
“Nos daba miedo que alguien pudiera infiltrarse y atacarnos. Pero en cuanto vimos las sonrisas, los regalos de cerezas y pan druso, todo cambió. No hacían falta palabras, con mirarnos a los ojos sabíamos que éramos hermanos”.
El idioma, lejos de ser una barrera, se convirtió en un puente inesperado: médicos drusos de ambos lados colaboraron como traductores, Google Translate ayudó en las consultas y hasta los niños repetían en hebreo palabras de gratitud.
“Aprendí que era soldado, era médico, pero fue una misión diplomática. Fuimos como embajadores de Israel a una población que no nos conoce. Poder llegar y enseñarles que también somos humanos, que nos reímos igual, lloramos igual, fue inolvidable”.
La precariedad obligó a improvisar. “Nos faltaba material y me vi como en la Cruz Roja mexicana, adaptando herramientas como MacGyver. Pero el mayor aprendizaje fue humano: descubrí que la medicina es también diplomacia, es tender la mano donde nadie más lo hace”.
La medicina como puente para la paz
Zajarías está convencido de que la salud puede ser un terreno neutral donde se construya la paz.
“En urgencias trabajamos codo a codo judíos, musulmanes, cristianos y drusos. En esos momentos no hay etiquetas, solo nombres y un mismo objetivo: quitar sufrimiento. Eso crea un lazo más fuerte que cualquier diferencia política”.
Recuerda cómo la desconfianza inicial en Siria se transformó en convivencia: niños recibiendo chocolates de los médicos, familias compartiendo pan y soldados y civiles encontrando en la medicina un lenguaje común.
“Fue inolvidable. Ese día aprendí que la medicina no es solo ciencia, es humanidad y es nexo”.
El otro lado de las misiones médicas
Con la experiencia de haber trabajado en distintas organizaciones internacionales, Zajarías reconoce tanto la nobleza como los riesgos de estas iniciativas.
“La mayoría llega con buenas intenciones, pero sin logística. Y sin logística, en vez de ayudar, puedes generar un problema mayor. Que lleguen 200 médicos sin agua es más carga que apoyo. La diferencia es la coordinación: nosotros planeamos todo como una operación militar, desde la seguridad hasta la potabilización del agua”.
Para él, cada rol cuenta, incluso los inesperados:
“Uno de los más importantes en nuestra unidad es un payaso. Parece simple, pero su trabajo es fundamental. Distrae a los niños cuando sus madres están heridas, y a nosotros nos regala un respiro después de horas durísimas. No siempre el mejor tratamiento lo da un médico: a veces es alguien que sabe arrancar una sonrisa”.
Entre la ciencia y la vulnerabilidad
En medio de la tecnología de punta y los protocolos de guerra, Zajarías no olvida la fragilidad humana. Uno de los recuerdos que lo persigue es el de una joven de 32 años que colapsó en un restaurante.
“Hicimos todo, incluso conectarla a ECMO, pero nunca supimos qué la mató. Esos casos te persiguen y hacen que cada paciente después sea una nueva oportunidad para no fallar”.
Su testimonio refleja el pulso de una profesión donde la frontera entre la vida y la muerte se mide en segundos. Pero también muestra la dimensión ética de la medicina en contextos extremos: no basta con salvar cuerpos, hay que sostener equipos, comunidades y memorias.
“Soy un adicto a esto, a la urgencia, a la adrenalina que implica ayudar. Lo hago porque me apasiona y porque sé que, en medio del caos, nuestra labor es quitar sufrimiento”, concluye.
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