Las bases de la vida judía en Monterrey, una comunidad que cumple 100 años. Con Marta Nosnik

En una entrevista muy especial, Bronia Nosnik tuvo el privilegio de conversar con alguien cuya historia no solo ha moldeado su vida, sino que también ha sido parte activa del desarrollo de una comunidad entera: su madre, Marta Nosnik.

Marta nació en Monterrey, Nuevo León, con el nombre de Marta Ostrovia. Hija de inmigrantes judíos provenientes de Europa del Este —principalmente de Polonia—, creció en una comunidad pequeña pero profundamente comprometida con sus raíces. Su padre, como muchos otros inmigrantes de la época, inició su vida profesional como abonero (vendedor ambulante), abriendo camino para una familia trabajadora y solidaria que ayudó a sentar las bases de la vida judía en Monterrey. Con el tiempo, él y otros familiares fundaron negocios prósperos, como tiendas textiles o deshuesaderos, mientras tejían una red comunitaria que hoy forma parte esencial del legado judío del norte del país.

Uno de los pilares fundamentales de esa comunidad fue el Colegio Israelita de Monterrey, institución que Marta recuerda con particular orgullo. No solo por haber sido alumna en la cuarta generación de estudiantes, sino por lo que representó en términos de identidad y continuidad. A pesar de tener un número reducido de alumnos —entre 70 y 80—, el colegio logró consolidarse como una institución educativa ejemplar, obteniendo en su momento las calificaciones más altas en pruebas nacionales e internacionales.

Este logro es doblemente significativo considerando el tamaño y los recursos de la comunidad. La infraestructura de un colegio no cambia si hay 80 alumnos o 500, lo que hace aún más admirable la determinación colectiva por mantenerlo y fortalecerlo. Marta reconoce ese esfuerzo como un acto de amor y responsabilidad intergeneracional.

Tras concluir sus estudios en el Colegio Israelita y más tarde en el Colegio Laurens, Marta se mudó a la Ciudad de México, donde comenzó un nuevo capítulo tanto personal como intelectual. Fue allí donde contrajo matrimonio con José Nosnik, con quien formó una familia profundamente arraigada en los valores de la educación, la cultura y la vida comunitaria.

En la capital, Marta se integró al grupo Hatikva —esperanza, en hebreo—, conformado por mujeres jóvenes que compartían el deseo de aprender, crecer y construir comunidad. Se formaron en temas prácticos como cocina, pero también en filosofía, música, arte y crianza, de la mano de maestras e invitadas que expandieron sus horizontes. “Crecimos juntas, en el mismo camino”, recuerda Marta. Ese mismo deseo de explorar el mundo la llevó, más adelante, a trabajar como contacto en una agencia de viajes, lo que le permitió conocer muchos países no como turista, sino como exploradora informada y reflexiva, siempre con libros en la maleta y preguntas en la mente.

El liderazgo espiritual del Rabino Kaiman

Marta también rememoró con cariño la llegada del Rabino Kaiman, quien asumió la guía espiritual de la comunidad siendo muy joven. Su enfoque inicial —insistir en la observancia del kashrut y en mantener hogares kosher— evolucionó junto con la comunidad. Al notar que los jóvenes ya no comprendían el yiddish, idioma en el que daba sus prédicas (droshes), comenzó a traducirlas al español con la ayuda de Anita Fristad.

Más allá de lo religioso, el rabino se involucró profundamente en la vida cotidiana de la comunidad: apoyaba a la escuela cuando faltaban maestros y se convirtió en un verdadero pilar de cohesión y crecimiento espiritual.

La vida social en Monterrey fue rica y significativa. Desde pequeña, Marta participó en movimientos juveniles como Hashomer Hatzair, que ofrecía una formación sionista y cultural, con campamentos (moshavot) y actividades recreativas que formaron lazos profundos entre los jóvenes. “Crecimos como hermanos”, dice Marta con emoción, recordando la cercanía entre familias y la complicidad de una juventud vivida intensamente.

Más adelante, ya en la adolescencia, los jóvenes organizaban salidas a bailar y excursiones, siempre con un sentido de respeto y responsabilidad mutua. “Nunca nos faltó nada”, afirma con gratitud. Esa noción de comunidad sólida, de apoyo mutuo y pertenencia, ha sido una constante en su vida.

Adaptarse para seguir brillando

A sus más de 90 años, Marta Nosnik no solo conserva una memoria lúcida y una voluntad firme, sino que se ha adaptado admirablemente a los cambios tecnológicos. A pesar de enfrentar retos como la degeneración macular y dificultades auditivas, utiliza un Kindle para leer, participa en clases de literatura cada semana vía remota y mantiene contacto constante con su extensa red familiar a través de mensajes y videollamadas.

Gracias a estas herramientas —y al apoyo de su familia y amigas—, Marta se mantiene activa, interesada y emocionalmente conectada. Cada viernes envía mensajes de Shabat Shalom a familiares que viven tan lejos como Corea, y continúa reuniéndose con sus amigas sobrevivientes del grupo original de WIZO, al que pertenece desde hace décadas.

Para Marta, mantenerse activa, seguir aprendiendo, preocuparse por los demás y nunca dejar de involucrarse con la comunidad son claves para conservar la salud —del cuerpo y de la mente—. “Eso es lo que nos ha salvado de un deterioro mayor”, afirma, y aconseja a las nuevas generaciones mantener ese espíritu vivo.

La entrevista con Marta Nosnik no solo es un viaje por la historia de una familia y una comunidad, sino también una lección de vida sobre cómo enfrentar los cambios, abrazar el conocimiento y construir comunidad con esfuerzo colectivo.

Bronia Nosnik, quien condujo la entrevista, expresó su profunda admiración por su madre, destacando su agudeza intelectual, su capacidad de adaptación y su papel como consejera en momentos clave.

A través de esta conversación, queda claro que Marta Noznik, además de ser la memoria viva de una época, es también un ejemplo de cómo vivir con propósito, compromiso y una actitud activa frente a la vida.

 


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