En caso que alguna vez exista una historiografía realmente objetiva y crítica (cosa que personalmente dudo) el siglo XXI será sindicado como el siglo del Antisemitismo por excelencia.
No porque los siglos precedentes no hayan sido antisemitas. Todo lo contrario. La Humanidad tiene el resaltante “honor” de tener ya 21 siglos de antisemitismo a sus espaldas, el que con mayor o menor frecuencia ha sido una constante en la historia occidental. De hecho el antisemitismo (lo que el mismo devela y oculta, lo que lo que el mismo sugiere y evade) es intrínsecamente fundamental para entender a Occidente, por más que el tema pase desapercibido y escotomizado.
¿Qué diferencia pues este antisemitismo de los 20 siglos que le preceden? En primer lugar el grado de pasión con el que se inviste y presenta. Una pasión absolutamente desbocada, manifestada en gritos, bullerío, pancartas, tomas de universidades, coros masivos de estudiantes, profesores y políticos, boicots, prohibiciones, insultos, pintadas, gestos de odio por doquier…Una pasión llena de ominosas intenciones solo parangonable a la pasión antisemita medioeval, lo que hace ciertamente dudar de la supuesta racionalidad y progreso de este mundo autodenominado “moderno”.
Pero el punto fundamental, el que queremos desarrollar aquí, es que este antisemitismo no requiere ni convoca absolutamente ninguna ideología (a no ser que el antisionismo sea una ideología, lo que es discutible). Es pura pasión. Pasión en estado casi puro, se podría decir. Con todo lo tanático y destructivo que lo mismo implica.
Sin embargo, sí se podría escudriñar un punto ideológico. El punto final del programa antisemita de este siglo XXI no es el exterminio ni la expulsión ni el gueto (por más que haya sin duda efectos simbólicos y culturales de exterminio, expulsión y gueto), sino un punto más radical: el que los judíos se avergüencen de su judaísmo.
Es decir, que rechacen por inadecuado, anacrónico u horripilante su herencia y su legado.
Es decir, que ya no se reconozcan en nada -absolutamente nada- de la tradición bíblica, las tradiciones y costumbres, la historia y el significado de Israel.
En este punto de identificación con el agresor el judío rechaza su judaísmo y todo lo que le precede, pero además, y este es el punto esencial, rechaza con vehemencia y pasión (la misma pasión antisemita totalmente inadvertida como tal) proyectarse al futuro como judío.
Se rompe aquí la cadena generacional y este judío (¿renegado?; ¿alienado?; ¿aterrorizado?) se encargará de forma sistemática que nada del judaísmo se transmita a sus hijos, a sus nietos y a su descendencia en general, transformando el mandato antisemita en mandato generacional: “a partir de aquí lo mejor para mí, para ustedes, para la Humanidad es que el judaísmo perezca”…
¿Estamos entonces ante una nueva versión del judío asimilado del siglo XIX? Sí y no.
Sí, en cuanto tenemos aquí un efecto de vergüenza aplastante (tal como en el siglo XVII, XVIII y XIX) por el cual el antes de la tradición, el pasado judío, pasa a ser semantizado como horrible, supersticioso y perturbador y por ende, necesario de ser rechazado.
No, en cuanto esta generación de judíos tiene todos los datos necesarios para saber que repudiar a su judaísmo lleva directo a la masacre y al genocidio y que además la Humanidad Occidental, por más que el antisemitismo busque este avergonzamiento, no puede existir sin los judíos, en los que deposita como perfectos chivos expiatorios, todas sus paranoias, esquizoidías, disociaciones y escenas persecutorias de conspiración, muerte y agobio.
¿Puede entonces esta generación de judíos ser tan ingenua?
Si decimos que Occidente nada aprende (y nada aprenderá) por más persecuciones, genocidios y holocaustos que existan, ¿qué han aprendido los judíos?
Tener miedo, escabullirse, renegar no es aprender. Todo lo contrario. Es estar ahí, en el punto exacto en que el antisemitismo contemporáneo quiere a los judíos.
Pero, entonces, si el antisemitismo tiene éxito, y esta generación cae en la trampa, trampa que es condena y alienación, ¿se trata entonces de la hora crucial del Judaísmo?
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